La huella canaria de Trump

Cada la circunstancia del viaje de los reyes a Estados Unidos para ver a Trump en la Casa Blanca, se ha orquestado una inesperada reivindicación de los orígenes isleños de Luisiana y San Antonio de Texas, estos últimos de mayor calibre. La componenda histórica del tercer centenario de esos vínculos, una efeméride metida con calzador, no nos trae sin cuidado, puesto que nunca está de más poner al descubierto el pedigrí si conviene a los intereses comerciales y culturales de las dos orillas.

La coartada canaria del primer presidio franciscano de la capital de Bexar en Texas y su paralelo episodio de Nueva Orleans han permitido conformar un programa de actos consecuentes con el calado de tres siglos de hermanamiento hispano-americano. En estados Unidos no tienen memoria de España, ni saben dónde quedan las Islas Canarias, salvo excepciones como las de Kennedy, que, por lo visto, lo supo de niño jugando con un globo terráqueo sobre la mesa del despacho de su padre, o Barack Obama, que dio muestras de estar al corriente cuando lo entrevistó la paisana María Rozman. De resto, Trump debe de pensar que este es un archipiélago de las Antillas, unos islotes de Cuba, sobre lo cual tampoco le apetece entrar en detalles entre hamburguesas y cocacolas pegado a la tele y tuiteando sin parar. El caso es que Canarias se le ha metido a los yanquis por una rendija imprevista estos días de excursión de los reyes, solícitos con Clavijo y los descendientes de isleños mientras recorrían los vestigios de la presencia de aquellos emigrantes osados que en el siglo XVIII se jugaron el tipo en mitad del desierto para levantar los cimientos de futuras ciudades prósperas de la primera potencia del mundo que estaba aún por hacerse. Y este desescombro de las raíces de una decena de familias que fundaron San Antonio de Texas, canalizaron los ríos, construyeron viviendas, constituyeron su Cabildo y pusieron a un conejero al frente, ha supuesto una reconfortante defensa de la memoria de estas islas en aquel país que se olvidó de nosotros como del resto del mundo.

Coincide la celebración de la gesta de nuestros colonos, que zarparon de Santa Cruz en marzo de 1730 (y fundaron San Antonio un año después, lo que significa que faltaban unos años para redondear la efeméride) con un repunte de la inmigración por estas tierras, en medio del reciente cambio de Gobierno. La prensa nacional ha querido refrescar la memoria de los españoles aturdidos con la ola de emigrantes que puede regresar a nuestras costas, y un buen ejemplo fueron los barcos fantasmas de las islas hacia América. De esa diáspora somos deudores, tanto de Venezuela como de Cuba y de Argentina, Uruguay y otros destinos con los que guardamos parentesco en aquel continente. Uno recorre América y desempolva a cada paso un origen canario, un monolito con los nombres de los canarios que fundaron una ciudad, como vi en Montevideo, o una catedral como la de San Antonio de Texas, con la imagen de la Virgen de Candelaria, a la que accedes como si estuvieras en casa en compañía de don Emeterio Teobaldo Padrón, que consiguió antes de morir que pusieran a la plaza el nombre de la tierra de sus ancestros, islas Canarias.
Porque mucho antes de la emigración clandestina, hubo un éxodo fomentado desde la Corona, mediante un tributo en sangre, que suponía la obligación de poblar América con cinco familias canarias por cada cien toneladas de mercancía que llevaran los barcos que se hicieran escala aquí. Y, entre otras cosas, así nacieron los Estados Unidos, con la alícuota parte de estos peñascos. Pero eso a Trump le traerá sin cuidado.

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Sánchez luce maneras de Kennedy

Sánchez es el Kennedy español en la hora crucial de España, con Cataluña alzada como una Cuba mambisa y el Partido Socialista con la caña de pescar en los caladeros caudalosos, donde todo el cardumen es de centro, con ayuda de Marlaska y un tono de moderación general. Por eso se marcha Rajoy del todo, porque el gallego sabe que el PSOE de Sánchez es doblemente frankenstein: a babor es obvio el estribillo de proetarras y separatistas con que le afean el parto de los montes de un viernes 1 de junio; pero es que a estribor no le faltan reminiscencias del filón de centro-derecha con los perfiles de algunos ministros que parecieran submarinos de Rivera. Este Kennedy socialdemócrata devenido liberal ha dado la campanada y viene a por todas con sus argonautas y argonautos, a cobrarse toda la zalea del carnero. Rajoy se borra y deja a Rivera en pelota picada, que fue como empezó todo hace doce años para el catalán, con aquel cartel nudista que rompió moldes y hoy sería sexista si lo extrapola Inés Arrimadas. Este Kennedy español tampoco quiere parece católico como el demócrata que llegó a la Casa Blanca en los años 60, y se estrena en el cargo sin biblia ni crucifijo. Y parece atraído como aquel por la erótica de la carrera espacial, que es la erótica del poder del asalto a los cielos, una significativa venganza por el frustrado sorpasso de Podemos, el pariente rebelde de la izquierda común. Al astronauta argonauta Pedro Duque le corresponde, por tanto, ayudar a que este Gobierno parezca una nave espacial en órbita y venza la gravedad y las encuestas.

Hay una ucronía por hacer que convierte a Sánchez en un presidente transformista, con retazos de Suárez, de González, de Zapatero y hasta, llegado el caso, de Aznar, para ganar todas las elecciones en una el 26 de mayo de 2019, como en esos sorteos monumentales donde un único acertante se lleva todos los premios, el coche, el piso, el ajuar y las vacaciones pagadas. Los sanchólogos barajan la hipótesis de que convoque un popurrí de elecciones (generales, europeas, autonómicas y locales y aquí también insulares) dentro de once meses. Lo que tarde en vaciar el tanque; tirará con estos presupuestos y su prórroga hasta la traca electoral, que no es lo mismo tirarse a la piscina desde Ferraz que desde la Moncloa, oiga.

Sánchez tiene aquello de los Kennedy, el determinismo, y cuenta con la épica de su propia muerte y resurrección. Tiene batallas ganadas, siempre contra los suyos, en la bien entendida enseñanza de Churchill. El Kennedy original destacó en la Segunda Guerra Mundial como comandante de una lancha torpedera en el Pacífico Sur, cuando fue alcanzado de lleno por un destructor japonés y logró salvarse con su tripulación nadando hasta una isla providencial. La hazaña lo catapultó y llegó a presidente. Y luego vendrían Bahía de Cochinos y la crisis de los misiles y el atentado y la gloria póstuma de los astros, como Marilyn Monroe. Sánchez tiene lo que dice su jefe de gabinete y gurú, Iván Redondo: una épica. Es Ben-Hur, con su destierro y su retorno de auriga, del galeote a la carrera de cuadrigas, de los infiernos al reino de los cielos tras la censura de un viernes triunfal. Ahora tiene que atarse los machos por debajo de la taleguilla, sin traicionar la querencia femenina de su gabinete. Hacerse un Rajoy sin que se note, en la indolencia de ganar tiempo, y confiar en que la sentencia del caso ERE andaluz no caiga, como se prevé, en marzo próximo, sino después de las elecciones. Esa sería su suerte. Y debe disfrazarse como Enrique V, en Shakespeare, mezclarse de noche en el campamento para saber qué chismorrean los suyos de él, antes de esa batalla, detectar a los traidores y cerrar filas con el discurso del día de san Crispín. No quemarse en las hogueras de San Juan de este ciclo político. El poder como el hábito hace al monje un líder. Sánchez le dio la vuelta a los sondeos y ha hecho presidenciable a Ángel Víctor Torres.

Entre tanto, está Cataluña, que es su Bahía de Cochinos, y, como Kennedy, no la piensa bombardear con otro 155. Clavijo se enfundó la guayabera y se plantó en la perla del Caribe a retomar el hilo de Cuba, que es la isla más canaria de América, pero hacía ocho años que ninguno presidente paisano la iba a ver.

La diacronía de los últimos sucesos en la vida pública española describe una refriega a machetazos que se inició en la Carrera de San Jerónimo. Algunas fotos son reveladoras de esta ráfaga de cabezas cortadas. Vimos la imagen sobre el césped del rey Felipe VI departiendo con un distendido Màxim Huerta, ante la mirada abstraída de Lopetegui, cuando uno era ministro de Cultura y Deporte y el otro aún seleccionador. El rey sigue siendo rey. Es una foto reciente que se quedó vieja en pocas horas. Que el rey se mire el aura y se limpie el karma con ajos para espantar la huella del diablo con ese tufo de gafes de los cesados de una tacada. El ministro que defraudó a Hacienda y a Sánchez pasó a la historia por su brevedad (ya nadie se acuerda de él este domingo en que lo menciono por deferencia). No era lo mejor de la huerta para el cargo, y ya resultaba premonitoria una de sus últimas novelas, La parte escondida del iceberg. Lopetegui, en cambio, pecó de español, con esa picaresca de querer estar en misa y repicando y de asegurarse el jornal por si, como parece, salía mal el Mundial y perdía el tren del Madrid. Lo de pájaro en mano antes que ciento volando. El oxímoron de las cosas incompatibles, del doble juego de todo buen español, que conquistó las Américas con la cruz en una mano y en la otra la espada. Y de ahí que estemos hablando de estas cosas, mientras Clavijo se pasea por las Antillas, por Nueva Orleans y San Antonio de Texas, donde los reyes ponen mar por medio mientras es encarcelado Urdangarin.

Habituados a estar del tingo al tango y a vivir en la continua anomalía de estos días locos, ya no sabríamos vivir de otro modo, y cuando el sobresalto deponga, Sánchez tendrá que inventarse algo, pues su peor enemigo es el tedio de lo previsible, la sombra de Rajoy.

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El Aquarius de las personas y la política de las palabras

El ofrecimiento de Sánchez al Aquarius, el barco humanitario que rescató en el Mediterráneo a más de 600 refugiados e inmigrantes, conmocionó ayer en la fría Unión Europea, que da la espalda al fenómeno social de este siglo espoleada por la irrupción y auge de movimientos xenófobos que han terminado por adueñarse de gobiernos influyentes del continente. El gesto del gabinete de crisis socialista español (producto de una emergencia política nacional), a tenor de los pronunciamientos de ministros como Borrell (Asuntos Exteriores), tiene una evidente simbología bajo ese estado de la cuestión. El barco socorrista no está en condiciones de cubrir la travesía de tres días hasta Valencia, como exige la mano tendida por España; de ahí que con toda probabilidad termine constituyendo más una señal de intenciones, que una política de hechos consumados. La política de la palabra. Pero el giro que adopta España en esta espinosa discusión permite concebir ciertas expectativas de debate en el próximo Consejo Europeo.

La voluntad solidaria de España, bajo el talante del nuevo Gobierno, inaugura una corriente de opinión en el seno de la UE, tras el ímpetu y descaro de las posiciones más conservadoras frente al éxodo humano de los países en conflicto que generan esta diáspora. Europa se había encerrado en sí misma, pecando de lo que ahora culpa a Trump. Y en ese solipsismo supremacista de tribu mayor del club de Bruselas, la política migratoria se ha reducido a la nada. En Alemania, la democristiana Angela Merkel nos resultó una dirigente progresista en su reciente campaña electoral. La canciller no secundó los dictados de las fuerzas ultras de su país y abogó por flexibilizar la recepción de foráneos, en línea con los esfuerzos de Obama frente al inmigrante y, más aún, respecto a los descendientes de familias latinas, los dreamers.

El espíritu de Merkel, que, en cierta forma, queda reflejado en la foto viral de la cumbre del G-7 (la de Trump sentado y de brazos cruzados con cara de niño enfadado ante la reprimenda gestual de la canciller, seria y de pie en actitud desafiante), se emparenta con este mensaje de Sánchez a sus socios comunitarios ante la próxima cumbre. Con los refugiados hay que hacer algo, o se es corresponsable de la suerte que corran miles de seres abandonados en las aguas turbias del destierro y la muerte.

No es un problema del Mediterráneo exclusivamente. Los españoles tuvieron conciencia de este grave contencioso demográfico a través de los flujos africanos que eligieron Canarias en la pasada década como puerto de entrada al Primer Mundo. España, entonces era la de Zapatero, ensayó, por primera vez, una política para África, y encargó al ministro de Trabajo y Asuntos Sociales Jesús Caldera la ejecución de planes de inserción en origen. Fueron los años en que Senegal explotó en la cara de Canarias como un volcán. Recuerdo hablar con el cantante y luego ministro Youssou N’Dour de la tragedia de los jóvenes de su país que perdían la vida cruzando el charco en cayucos entre su orilla y la nuestra. Él abanderó una campaña de mentalización de las madres senegalesas para poner fin al drama de toda una generación. Se prendió un fuego y se aprendió a apagarlo en los países emisores. Más tarde Senegal recuperó el pulso de su economía y llegó a subvencionar alguna iniciativa científica de Canarias, cuando la crisis golpeó duro a España por los cuatro costados. Amor con amor se paga, cantaba José Martí.

El Aquarius no podrá llegar a España, pero las palabras pueden detener una catástrofe humanitaria.

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Cuando Borrell vino a pacificar las islas

Todo este tiempo -casi 30 años-Borrell ha estado presente en el imaginario político colectivo de esta comunidad. Pues resultan inolvidables la escena, el conflicto y los personajes. Canarias tenía un consejero de Hacienda de Primera División, con templanza y currículum. Era una confluencia de estirpes de la política española: una suerte de Fraga y Fuentes Quintana y de Miguel Boyer, un carácter y una cabeza bien amueblada. José Miguel González era un hombre discreto y crucial en los años 80 y 90 de la autonomía canaria. Tenía un instinto español abstraído en aquel nacionalismo rentista que profesaban los hidalgos de UCD. González no era independentista ni incapaz de parecerlo llegado el caso, idéntico en eso a Olarte. Lo cierto es que ambos protagonizaron el enfrentamiento más directo contra Madrid que se recuerda. Actuaban casi escénicamente, en una impronta de teatro de gestos que era inédita en las islas neófitas de la autonomia. La dupla Olarte y González, a veces guardando secretos al resto de consejeros, declaró la guerra al Gobierno central, y se quedaron tan panchos. Felipe González los tomó en serio y envió entonces a Borrell a pacificar las islas.

El 15 de febrero de 1989 vi llegar por el aeropuerto a un sonriente secretario de Estado de Hacienda cuarentón y seguro de sí mismo. “¿Cómo son de duros Olarte y José Miguel González?”, nos preguntó risueño tomando tierra en el volcán. Olarte acababa de ser elegido presidente tras una conflagración en el pacto de Gobierno, y era hábil y afable si le caías bien; González era el coco del Gobierno. El cerebro y el hombre estricto. Borrell saldría airoso o con el rabo entre las piernas en virtud del grado de empatía que estableciera con González, un político de una pieza. Borrell me trató siempre bien, generoso en las entrevistas, era una fuente confiable durante aquella crisis del islote Perejil de los arbitrios. Fue, creo recordar, una visita de 48 horas in extremis para el Gobierno de España, pues se jugaba el prestigio ante Europa.

Felipe González había estrenado en enero la presidencia europea -en la que entonces se turnaban semestralmente los doce estados miembros- y se topó con el debut de nuestro Puigdemont isleño, Lorenzo Olarte, que invocaba para las islas la condición de Estado Libre Asociado, como Puerto Rico, para asustar a Madrid. Recién elegido presidente tras perder Fernando Fernández la embarazosa cuestión de confianza, desafió al Estado y a Europa negándose a bajar los impuestos de los Cabildos a la entrada de mercancías procedentes del continente, y con ello desató un contencioso bautizado con tintes bélicos: la guerra de los arbitrios, la guerra del desarme arancelario o la guerra del descreste. Era una guerra sin ejércitos, pero Felipe González tenía poca paciencia, como se sabe, y mandó una carta a Olarte, a través del ministro Virgilio Zapatero (secretario del Consejo) amenazándole con aplicar el artículo 155 de la Constitución. Nadie sabía -hoy, en cambio, es un lugar común- qué era eso del artículo 155. Y Olarte tradujo al román paladino el acápite del codicilo: “Nos quieren mandar los tanques de la Constitución”. Felipe González advirtió, como ahora sabemos, sobre el riesgo de suspender la autonomía hasta que se impusiera el recorte fiscal a los Cabildos y España cumpliera con los compromisos contraídos con Europa.

Las díscolas islas aún no estaban gobernadas por un partido nacionalista propiamente dicho, ni siquiera con ese señuelo, como sí después . Aquel era un gobierno de coalición de centro-derecha-regional presidido por el CDS e integrado, a su vez, por las Agrupaciones Independientes de Canarias (AIC), Alianza Popular y Agrupación Herreña Independiente (AHI). Pero el arte de Olarte fue fingir que sí tenía un ejército, un pueblo detrás, cosa muy poco probable, y aquella fanfarronada fue el germen de los futuros 25 años de hegemonía de Coalición Canaria, que no tardó en constituirse con las barreduras de UCD y las fuerzas colindantes como un partido frankenstein, término aplicado ahora a Sánchez. Nunca llegaron a salir los tanques y Madrid pusó unos miles de millones de pesetas, que compensaron las arcas de los Cabildos. En aquellas 48 horas de negociaciones a piñón se concertó una tregua, las partes se retiraron a sus cuarteles y acabaron firmando una declaración de paz que necesitó mil páginas del BOE, según las malas lenguas, con la tabla de la nueva nomenclatura tributaria para las mercancías que importaban las islas de Europa.

Y el secreto del armisticio fue la entente entre González (José Miguel) y Borrell (Josep). Cuando nos volvimos a ver, Borrell confirmó nuestro diagnóstico: José Miguel González era el coco, el cerebro y la auctoritas de un Gobierno regional que novelereaba con viento a favor en la disputa presumida y revoltosa de un archipiélago que, entre bromas y veras, se quería hacer respetar por Madrid tras decenios de centralismo tosco. “Madrid va a saber lo que vale un peine”, espoleaba respingón Olarte en los primeros ensayos de un nacionalismo en el belvedere insular, que, sin ser el bereber de Cubillo, bebía en sus fuentes rebeldes. Borrell serenó el enconamiento y creó las condiciones para que las islas -saliendo de un divorcio de modelos económicos- se integraran plenamente en Europa, pues estaban con un pie dentro y otro fuera y no salían las cuentas.

Hace casi tres décadas de aquella tarascada fiscal que trajo a las islas al actual ministro de Pedro Sánchez. Tiempo después, desayunamos en el Mencey; andaba libre y sin cargo, como un ángel caído en los infiernos del PSOE tras derrotar en primarias a Almunia y dimitir. Pero ha tenido muchas vidas más tarde en una singladura de resurrecciones borrellianas al frente del Parlamento Europeo o ahora del Ministerio de Asuntos Exteriores en medio de esta guerra del procés , que, como en el caso de Canarias, lo llevó a coger la sartén por el mango en los mítines de Cataluña. No me extraña su don de supervivencia; su antepasado Borrel II, hace más de diez siglos, era un tipo cordial como él, más diplomático que militar, que sabía nadar y guardar la ropa entre los poderosos vecinos francos y andalusís. Aquel hombre se metía en el bolsillo hasta al califa cordobés. Su descendiente es, prima facie, el único garante de que Sánchez no se echará al monte.

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“¡Qué alguien pare, coño!”

Las lágrimas de Rajoy, al emocionarse hablando de sí mismo y de su casa, el PP, tras 40 años, el día de la despedida, en que anunció un congreso extraordinario para buscar sustituto, es la escena que mejor retrata el momento que vive España. La mudanza. Uno llora cuando se va. Y Rajoy se marcha dejando atrás los hogares del poder y del partido, la Moncloa y Génova; se va con los enseres a otra parte, a la vida normal que está a años luz de la política, ese planeta de paso que a veces se habita demasiado tiempo, como en su caso. Ayer se recordó a sí mismo a las diez de la noche pegando carteles del partido en Sangenjo (Pontevedra), cuando hacía oposiciones. Ahora hace oposiciones a Sánchez, que es el recién llegado a la Moncloa. La mudanza de uno y otro describe un país que se cruza en el camino. Un cruce de ideologías y generaciones.

El adiós de Rajoy está precedido de la controversia por su negativa a dimitir el viernes en el debate de la censura, porque a ojos de un segmento de la sociedad era el mejor antídoto contra el llamado despectivamente Gobierno Frankenstein. Y como no se produjo, se le censuró doblemente: por la moción de Sánchez y por no irse.

No era para quedarse. El misterio del marianismo, la tendencia a no hacer nada como un estafermo, en el argot favorito de Pedro J. Ramírez, era moverse, al fin, el último día, por toda acción, y que el telón cayera definitivamente. De resto, es cierto que Rajoy ha tenido una querencia manifiesta por el inmovilismo más contumaz y desesperante. Quieto parado sorteó el rescate durante la crisis porque se le apareció Draghi (o Dios). Pero, tan inmutable como previsible, le cogió el toro de la corrupción, que le ha costado la carrera política, pecando de don Tancredo en el lance taurino: el astado -la sentencia del caso Gürtel- no pasó de largo, descreyendo de que la figura inmóvil fuera esta vez de mármol. Deja al país con los parados de 2008 y el testamento de los Presupuestos aprobados en el Congreso. Ahora su partido puede aceptar o devolver la herencia en el Senado. Canarias le agradecerá siempre las dos últimas cuentas estatales, sin olvidar los recortes de la crisis. Puede venir cuando quiera, que será bien recibido.

Para la posteridad, pesará en su debe la huella de Gürtel, lo que en González fue Filesa y el Gal, y en Aznar, la guerra de Irak. En el haber, la recuperación económica tras la peor crisis. La jubilación de Rajoy no dista mucho de la de otros dirigentes europeos. Chirac y Kohl se marcharon con las luces y las sombras de vidas políticamente dilatadas, con evidentes signos de desgaste por el lastre de una corrupción latente. La alemana Merkel, que sucedió al patriarca que reunificó el país, regaló a Rajoy, tras la crisis económica, el mejor piropo que aprecia un político: lo premió por su capacidad de resistencia diciéndole que tenía “la piel de elefante”.

Ayer, en la recta final del discurso a los incondicionales de su comité ejecutivo nacional, le traicionó la emoción y los acólitos acudieron con aplausos en su rescate. Rajoy trató de aplacar a la claque y, como no le hacían caso, se le escapó un “¡que alguien pare, coño!”, ya sin la piel de elefante, tras haber tirado la toalla.

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Iván el Terrible y Ben-Hur

También esta vez -la de la censura a Rajoy- ha habido un autor en la sombra, alguien que urdió la treta y coronó a Sánchez presidente en una jugada maestra de ajedrez. La historia ha trascendido como uno de esos secretos que justifican las mayores odiseas sin decepcionar a los amantes de la intriga, pues todas las jugarretas que se precian de cambiar los destinos suelen tener, si se escarba, un porqué, un quién y un cuándo. Se llama Iván Redondo el joven asesor que trazó en un café con Sánchez la maniobra insospechada que lo haría presidente en cuanto saliera la sentencia del caso Gürtel y Rajoy quedara tocado sobre el tablero a falta de quien lo empujara.

Este Iván el Terrible, con sus trebejos, concibe la política sin escrúpulos ideológicos, embarrando lo que haga falta y explotando el talón de Aquiles del rival. Rajoy era el sparring perfecto para exaltar la figura del aspirante socialista que renació de sus cenizas. Es la receta de los modernos consultores instruidos en el marketing yanqui, donde coexisten materiales de uso corriente de la dialéctica cotidiana antes llamada crispación y fórmulas prefabricadas de contienda, de campo de batalla, de soldaditos de plomo. Este Iván el Terrible, como el zar del sobrenombre que ganó a janatos y astracanes, la vio venir y admite que en la arena del circo romano del Congreso solo caben hazañas como las de Ben-Hur. Y Pedro Sánchez traía su épica bajo el brazo, su destierro al puerto de Tiro como galeote y su retorno de auriga para vencer en la carrera de cuadrigas de la censura del viernes.

Cuenta en El Mundo Javier Negre que Iván Redondo -al que conoce bien, casi tanto como un discípulo- atesora a sus 37 años algunos éxitos -ojo, al dato- trabajando para el PP: hizo alcalde a Albiol en Badalona y presidente en Extremadura a Monago -el de los amores viajeros con la canaria-, y que fue su frustración por no llevar la campaña de Rajoy en 2015 la que le arrojó en brazos de Sánchez, que estaba al loro del talento del gurú. En algún blog de Iván Redondo pronosticó por entonces que el socialista sería presidente de este modo y manera. Empezó a fabricar el producto justo cuando Sánchez era la víctima propiciatoria de Susana Díaz y en su partido lo consideraban un noísta recalcitrante condenado a sucumbir en la nadería de su rebelión contra los poderes fácticos del aparato. Y lo armó de argumentario para hacerse un relato, una épica y un trasunto de ave fénix predestinado a ser el Mesías.

En el curso de ese café mañanero en el que acuñaron el segundo cambio del PSOE desde el 82, Iván le propuso trabajar en la sombra, sin despacho en Ferraz cuando reconquistara el poder del partido, y así hasta el viernes, en que cruzaba los dedos en la tribuna de invitados como si estuviera rezando -y rezaba- a la espera de la suma de votos, tras superar el peor momento, el de la temida reaparición de Rajoy en el último instante para dimitir. “Lo dejamos escapar”, murmuraban con desagrado por los pasillos del Congreso algunos populares que estaban al corriente del fichaje secreto del asesor tránsfuga de Sánchez. En Génova no quisieron darle mando en plaza. Y hasta recibía elogios de Pablo Iglesias en la tuerka en tanto Urkullu -Iván es de San Sebastián- trató en vano de contratarlo. Claro que sabe lo que hace. Hace lo que sale por la tele, en House of Cards, Borgen y demás. De ahí su parto, el gobierno Frankenstein, digno de la nueva filmografía política. Su arma es el storytelling, contar historias que emocionen. Y su fuente de inspiración es Juana Mari, su madre.

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El hombre sin cabeza que siguió andando

Las ocho horas que Rajoy pasó atrincherado en un restaurante de Madrid, mientras la oposición lo ponía a caldo en el debate de la moción de censura, fueron decisivas; definieron el futuro político del ya indefectible expresidente, el de su partido y, en buena parte, el de España. En ese local de cierta alcurnia, próximo a la Puerta de Alcalá, donde sirven el mejor atún y carne de vaca rubia de la capital del Reino, el dirigente gallego decidió no dimitir. No cuesta trabajo suponer el sinfín de conversaciones telefónicas que en ese margen tan generoso de tiempo debió de mantener quien consumía las últimas horas de poder y de influencia, tras casi siete años de gobierno y media vida en la cocina de las grandes decisiones políticas de este país. Rajoy, recluido en su Führerbunker particular mientras era bombardeado en ausencia en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo, tuvo necesariamente que hablar con el rey, y el monarca, espantado por la idea de que un cóctel letal de Podemos con los separatistas catalanes y exetarras estuviera a punto de erigirse en valedor de Sánchez en la Moncloa, a buen seguro invocó la inmolación de Rajoy por servicio al Estado y trató de convencerle de que solo su dimisión providencial evitaría un daño irreparable a España y a la Corona.

Cuarenta y ocho horas después de esa clausura poco monástica,todavía hoy sólo podemos especular sobre los extremos del epílogo secreto de una crisis política dirimida en las ocho horas en que Rajoy se borró del mapa. Cabe pensar que el último elefante del PP del poder se resistiera a dimitir por instinto de supervivencia. Habría salido del restaurante a capitular en el Congreso y, tras caer el telón, ya abortada la censura y con las urnas a la vista, el ciudadano Rajoy de a pie sería tan inofensivo como insignificante. Para quien no conoce mejor oficio que la política, que prefirió a la de registrador, el precio era demasiado alto. Ya Rajoy le había llevado la contraria al rey en 2016, cuando la célebre ronda de consultas en que declinó la investidura y Sánchez marró la ocasión. El socialista es la sombra que le persigue desde entonces, cuando se instaló en el “no es no”. Ahora, en cambio, habría sido Rajoy el negador obstinado. No al rey por segunda vez. No es no. Con esta premisa, que es una conjetura tan previsible como el personaje, solo cabe deducir que el animal político no se da por amortizado. ¿Cuales son, entonces, los planes de Rajoy al no dimitir? ¿Por qué seguir?

En el horizonte de los próximos meses, Sánchez enfrentará graves dificultades para gobernar. En este periódico hemos titulado que dirigirá el gobierno más difícil de la democracia. Cierto que, en alguna medida, Mr. Handsome – señor guapo, en español-, como lo ha bautizado la prensa internacional, recuerda al audaz y arriesgado Adolfo Suárez, que, cuarenta años atrás, fue capaz de rehabilitar un país democráticamente con partidos y líderes que no eran, ni por asomo, de su cuerda. El Carrillo de entonces, demonizado por la leyenda negra del régimen franquista, era más temido por la derecha que nuestro Pablo Iglesias actual, y el propio PSOE traía a cuestas el marxismo y el republicanismo como señas de identidad. Antes de que las fieras se amansaran y el pais cogiera el rumbo democrático que lo ha traído hasta aquí y hasta hoy, recuerdo bien que eran pocos los que apostaban por el también apuesto Suarez.

Pero todos sabemos a estas alturas que a Sánchez le aguardan días incómodos, si no terribles, en los próximos meses. El secesionismo catalán -cuyo gobierno tomó posesión ayer en paralelo con Sánchez como en una sincronía tan divina como diabólica, sin biblia ni crucifijo, pero con todos los ángeles de la guarda alrededor del presidente querubín- son palabras mayores. Nunca hubo tal grado de cisma territorial y las soluciones no son fáciles, por no decir que son inexistentes. La famosa conllevancia, que dijo Ortega y Gasset.

Podemos cohabitará con Sánchez hasta que sus prioridades electorales se lo permitan, y no podemos reprochárselo. El propio Sánchez ha ejecutado esta hábil maniobra parlamentaria -la más sagaz en décadas- por evidentes urgencias de carácter electoral. La censura era un disparo a la línea de flotación de Ciudadanos y Rivera, en la persona de Rajoy, cuya imagen, abatida por la sentencia del caso Gürtel, lo hacía presa fácil para dar un vuelco a las tendencias de las encuestas.

No abandonemos el relato figurado de los hechos de las ocho horas de sobremesa de un almuerzo opíparo de corte romano en el crepúsculo de Rajoy con la pluma de pavo real en la mano para vomitar o firmar la rendición. En ese restaurante, el todavía presidente consumió las horas finales de gobierno como si el Arahy fuera la Moncloa, mientras en el Congreso le volaban la cabeza los oradores más radicales. A buen seguro, habló con banqueros, con la patronal, con algún general de confianza, con el presidente del Banco de España saliente también a esas horas inventariales, con el rey de nuevo varias veces a lo largo de la tarde-noche, con algún expresidente, acaso, que no fuera Aznar, con sus ministros, con las fuerzas vivas y las menos vivas de su entorno… Fue una velada testamentaria regada con vino y salpicada de algún golpe de humor del presidente, que había estado sembrado esa mañana ante Sánchez en la tribuna de oradores. Y llamó a Elvira para cumplimentar las exigencias domésticas de una mudanza exprés, obligado por el giro de los acontecimientos tras conocer los votos del PNV. Tenía la decisión tomada. Resistir. Rajoy en versión original. “Yo y el tiempo contra todo”, decía Felipe II. Cuando Cela dejó dicho que el que espera tiene a su lado un buen compañero en el tiempo, que en España el que resiste, gana, majestad, citando a Diego de Saavedra Fajardo en sus Empresas políticas, estaba dirigiéndose, en la recepción del Premio Principe de Asturias en 1987 al rey Juan Carlos. No puedo, no debo dimitir, debió de contestarle el viernes el presidente del PP al hijo de aquel rey, el rey Felipe VI. Cospedal salió del restaurante y convocó una rueda de prensa con un lacónico mensaje: “Rajoy no piensa dimitir”. Cobrada la pieza e investido Sánchez, Rajoy confía en que el tiempo que resta de legislatura les reconcilie, y, ya de expresidente a presidente, cuando las adversidades del arduo ejercicio del poder, la necesidad de aprobar los presupuestos de 2019, el quebradero de cabeza catalán, las mutuas sentencias de los ERE y las secuelas judiciales de Gürtel, las obligaciones imponderables con Europa y el cronograma electoral más conveniente al bipartidismo les lleve a la misma conclusión, sea hora de sentarse a hablar. De España. Será entonces -ese pensamiento le emocionó tras departir y degustar los manjares del cocinero de Zalacaín- la hora estelar de Rajoy en esta poscrisis. Salvar a España y, de paso, al PP de una guerra civil por la sucesión si su marcha se hubiera consumado anteayer. Esas dos aspas sobrevolaban su cabeza en el restaurante de Arahy y cuando se levantó para marcharse ya era un hombre sin cabeza, pero Rajoy siguió andando como si tal cosa.

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La cima del riesgo

La hemos tocado, estamos, al fin, en lo más alto de la gravedad, y en todo el sentido de la expresión, nos la jugamos: los partidos, España, los ciudadanos, Canarias, los parias… Toda la actual explosión de declaraciones por la censura -incluso más que por la sentencia- constituye un desahogo de tensiones contenidas en la corta legislatura -por lo visto, última- de Rajoy. La encuesta de EL ESPAÑOL-DIARIO DE AVISOS, publicada ayer, dibuja un panorama de vértigo. Estamos en la cima del riesgo. De la que se cae estrepitosamente o se permanece milagrosamente en el poder. Las fuerzas políticas, y, por ende, las económicas y sociales asisten al momento más crítico de un país en el que las instituciones se encuentran en estado de shock y los dirigentes muestran síntomas de colapso, miedo y debilidad. Italia, que es un país de nuestro entorno, está desfondada políticamente, y en el Quirinal entran y salen tecnócratas que no han pasado por las urnas, y el presidente Mattarella se resiste ante el gobierno que los populistas más extremados le quieren imponer; los mismos que se proponen sacar al país del euro y la Unión Europea como si Rusia les hubiera inoculado el veneno del brexit.

España parecía inmune a esas esporas que engendran inestabilidad en el ambiente y siembran alergia a la democracia. Hemos tocado cima en las hipótesis de riesgos. Es razonable el deseo insatisfecho de Sánchez, que hace dos años sufrió en sus carnes una investidura fallida porque Podemos no lo secundó. Ahora, parece que será Ciudadanos quien no quiera matrimonio y eso le condena al PSOE a entenderse con los separatistas catalanes y casi todo el arco parlamentario de la oposición. Un segundo portazo de la Cámara no sé si le reportaría beneficios o quebrantos. Sánchez se remonta a los años 80, pero Felipe González podía permitirse el lujo, con auxilio de andalucistas, comunistas y diputados del grupo mixto, porque el adversario a batir era Suárez, que venía de fundar la democracia y todo ensayo era plausible. Sin embargo, a Hernández Mancha (Alianza Popular), hace 30 años, no le perdonaron perder una censura contra González, que había fracasado exitosamente en ese pulso con Suárez apenas unos años antes. Como a Pablo Iglesias no le arrendaron las ganancias por atravesar el mismo arco del Triunfo y añadir otra frustración a la historia de las censuras de este país. Así que Sánchez va a ser el cuarto aspirante a la misma novia. La censura se hace querer, pero es una especie de viuda negra. Ninguna censura ha prosperado en 40 años de democracia en España. Llegados a la cima del riesgo solo cabe jugársela: Sánchez, Rajoy, Canarias, que se las prometía muy felices con los Presupuestos, el Estatuto y el REF colgando del árbol de las manzanas de oro. Como en vísperas de la Guerra Civil, cuando el Estatuto de Gil Roldán quedó en papel mojado porque entró en las Cortes horas antes de la contienda, ahora se repite la historia por culpa de la censura.

Rivera invoca las elecciones porque le favorecen las encuestas y aquí nadie entiende otro lenguaje que la manera de llegar a la Moncloa. Y me pregunto cómo reaccionará la política canaria si en Madrid se rompe la baraja y con ella la baraka de CC con el PP. Si entra otro gobierno o se convocan elecciones, saltarían por los aires los acuerdos establecidos con tanta fortuna aritmética a lo largo de estos tres últimos años. De Valverde de El Hierro hasta la casa de la piedra se extendería el temor a las arrancadas de Asier Antona. A 48 horas de la censura, se tambalea el edificio de la política canaria, con Sánchez en el umbral de la puerta y en la arquería falta la clave de bóveda.

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La censura y el puchero de Adrià

Todas las miradas están depositadas ahora en Pedro Sánchez, de nuevo bajo el foco, como hace dos años, como en un déjà vu que nos remite al bucle retrospectivo que más se repite en las etapas recientes de Rajoy contra los molinos: “Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.” Rajoy, más solo que la una, esta vez combate los fantasmas propios y ajenos, la corrupción y Sánchez, pues Rivera -que es el enemigo común de ambos y la causa real de esta censura táctica-, ocupa un papel de espectador confiado en ganar la batalla final, que aguarda a todos en las urnas.

A este ingenioso hidalgo gallego barbado y pacientísimo se le han aparecido todos los demonios imaginables en un concierto de desgracias que habría dejado KO a cualquier otro presidente menos inasequible al desaliento. Hablo del calvario de la crisis que heredó de Zapatero y de los escándalos de corrupción que, en parte, heredó de Aznar. Es infinita no solo la paciencia, sino también la resistencia camilojoseceliana del presidente del Gobierno y del PP de la Gürtel, que es como la maldición de González, lastrado hace 30 años por la financiación irregular del PSOE en el famoso caso que recitábamos de memoria: Filesa, Malesa y Time-Export. Rajoy, Felipe y Kohl comparten la proeza de carreras largas de obstáculos y el mismo lodo en la meta, dado que al poder se llega por la puerta grande y se sale a menudo por la puerta de atrás de un juzgado.

Sánchez es ahora el aspirante y el mejor sparring que ha tenido Rajoy en la defensa del título. El socialista hizo ya su particular travesía del desierto, perdió la investidura y se quemó en la fragua de Ferraz en aquel comité del partido al rojo vivo, entre jayanes fieles y el adulterio andaluz, cuando en la calle lo vitoreaba, al parecer con mofa, un desconocido Quim Torra, hoy presidente de la Generalitat. La sentencia de la Gürtel ha dado un vuelco a todo y hoy Sánchez debería hablar con Torra y desdecirse del 155 si no reconduce el órdago y lo consensúa con Ciudadanos.
Sánchez es un candidato que replica su destino y regresa de los infiernos para ser presidente como sea y con quien sea. No va a tener muchas más oportunidades. Estos días se va a saber quién lee mejor el partido, quién es el líder para esta ocasión. De eso se trata y no es fácil. Rajoy no es un árbol caído. Aquí tenemos dragos huecos, taladrados por los peores insectos, que resisten en pie. Es lícito querer asaltar los cielos, como se autoexigía Pablo Iglesias con reminiscencias revolucionarias francesas. Lo que pasa es que, ante la decadencia de liderazgos, esa ambición legítima se ha convertido en España en una odisea sin homeros, en una épica menor de tahúres que no le llegan a la suela de los zapatos al tahúr del Mississippi, que era Suárez con su chaleco y su reloj, como decía Alfonso Guerra. De cuando los dirigentes se ganaban una dosis de gloria, y de cuando esta aridez de cabecillas lleva a conseguir no una plaza en la historia sino entre sus erratas. Negociar la censura que entró por el registro del Congreso es hacerlo con armas de doble filo. O Sánchez y Rivera acuerdan elecciones anticipadas una vez se vote y prospere, o el candidato socialista -carecer de escaño no le impide serlo, como Hernández Mancha por AP en el 87, de triste recuerdo, frente a González- se las tendrá que ver con gente con las manos manchadas por el 3% catalán. Y no parecería ni ético ni estético censurar a Rajoy por la corrupción con ayuda de Puigdemont y la losa del Odebrecht catalán que destapara en su día Maragall antes de caer en el olvido.

Todo lo que está pasando acontece. Zaplana entró en la cárcel. Cifuentes fue expulsada del cielo de Madrid. Cataluña se descarriló y España son los vagones siguientes. No esperemos milagros, la razón también se exilió del país y permanecen los cómicos, incluido el tabarnés Boadella, lo que dure la representación. Ahora mismo, el caso, el caos español comienza a parecerse a la anormalidad esquizoide europea. Lo que resultaba inaudito era tanta racionalidad en España mientras los populismos hacían su agosto en el resto del continente. España acaba de entrar por segunda vez en Europa, en la turbia Europa inestable y se parece más a Italia y copia la debacle de los partidos franceses que acabó desembocando en Macron. Los hechos cobran, por tanto, una lógica sociopolítica demencial, algo más coherente.

Todo el mundo sabe que Sánchez censura en Rajoy, en realidad, a Rivera. Teme tanto un adelanto electoral como temía en tiempos el sorpasso de Pablo Iglesias, pero esta vez al que teme es a Ciudadanos, que se ha disparado en las encuestas. Por eso registró la moción a primera hora del viernes, antes siquiera de reunir a su ejecutiva la misma mañana. Para no dar tiempo a Rivera a pedir -y forzar- elecciones anticipadas. Si de nuevo el partido se susaniza y sanchiza, esta película ya la hemos visto. Pronto vienen elecciones andaluzas, y en junio, la tromba de autonómicas, locales y europeas. Por un rato de legislatura Sánchez presidente puede hacerse un hombre o hacer de Rivera el hombre que salve a España. Ha dado el paso y ahora cabe hacer apuestas, con permiso de los vascos, que tienen una de las llaves. Recuerda a Montilla, que cruzó la raya y gobernó con ERC cuando todavía no era como morder la manzana. La tragedia de la izquierda española es que necesite del separatismo catalán para alcanzar el poder. No es el abrazo del oso, como en Alemania, sino la poción de cicuta que acabó con Sócrates. El brindis envenenado de la Moncloa, el Fedón de la democracia que parieron los dioses de la Transición, cuyos nietos son los padres de esta censura. Rajoy es el que siempre espera, y tira de manual. El tiempo dirá. El jeroglífico político español es ahora como una de esas conjeturas matemáticas no resueltas. Las urnas son inminentes y de ahí todo este aquelarre y contorsionismo. La sentencia del caso Gürtel condena al PP a la hoguera por el pecado de la corrupción, que es el mismo que asola al PSOE en Andalucía y Valencia. Sánchez salta sobre las sombras de su partido. Si le sale el órdago y reina unos días, que le quiten lo bailado. Pablo Iglesias ya probó la censura en vano el año pasado y regresó a sus chalés de invierno. Y Pedro no ha hecho sino lo propio, negar, como el apóstol tocayo, a Rajoy, presidente gracias a la abstención del PSOE entre la muerte y la resurrección de Sánchez.

Es el puchero de Ferran Adrià. El de los presupuestos, está en peligro la agenda canaria. La censura es la papa caliente de una democracia que se finge digna, pero está hecha unos zorros por la corrupción.

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Las ‘kellys’ se van de ferias

Una de esas piruetas sindicales que consigue conectar con la opinión pública es, sin duda, el fenómeno de las kellys. Un grupo de mujeres echadaspalante, con problemas comunes, horarios estajanovistas y enfermedades específicas, deciden ponerse manos a la obra y plantan cara al conglomerado turístico patronal. No están montando una película, aunque tienen su documental, su Hotel Explotación, dirigido por la periodista Georgina Cisquella, de vuelta de corresponsalías y de informes semanales en TVE. Las kellys tienen su marea verde de camisetas que las distinguen a lo lejos como un gremio con personalidad propia, y a veces lucen de marea blanca y parecen distendidas y hasta divertidas en su protesta sindical con viento fresco, pero son mujeres que saben de dolores del túnel carpiano, la lesión corporativa por excelencia, que da idea de lo que se traen entre manos.

Ayer trascendió que, al fin, les reconocen el catálogo de enfermedades profesionales, que es un lenguaje paliativo para no llamar a las cosas por su nombre, como ocurre con las otras afecciones célebres, como la disnea del minero o las cefalalgias del obrero de mar. Estas mujeres vanguardistas de la limpieza en acción no van a cejar, con todos sus síndromes a cuestas. Están listas para la batalla de sus derechos en el año de las mujeres, el año del 8M y del Me Too, de la igualdad y los géneros paritarios y la anacrónica brecha salarial. No paran. Van del tingo al tango con tal de hacerse visibles y pioneras de un sindicalismo de línea recta. Capaces son. Tienen narrativa para rato. Limpiar habitaciones de hoteles instruye mucho acerca del ser humano, son las madres de la civilización turística y cuelgan limpias las toallas, que es un rito materno ancestral.

En DIARIO DE AVISOS las recibimos como se merecen, vienen de hablar con Rajoy en la Moncloa y de ser escuchadas con desgana por el presidente Clavijo, que les despachó un “no puedo hacer nada” tan poco político como incierto. Puede perseguir las contrataciones irregulares y aplicar las sanciones pertinentes y puede contribuir a la dignificación de las limpiadoras de habitaciones en una tierra que vive de alojar turistas en hoteles -que del alquiler vacacional ya se ocupan otros y están que trinan desde ayer por el decreto de marras-. Las kellys empezaron a hacerse oír allá por 2014 y fueron primero las kellys canarias, las de Lanzarote, las más aguerridas y conflagrativas. No las detuvo nada ni nadie, ni los recelos de los sindicatos tradicionales porque iban por libre. Se habían quedado en terreno de nadie cuando los hoteles comenzaron a desprenderse de sus camareras de piso para externalizarlas. Piden que se aplique lo que llaman la ley kelly, como le dijeron a Rajoy en abril, para que cambie un artículo del Estatuto de los Trabajadores y se ponga coto a la subcontratación en el sector.

Según la teoría, una camarera de piso se curra veinte habitaciones por día, por dos perras, y trabaja como el médico del seguro, a veinte minutos por habitación, lo cual es una plusmarca que nadie consigue cumplir en la realidad. En la visita a este periódico y en el reportaje de María Fresno dejaron un aviso a navegantes. Si las autoridades canarias y sus prebendados hoteleros no secundan las peticiones básicas de contratación de más camareras de piso para verano y fin de año, no lo van a dudar: con armas y bagajes acudirán a las ferias turísticas internacionales a hacer ruido para hacerse oír. En noviembre las veremos en Londres, en la World Travel Market. Las kellys no son las Spice Girls, pero anuncian gira

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