El aforismo de Sánchez: desterrar, desenterrar

En mitad de la hojarasca y de la leña del árbol caído por la tesis y los másteres, acaba de brotar el segundo retoño incendiario de la legislatura exprés de Sánchez. Desenterrar a Franco y desterrar los aforamientos, de una sentada. En la fiesta de los cien días de Gobierno, el presidente se vino arriba en la Casa de América, arropado por la crème de la crème, los del Ibex 35 y la ceja (la Cultura, el espectáculo, en cierta manera, la Ciencia, obsecuente), y proclamó su órdago para amortizar la polémica de la tesis doctoral cuestionada por Rivera (Cs). La trama contra los aforados (que todos aplaudiremos a una) era una tesis del propio Rivera, que la repetía como un sonsonete en el pacto del abrazo con Sánchez (la investidura abortada) y en el acuerdo posterior que hizo presidente a Rajoy. Desaforar, lo que se dice desaforar, es más posible que nunca en este país, de por sí desaforado. La ruleta rusa de la política guarda una bala en la recámara, y uno tiene la impresión de que los líderes están tentando la suerte, hasta que el día menos pensado cualquiera se pega un tiro de verdad. Los partidos tienen a los jefes con una mecha junto al bidón de gasolina de los grandes conflictos de Estado (Cataluña está a la espera de un accidente para explotar a lo grande). El primero, el presidente, que se acuesta con los socios más incómodos del Congreso, obligado a seducirlos y desencantarlos como si tejiera de día el sudario para deshacerlo de noche como Penélope, con tal de alargar la espera, antes de adelantar las elecciones. Reformar la Constitución en un pispás, como hizo Zapatero con el PP para cambiar el artículo 155 con el fin de asegurar la prevalencia del pago de la deuda sobre cualquier otro gasto presupuestario, es una cabriola, un salto de obstáculos típicamente sanchista. Y una pisada de callos para Albert Rivera, el otrora compi y ahora acidulado opositor, pues, sintiéndose padre de la idea, ya anunciaba para hoy en el Congreso una moción a fin de urgir al Gobierno a acometer, precisamente, la reforma constitucional que en tres meses erradicara el aforamiento de diputados, senadores y miembros del Gobierno. Me temo que ni Franco ni los aforados van a tapar las vergüenzas de los títulos en cuestión. Este es el aforismo. Ya Rosa Díez (que precedió a de Rivera como UPyD a Cs) y el exministro Gallardón lo intentaron. Y renunciaron al llegar a la orilla. En la orilla están cinco mil y pico jueces, otros dos mil cuatrocientos fiscales, siete mil seiscientos jueces de paz, y está el rey, oiga. ¡Vade retro, Satanás!

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La jodienda política nacional

Sería esta la semana horribilis para el Gobierno cuando todo prometía que habría un momento de respiro para celebrar el centenar de días en el poder. Gobernar es ir contra viento y marea, morder el polvo y resistir a los escándalos. “En España el que resiste, gana”, era la máxima favorita de Camilo José Cela, uno de sus plagios, este venial cuando recogía el Premio Príncipe de Asturias dirigiéndose al rey padre (pues se trata de una cita latina, de Persio, “qui resistit, vincit”; también la usaba el Alto Estado Mayor francés en la Gran Guerra y tantos otros). El Nobel gallego tenía fama de contratar negros bajo el síndrome de Shakespeare, y fue acusado de otro plagio de más enjundia (los cincuenta millones de pesetas que se embolsó por el Premio Planeta), con la novela La cruz de San Andrés, por una autora coruñesa que, aunque cargada de razones, no lo estaba, por lo visto, de influencias suficientes para hacer valer el fraude y llevarse la gloria que le robó el Nobel gallego. En aquella época no existía turnitin, el software de moda para desenmascarar al tramposo.

Venimos de la semana del Santo Grial y el vellocino de oro, de escudriñar en la titularidad de los estudios curriculares de los dirigentes públicos, a la búsqueda de originales enterrados en lugares ignotos como tesoros, y en ese estupidiario a lo Indiana Jones llegó a sobrevolar la Moncloa la hipótesis de un adelanto electoral por tormenta de la tesis del presidente. La crisis de los estudios adicionales en un país de pícaros con aires de grandeza se ha apoderado del guion político nacional, desbancando, incluso, al tiberio de Cataluña.

La convulsión es tal que los días transcurren a un ritmo depredador, sustituyendo un escándalo a otro sin pausa y convirtiendo la política nacional en una sucesión de ejecuciones públicas. Cuando trasladé la semana pasada a Rodriguez Zapatero, en la entrevista que ustedes pudieron leer en este periódico, la posibilidad de acortar la legislatura, aconsejó a Sánchez aguantar, como decia Cela, sin ceder al tacticismo de las encuestas. Pero el tiempo político en que gobernó Zapatero se parece a este como un huevo a una castaña. Veamos. El lunes se retiró Soraya Sáenz de Santamaría, y esa noticia por sí sola se tenía ganado un margen de vigencia razonable para sopesar la significación de la despedida de una mujer que atesoró un poder extraordinario de 2011 a 2018 en el Palacio de la Moncloa. Pero la noticia murió al instante, con una caducidad meteórica, porque ese día ya se colaba el máster de la ministra Montón, pidiendo su turno para pasar por las horcas caudinas. Lo que parecía un malentendido de un cuarto de hora, un entremés, un aviso amarillo, pasó a categoría de huracán y se armó el revuelo. De inmediato, la dimisión de la ministra explotó en medio de la verbena y fue como un cohete de pueblo que saltó a unos matorrales y recordó el primer conato de incendio del primer ministro de Cultura de Sánchez que tuvo que renunciar por un descuadre con Hacienda.

Dimitir un martes bajo sospechas de plagio fue una mala faena para el Gobierno. Pero Sánchez no tuvo tiempo de pedirle a Casado que tomara recortes de Montón. La política que se hace ahora, sin normas de cortesía, vampiriza el tiempo, como decía, a la velocidad de un rayo, y el miércoles, a media mañana, la exministra de Sanidad y el máster de su caída ya eran historia, nada, absoluto olvido, salvo el vago recuerdo anecdótico de la reincidencia tras el precedente de Maxim Huerta. Pues el avispero del Congreso practica las emociones fuertes desde la censura a Rajoy y -digámoslo también- a este país siempre le encandiló la política yanqui y últimamente se imita el pandemónium de Trump, eso que el periodista Bob Woodward (lean hoy a María Rozman) llama en su libro el mamicomio de la Casa Blanca. En Washington los secretarios-ministros y personal de confianza caminan sobre minas y van saltando por los aires cuando menos se lo esperan, a capricho del jefe, que está loco. En Madrid se ha instalado una cacería desenfrenada y todos los días sus señorías -y también los medios de comunicacion, en la espiral de ver quien cobra más cabezas- salen, escopeta en ristre, a volarle los sesos al primero que tranquen con master o tesis de dudosa reputación. De ahí que el miércoles, tan solo dos días después de borrarse del mapa la exvicepresidenta todopoderosa y a tan solo 24 horas de la dimisión de la ministra de la sanidad universal, explotó otra bomba, pero esta ya era una bomba saudí. Rivera se sacó una pregunta de la chistera, burlando el procedimiento de la sesión de control, y va y reta a Sanchez a hacer pública su tesis doctoral, como quien le menta la bicha. El resto de la semana ha sido un lodazal, en la acepción del presidente, que ha terminado adoptando los tics de Trump contra la prensa adversa, y por momentos la política canaria, tantas veces vituperada por su bajo nivel, podía presumir de altura parlamentaria discutiendo sobre la introducción de los e-sports en las aulas.

España discute de la tesis del presidente, como antes del máster de Cifuentes y de Montón o Casado, que puede ser el primer candidato imputado a la presidencia del Gobierno, pues, de su entrevista en Tenerife con el DIARIO no se desprende que en tal caso piense dimitir. En adelante, debemos acostumbrarnos a estos filetes. La carniceria emprendida no tiene pinta de ser pasajera. Veremos a Sánchez tratando de limpiar su honor y a Casado echando balones fuera. La legislatura ya será corta o no será. Y se buscan candidatos sin master para las listas de mayo. ¡Ojalá todos fueran Corcuera, que era un obrero ministro del Interior en el Gobierno de Felipe González! (el electricista de la patada en la puerta). Ahora lo que cotiza es ser un tarugo, libre de toda sospecha de plagio, sin máster, sin títulos, sin tesis doctoral. Cela habría querido vivir esto, pues no es lo mismo ser un doctorando que haberlo sido, como ahora le echa en cara la Universidad de Barcelona a Albert Rivera. Como no es lo mismo -dijo Cela también, sorprendido sobando en el escaño del Senado- “estar dormido que estar durmiendo, o estar jodido que estar jodiendo”. Pues eso y no otra cosa es lo que nos pasa ahora mismo. La jodienda.

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El Atentado que cambió la Historia

En 17 años han cambiado las cerraduras del mundo. Los ciudadanos que asisten estupefactos al cambio sideral de las tecnologías tienen razones para creer que siempre fue así. Pero el 11-S de 2001 éramos felices e indocumentados, como decía el autor de Cien años de soledad. Cuando las Torres Gemelas cedieron al ataque de los aviones de Bin Laden no éramos testigos directos por televisión de un atentado más. Era el Atentado que cambió la Historia. En las montañas de Afganistán, el hijo de Alia Ghanem (la madre que ayer contábamos en este periódico cómo se siente tras la barbarie concebida por su hijo hace 17 años) engendró un monstruo que no ha parado de matar. Y los episodios sórdidos de atropellos y apuñalamientos salvajes en las calles de las principales capitales de Europa (el desgarro de las Ramblas y Cambrils) ahora pertenecen a un obituario corriente en los nuevos mecanismos convencionales del terror. Se fundaron hábitos execrables hace 17 años en el derribo de las columnas de Hércules de Nueva York; no éramos conscientes del ocaso que representaba aquel día para la historia de la humanidad. Vimos aviones con pasajeros a bordo que atravesaban los edificios como rayos de fuego y asistimos sin aliento a la exageración de las consecuencias: los miles de muertos, los testimonios inauditos de los supervivientes de una guerra instantánea en el corazón de la capital del mundo y el eco que nunca nos iba a abandonar de aquellas imágenes dantescas.

O sea que hay ya una generación que ha nacido después del 11-S. Esa huella quedó atrás, pero no en la zona cero del siniestro. Hemos tratado de olvidar las escenas que vimos, pero la tragedia que sucedió a tales acontecimientos fundacionales del Nuevo Odio ha terminado por convencernos de que somos, quizá para siempre, víctimas -todos- del 11-S. Y que quienes vinieran después ya no llegarían al mismo mundo que nosotros. Esta es la era que nació aquel día. En mitad de todos los horrores no es posible que surjan buenas noticias. Estados Unidos no se ha repuesto todavía, sus gobernantes han incurrido en el pánico y la desolación y hoy presenciamos la caricatura del amo del mundo, qué aspecto es capaz de tener diecisiete año después de perder la noción de sí mismo.

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Sánchez, cien días y hasta que el cuerpo aguante

Los cien días que Sánchez celebra ahora al frente del Gobierno no han tenido las genuinas luces y sombras de la ceremonia al uso, pues ha sido un tiempo mediático políticamente inédito en la cuarentona democracia (el joven presidente es el primero en besar el santo sin ser diputado y mediante censura o cesárea); ha sido una pirueta, una cabriola en mitad del Gobierno adocenado de Rajoy, y desde el 1 de junio, bajo todos los focos, fundóse de manera abrupta la política acrobática más riesgosa que se recuerda, en el filo del alambre, y con un toque de escapismo, a lo Houdine y Copperfield, cuando nos maravillaban sus leyendas de genios en fuga esfumándose bajo una nube de misterio.

Sánchez el equilibrista recuerda tanto a Zapatero, que tenía más efectivos pero bailaba también en la cuerda floja en la Cámara de Representantes,y recuerda a las postrimerías de Obama, que estaba a merced de una oposición republicana desestabilizadora. No hay nada en el debe ni en el haber propiamente dicho, salvo la ventana reabierta a la sanidad universal, que es un latiguillo de izquierda contra la cabezonada clasista de la derecha, ambos fieles al manual. Este es un periodo de aplazamiento y procrastinación, donde el éxito radica en mantener viva la llama, enganchado el espectador, en el prime time de la audiencia. El talento político de Sánchez es el de un programador en la parrilla de la oferta temática de la caja tonta. Ha descubierto que se mueve con acierto en la escaleta del menú de asuntos con tirón.

Programar la exhumación de Franco en mitad del avieso Parlamento, por carecer de diputados suficientes para sacar una ley, es de un indudable ingenio mediático como programador de ilusiones, de efectos especiales, de gags atrapaseguidores. Sánchez es solvente y envolvente en el rating político, que era la asignatura pendiente de Rajoy, el hombre plano del plasma. Prodigándose poco en ruedas de prensa, ha pasado cien días aparentando un contacto permanente con los medios, fruto de su facilidad para generar asuntos polémicos que le consagran como un magnífico proveedor de telediarios. En Estados Unidos veían las noticias de Walter Cronkite en la tele antes de irse a la cama, y en la España de Sánchez el presidente suelta palomas todos los días, las noticias del PSOE vuelan fácilmente, y no nos acostamos sin averiguar qué hay de nuevo sobre el viejo cadáver o el impuesto al diésel.

Franco tiene gancho y en términos televisivos se dice de un hallazgo como ese que “el tema vende” y se programa y de ahí los picos de audiencia. Obama se pasó todo un mandato sin legislar como marca la ortodoxia, pues carecía de mayorías en el Congreso, y se las arregló con decretos, pues sabía lo que le esperaba, un varapalo tras otro, como anunció a la periodista María Rozman, que hoy se incorpora a las páginas de este periódico para contarnos, precisamente, los entresijos de la Casa Blanca, que hay que ver cómo está si leemos (pronto en español) Fear (Miedo) del inefable Bob Woodward, sobre las paranoias y egolatrías de Trump, maestro fétido de fakes caído en su propio trampantojo. Sánchez tiene resiliencia, Trump tiene resistencia a bordo, según una tribuna anónima de un alto cargo de la Casa Blanca en The New York Times, que revela ahora que un grupo de funcionarios “resisten” contra los impulsos del presidente descocado evitando males mayores por el bien de la patria. El dislate americano es una metáfora real del desmadre que en Europa llamamos corrupción generalizada. En Estados Unidos la lacra se apoderó del poder y, por tanto, la corrupción pasó a gobernar. España se sacude la porquería de unos polvos que trajeron estos lodos, y a Sánchez le toca revolverse en esa ciénaga y salir impoluto con esmoquin para la fiesta de primavera, que es cuando hoy auguramos en estas páginas que convocará elecciones. Si, entre sus planes inconfesables, figura juntar las urnas en mayo, el totum revolutum electoral, España arde de rojo; Sánchez sabe que hará presidentes a una tanda de socialistas por las autonomías de media España, entre ellas Canarias. Y de ahí los nervios en CC, que lleva mal las encuestas y el moquillo de esa racha en contra por los meses que quedan de este cuarto de siglo en la gloria. Es que no es para menos. Y este tsunami Sánchez, que no gobierna pero se finge una suma de Zapatero y Kennedy obamantado trae a mal vivir a los rapsodas del régimen, que a ver a quién le cantan las estrofas allá por mayo, a la vuelta de la esquina, si han vendido el alma al diablo y después si te he visto no me acuerdo.

Gobernar para Sánchez ha tenido en estos cien días mucho de telegenia. Cuando precisamente venimos de teorizar sobre el cambio horario, conviene reconocer que el tiempo es la clave del mandato exprés de este mago con sus conejos en la chistera. Marcar los tiempos es determinante para este gobierno de la inmensa minoría, como decía el poeta de Moguer. Si la Ley de Estabilidad no sale por la vía de urgencia, Sánchez duerme el partido y pide tiempo. Es un buen encantador de serpientes, se rodea de ministros que caen bien, de pedroduques y marlaskas y de Meritxell Batet, y otros más sequerones y esquinados. Pero evita columpiarse en el tropo de la fama, como solía Zapatero, que hoy nos atiende en el DIARIO sin los rigores del talante que no lo dejaban romper un plato con la ceja. Zapatero ha venido a Lanzarote, como de costumbre, como Sánchez suele hacer a Tenerife y Merkel a La Gomera, como hizo Colón, que trae a colación América, donde ZP es un verso suelto del PSOE tratando de amansar la fiera Venezuela en las verdes y las maduras. Algo de ese estilo hereda Sánchez, hereje de los convencionalismos, que se parece más a Zapatero que a González y ha creado un género propio de en río revuelto ganancia de pescadores.

 

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Pablo Iglesias e Irene Montero, padres

Un episodio político doméstico, el de una pareja de líderes felices hablando de sus hijos, se convertía ayer en la manifestación humana de la política más sobresaliente de los últimos años de confrontación ideológica en España. Algunos de los dogmas de Pablo Iglesias e Irene Montero no han cedido por una rendición de conversos, sino por algo tan elemental como el amor de padres. Iglesias y Montero han agradecido a los reyes su preocupación, durante el trance de estos dos meses , por el estado de salud de sus dos hijos mellizos. Son republicanos -han proclamado-, pero se sienten en deuda con la monarquía, en el oxímoron más tierno de la democracia. Son ateos, pero muestran gratitud hacia cuantos amigos, adversarios y simpatizantes han rezado por que sus vástagos prematuros salieran adelante. Iglesias lleva ahora el apellido con ese condicionante. Como dice Paul McCartney -que asegura haber visto a Dios en un colocón-, “hay una parte de ti que quiere creer”. El líder y la lideresa del partido morado vienen de dos meses de retiro practicando la terapia del canguro, piel con piel, con Leo y Manuel, que son la cantera de la democracia para cuando quizá ya no haya partidos sino fuerzas sociales de otro cuño, y donde acaso las ideologías destierren los dogamatismos, los centros, las izquierdas y las derechas, y recuerden para entonces que a sus padres los sorprendió el destino conviviendo en la paradoja iluminada de velar por sus vidas de la mano de Pablo Casado, el rival del PP, cuyo apoyo habrá sido decisivo, en tanto en cuanto fue antes que ellos padre de prematuro y tenía todos los argumentos extraparlamentarios para convencerles de que los niños iban a sobrevivir. “Vamos”, se repetían los padres primerizos alentando el despliegue de sus bebés. Y ahora vuelven. Vuelven siendo padres, sabiendo lo que es serlo. Traen dos meses eternos de experiencia acumulada. Regresan mejores de que como eran. Siempre sucede.

La política es rabiosamente combativa. Esta tregua de dos meses en la guerra del Congreso ha concedido a la pareja de Podemos todas las verdades que la política -atravesada por una ira de hipocresía y doblez- les niega a los dirigentes. La sanidad pública funciona. Iglesias y Montero admiten sentirse orgullosos de la sanidad española y de los profesionales sanitarios que han salvado a sus hijos. La contractura de sus palabras reside en que solo tras salir de ese túnel de padres prematuros y ver la luz caben tales confesiones impensables en las batallas parlamentarias fratricidas, donde el credo tiene límites establecidos en cada partido so pena de excomunión.

La política tiene un déficit de humanidad clamoroso, que la ha endurecido hasta extremos insospechados. Hubo un tiempo en que los adversarios políticos se iban tomar el cortado juntos y luego se ponían de nuevo el mono de faena y tenían sus agarradas consuetudinarias. Últimamente, la crispación ha levantado muros insalvables entre los enemigos políticos. Se ha confundido la discusión ideológica y partidaria con el odio visceral. La escena de Carolina Bescansa, amamantando a su bebé en el escaño y pasándose al retoño en brazos hasta llegar a los dominios del más aniñado de todos, Íñigo Errejón, formó parte de la estética de Podemos en su irrupción en las Cortes, cuando el asalto al cielo era la consigna. Bescansa y Errejón hoy están en las cunetas del partido, pero Pablo Iglesias e Irene Montero han escrito esto al volver: “Algunos de los abrazos más sinceros, algunas de las palabras más hermosas y algunos de los consejos más provechosos” los recibieron de sus adversarios políticos. “Somos republicanos pero recordaremos que un rey y una reina llamaron para preguntar por nuestros hijos y que todos nuestros rivales políticos preguntaron con frecuencia cómo estaban”. O sea, la Transición quizá aún esté dando sus frutos.

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La hora de Franco

Septiembre no es un mes negro, pero se nos quedó grabada la muletilla de los años que se revelaron feroces en los conflictos más encarnizados desde que Septiembre negro secuestrara y asesinara a once atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Múnich, si bien quién nos iba a decir en los 70 que el de los palestinos era un terrorismo parvulario para lo que estaba por venir. Ahora es septiembre negro por otras razones aun no tan desalmadas, las de las terribles calendas de Cataluña, donde Pablo Casado previene para “no pasar de los lazos amarillos a los negros”. Instalados en esa tesitura, con la guerra psicológica y el fuego cruzado de los símbolos, ha vuelto a asomar la cabeza el artículo 155, como la de Franco, la de José Antonio y toda la tropa que estaba bajo tierra.

Dos coetáneos, Franco y Hitler, ya momificados en el curso de la Historia, rivalizan, sin embargo, en un inconsciente colectivo -que es un concepto con cien años de antigüedad-cada vez más consciente, antes de que se pierda la costumbre de regresar al pasado como método infalible para expiar las culpas y detonaciones de la democracia que amenazan con hacerla saltar por los aires. En Chemntiz, en la extremoriental Sajonia, las movilizaciones de la ultraderecha sonrojan y alarman a Merkel, pues ya en Alemania esa orilla de aguas negras, la AfD, se equipara en votos a la histórica socialdemocria (SPD). En España, Vox todavía no, pero ya crece.

En ese escenario de los lazos amarillos, que es el color prohibido de la mala suerte en el arte de Talía, y de la canarinha, y con esas cruces y sogas en la marquesina contra el rey se está tiñendo de sensacionalismo -de amarillismo y treta- la confrontación de los dos bandos, que es un estigma muy español aunque se vista de seda -amarilla, por supuesto-, mona se queda. Ahora España resucita el guerracivilismo como estridencia y recargamiento ornamental, género más del barroco que del rococó, pues las batallitas lucen mejor en los frisos apelmazados. La guerra es una recurrencia, el mito y el arcano. Hay una querencia y desafecto hacia la guerra civil, que agita las pasiones y desentierra hachas ya oxidadas. Remontarse al 36 sin haberse mamado la guerra y la dictadura convierte la nostalgia en divertimento, que es ahora mismo el riesgo de este revival o revirón.

España no es Alemania, pero allí saltan chispas con las pavesas del nazismo que guarda las reminiscencias en cajitas de Pandora. Vox sube en la militancia ultra y gana en porciones entre los fans del caudillo yacente. España se puede bifurcar, que es lo suyo, abrirse en canal y a la desbandada, pero no se radicalizará como en Alemania o en Italia, donde han vuelto de sus cenizas los viejos endriagos. España es de veces. Y Sánchez interpreta su papel. Esto me lo dijo un ex dirigente popular que voló alto y conoció el colmillo de la bestia en las tripas del Estado: Sánchez no debe legislar, ni tan siquiera gobernar, sino correr, ganar metros, hacer tracking, como los ejecutivos americanos persiguiendo a los animales para mejorar el olfato en los negocios, o trekking, prolongar las caminatas agrestes,subir y bajar montañas, dar largas a Torra, seguir atravesando las veredas y llegar, al fin, al Valle de de los Caídos, visitar la tumba del dictador, regresar al pasado sin condescendencia, que resuciten los fantasmas y vuelva el falansterio de las momias… Franco puso a España en hora con Berlín, para agradar al Führer y ahora Sánchez podría quitarle la razón y devolverla a Greenwich, que es la hora canaria, o sea, la que marcaba el reloj del comandante militar cuando salió de las islas para dar el golpe.

El joven presidente sigue el manual al pie de la letra. El abecedario político español no va de la A a la Z por este orden, sino empieza en la F y acaba, con el desorden, en la D, es un carrusel de Franco a la Dictadura, el viejo monólogo recurrente español. No se entendería Francia -que no tiene nada que ver con Franco- sin la pereza del cuento de Napoleón deportado en la isla de Santa Elena y los hitos de mayo y la revolución francesa; todo lo que Macron es viene de ahí. Y los alemanes reniegan de Hitler, como es su deber, pero lo sacan a pasear constantemente como nosotros a Franco ahora. Tiene su lógica, su aquello, se saca a los Santos y a los monstruos, o no hay Historia que se precie.

Franco viene como anillo al dedo, Franco providencial, caído del cielo para esta hora de bárbaros en las puertas de la ciudad como en la novela de Coetzee. Es el coco para la ocasión. El dictador resultaba esperpéntico en su modelado en miniatura. Los que le trataron asentían con la cabeza mecánicamente como si le siguieran el hilo, porque era inaudible. A otros les daba la risa, como a don Leoncio Afonso, que me contó la escena a los cien años con las sondas de la bomba de oxígeno prendidas de la nariz. Franco aguardaba empequeñecido con la edad en su despacho de El Pardo y el ujier avisaba una y otra vez que no tropezaran con la alfombra para evitar escenas. Afonso tenía ataques de risa y le dio uno delante del faraón.

Dice la profesora María Elvira Roca (Imperiofobia y leyenda negra) que está dispuesta a apostar que no exhumarán nunca a Franco, porque se acabaría el discurso y el recurso y de qué hablamos entonces cuando suba el pan. La memoria histórica fue una excelente idea de Zapatero. Felipe González desempolvó el Azor y dio una vuelta en el yate de Franco para regodearse en los tabúes de la derecha. ZP fue más lejos, amagó con levantar las cunetas y poner patas arriba el callejero. Sánchez regresa al recetario con lo del cadáver, que es como meter el dedo en el ojo al que se sienta aludido, y allá cada cual. Pero a Franco ya no lo venera nadie, ni tiene quien le defienda. Franco está enterrado en la desmemoria histórica. Para el fascismo que venga, Franco es de izquierda, eso es lo malo. Hay algunos que son más franquistas que Franco, como siempre hubo más papistas que el Papa. Pero en esencia está muerto, el hombre y su tiempo, el franquismo y el noventayochismo de la derrota de los coloniajes. Los dos síntomas han vuelto como la cizaña, de tallo ramoso, hojas estrechas y espigas anchas y planas cuyos granos contienen un principio tóxico: crece espontáneamente en los sembrados y es muy difícil de extirpar.

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Franco ha vuelto, quién lo iba a decir

Basta un vistazo superficial a los nuevos ejes sobre los que giran las preocupaciones más latentes de la gente y los políticos de este país para percatarse del salto que se ha dado sin darnos cuenta en eso que llamamos estado de opinión. Porque ahora España es eso, un estado de opinión, que dura lo que un café en la barra de un bar. Un demócrata curtido en la Transición se siente como aquel soldado japonés que fue hallado tras permanecer escondido tres décadas al término de la Segunda Guerra Mundial: desorientado, sin dar crédito a lo que veían sus ojos y con indudable inquietud por salvar su pellejo.

El ciudadano prototipo de este país en este tiempo es alguien profundamente desconfiado, que improvisa su lugar en el caos y se adapta a la moda del cambio de criterio por sistema, es un adicto a la constante contradicción, lo cual quiere decir que verá por encima del hombro al que venga con nostalgias, reclamando orden y concierto y un poco de coherencia. Decía Zavalita, en la mítica pregunta de Conversación en la Catedral, “¿en qué momento se jodió el Perú?”. La pregunta tiene su correlato español. Pero España no se jodió todavía, se está jodiendo, y será un proceso indefectible si no lo paran los dirigentes y cuantos tengan capacidad de influencia en la opinión pública -en el sentir general-, que era obra en otro tiempo del Ortega y Gasset de turno, pero ahora los filósofos ya no furulan, o no al nivel de sus mejores fastos. Si el españolito medio, como parece, asiste con cierta naturalidad al nuevo estado catastrófico de las cosas, donde se pregona sin medias tintas las ganas de Cataluña de “atacar” a España, y, de paso, el vivir para pisar las cabezas de los reyes, por mucho Shakespeare que se ponga a la marquesina en la boca del metro, algo inevitablemente patológico ha sucedido de golpe en este país, y del trauma no se ha salido bien.

A nadie se le esconde esta alteración de la mentalidad, producto de un frenesí del lenguaje y del dislate continuo de las declaraciones públicas de gobernantes en pie de guerra. Los descarrilamientos son permanentes. Es comprensible el equilibrismo en que se mueve el Gobierno, consciente de una minoría extremada que depende del exabrupto de Torra o los desafíos de Puigdemont como un pequeño Trump hibridado con Kim Jong-un, cuando no de las enfiladas de ese tal Salvini, ministro italiano del Interior, a propósito de quién es más facha expeliendo inmigrantes por la frontera. Es que están patas arriba España, Europa y los restantes confines del manicomio global. ¿Está mejor América, de norte a sur, de Trump a Maduro? Están todos como una chola, o los chalados somos los demás.

Viene esto a cuento del debate del estado de la nación: Franco. Tuvimos del franquismo una noción nación que se dejaba morir en el tiempo, como hemos vivido del ensueño de Europa hasta que ha estallado la realidad y esto es lo que queda, el cadáver de la musa de los padres fundadores de Europa, Adenauer, Monnet, Schuman, De Gasperi… A Sánchez le cabe hacer de la necesidad virtud y desenterrar unos muertos para enterrar otros muertos vivos. Le ha tocado al joven presidente interino lidiar con el muerto de Cataluña, que es un muerto que goza de buena salud y puede acabar con él si no destierra, como dice Luisa Castro, a Franco. La alcaldesa de Güímar se ha subido a esa parra porque en el pandemónium nacional se han roto todos los diques. Ni la Transición fue tan buen invento, a ojo del nuevo dogma que se abre paso, ni la independencia de Cataluña es una parida a poco que se le deje en vuelo libre un rato más. Franco era un tema tabú, cuando el euro enterró a la peseta. Ahora es una moneda de cambio, una fuga más del sistema, que hace aguas por todas partes.

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Un andar solitario entre la gente

Los caminantes de raza eligen campo o ciudad. Román Morales ha recorrido buena parte de América y de África a pie, optando por las montañas y los ríos, las llanuras y los barrancos, las selvas y los desiertos. Y leer su libro épico de nómada y fedatario, su estela de huellas libres sobre el techo del cinturón de fuego del Pacífico, Buscando el Sur, es una gozada de los sentidos, del olfato y los ecos, del deleite de mirar hacia abajo tocando las nubes y de acartonar la piel, mudar los rasgos del rostro en contacto con otro aire, otra luz y distintos modos de anochecer a la intemperie. Otro es César Sar, que da vueltas al mundo como un predestinado; vendió la casa y se echó a andar entre 7.000 millones de semejantes en busca de la identidad del hombre global de este siglo que se esparce por islas y continentes y mares y cielos cada vez más espaciales. Es nuestro Rodrigo de Triana , nuestro vigía avistando nuevos mundos. Cada viajero es un centinela del pequeño cantón del que procede, porque la isla va a todas partes con nosotros (“siempre soñé que me había ido de la isla, pobre de mí, jamás se va uno de la isla”, escribió Samuel Becket, que se fue a París agobiado de Dublín, y nunca paraba de caminar, a menudo en compañía de su amigo Giacometti). Nuestro César vive subido a su globo, a la usanza de los mitos de Julio Verne, que compartía la afición con Edgar Alan Poe. Viajar y caminar son indisociables, pero la manía de conocer los sitios de una manera peatonal y obsesiva, personal e intimista, es muy propio de oteadores genuinos, como estos que cito y valoro.

El arte de andar las ciudades requiere parsimonia, ser indagador y tener capacidad de auscultación. Antonio Muñoz Molina tiene estas facultades adiestradas; las puso a prueba en Ventanas de Manhattan y en continuas incursiones literarias o periodísticas que le llevaron a deambular, tomar notas y escribir, desde que lo conozco, en aquel debut como El Robinson urbano, hace más de treinta años, cuando compiló unos artículos muy detallistas y vagabundos en el Diario de Granada. Ahora ha vuelto a ejercer ese papel de torrero y paseante con una vocación de excursionista estimulada por escritores célebres que hicieron camino al andar. Molina salió del Mencey a dar una vuelta y abrazó los árboles del parque García Sanabria; fruto de ello, escribió un emocionado artículo en El País Semanal como si hubiera conocido a los mejores vecinos de la ciudad. Como dice Carlos Schwartz, se agradece la sombra de lo árboles en las aceras donde calienta el sol, como en la malhadada Méndez Núñez, que vuelve a estar de cesárea. Cousteau, al irrumpir en Santa Cruz por la Rambla (antes de que se le exhumara el nombre de Franco), nos contó que era como una miscelánea de Broadway y otras ciudades con vegetación que había conocido. Neruda tomó tierra en el muelle de Santa Cruz y se sentó con sus anfitriones en Los Paragüitas; no prestó atención a ningún detalle visual de los que se mostraban ante sus ojos, ni las montañas de Anaga, ni los jardines de la Alameda del Duque de Santa Elena, que habrían atraído la mirada de Molina a buen seguro, sino se fijó en el acento que escuchaban sus oídos: “Fíjate, Valdés, hablan como nosotros”. En América me han dicho que tenemos el mismo cloquío chileno, o sea que el poeta creyó estar en su tierra. No hay nada como viajar, andar, conocer, oír de primera mano cómo suenan y son los distintos sitios.

Muñoz Molina se echa a la calle a captar sonidos, imágenes, palabras sueltas, escenas a priori irrelevantes, que le han servido de argumento para escribir ahora casi 500 páginas, hasta llegar a pie a la casa de paredes pintadas de blanco en el Bronx, donde vivió Poe. Ha vuelto a su rol de Robinson urbano, cuando lo descubrí en un libro casi de bolsillo con sus crónicas libérrimas, ingenuas y periodísticas, antes de seguirlo durante más de decenios literarios de obras promisorias que lo han ido consagrando hasta la antesala del mismísimo Nobel, donde aguarda con opciones a la doble entrega de 2019, porque nunca se sabe. Ha sido fácil afiliarse a la prosa de Molina, hacer su mismo viaje narrativo y periodístico, leer su Jinete polaco con la misma voluntad de sosiego que sugieren sus artículos de prensa y cada audacia literaria de su cosecha como la inclasificable Sefarad o Un andar solitario entre la gente, que es la obra que ahora tengo entre las manos recién salida del horno de este Proust español. Molina y Elvira Lindo forman la pareja literaria más confortable de las letras de este país. Pocos autores compensan tanto a sus seguidores como este jienense que conoce tan bien Canarias. Fue el primer lector de nuestro Canto de las Afortunadas y hasta de nuestros Sueños de fútbol, y siempre fue generoso y motivador. Tengo a gala haber leído todo lo que ha escrito Antonio Muñoz Molina, ser un libador dichoso de una literatura escanciada lentamente, con trabajosa precisión y talento.

Aquí cuenta que De Quincey vagaba por las ciudades a impulso de fiados, y que olvidaba a menudo que tenía mujer e hijos, alquilaba habitaciones que atiborraba de papeles, de ciudad en ciudad, escribía de día y caminaba de noche, dejando sus impresiones de Londres o Edimburgo o Liverpool o Glasgow plasmadas a contrapelo en diarios compulsivos, con los que huía sin pagar. Algunos poetas amaron sus ciudades cosmopolitas como si les perteneciera por entero como el reducido espacio de su propia casa. Es difícil imaginar Lisboa sin los desasosiegos de Fernando Pessoa, que callejeaba su musa y ciudad al mediodía, cuando tenía dos horas libres en el trabajo para almorzar a solas. Otros escribieron sin siquiera sentarse, como Baudelaire, que componía versos caminando y era lector y traductor de Poe, cuyo fantasma seguramente habitaba su casa del Bronx, último tramo de este libro, que más que escrito ha sido caminado como la Alcarria de Cela o el Cuaderno de godo de Ignacio Aldecoa. Cuando últimamente viajo en guagua compruebo que el pasaje va ensimismado con los cascos oyendo música y sin ojos para otra cosa que no sea el móvil. Debo de parecerles un bicho raro, cuando reparo que soy el único a bordo que va leyendo un libro. La guagua dejó de ser un lugar de encuentro. Ahora es un mero conducto con asientos que nos transporta. Me bajo en la parada y ando. El caminante es un ser solitario entre la gente.

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Los pósits de verano

En la solapa de este verano hay varios pines como pósits a modo de recordatorio pegados en la puerta de la nevera. Uno de ellos -genuinamente canario- es la probabilidad de microalgas o cianobacterias. Casi como un estribillo, coreamos que el aumento de la temperatura del agua, la calma del mar, la ausencia de alisios y el polvo en suspensión o calima son el cóctel perfecto para que irrumpan las trichodesmium erythraeum, que el verano pasado cobraron fama en las páginas de DIARIO DE AVISOS y desataron un debate científico-político enfebrecido como pocos. De modo que en la cornucopia de escándalos mediáticos de más o menos reciente memoria por estas islas, mencionaríamos de corrido las manifestaciones universitarias de los años 80; la protesta contra el tendido eléctrico en Vilaflor de 2002; la crisis de los volcanes de 2004; la polémica del puerto de Granadilla a finales de la pasada década; la guerra del petróleo (2012); la erupción submarina de El Hierro (2015), y la controversia sobre las microalgas y el absentismo del Gobierno en el verano de 2017. Tan presente está aquella estampa de los mares defecando y el tufo de la porquería, que el inconsciente colectivo teme ahora a la par, cuando llega agosto, los incendios forestales y la mierda en las playas. Eso lo tenemos clavado con un pin en la frente. La gente está todavía con la mosca detrás de la oreja jurando en arameo por la inmundicia que se arroja a la costa cada día en Tenerife con los 57 millones de litros de agua sin depurar al mar. Tal cosa, sin embargo,sucede sin que se pongan coloradas las autoridades. Nuestra infinita paciencia acaba de ser elogiada irónicamente por la presidenta del Defensor del Paciente, Carmen Flores López: si a ella le dieran cita para el médico para 2021 dice que se iría directa a los juzgados. No somos estoicos, sino estólidos. Y gobernarnos es un chollo: ponemos siempre la otra mejilla.

Si las fuertes temperaturas no se esmeran esta vez, acaso cerremos el verano con mejores estadísticas en golpes de calor, que son el azote de una población envejecida como la nuestra. Y a propósito del abuelo, con un poco de suerte -o quizá necesitemos mucha- este año se le cae cara de vergüenza a la prole y no abandona a los progenitores en hospitales y gasolineras, según la leyenda urbana -y no tan leyenda- de semejante método familiar de soltar lastre de la vejentud para salir de vacaciones.

El verano es displicente y cruel. Si no estás bronceado, eres un paria. Y el moreno albañil delata al currante. Ahora dice la policía que se ha disparado la criminalidad por estos lares (violaciones y homicidios), lo cual describe todo un laboratorio sobre las raíces del odio humano y la psicopatología. Se nos ha acidulado el carácter de un tiempo a esta parte, somos más cascarrabias e irritables; a la primera saltamos, del volante a degüello como ilustran continuas entregas de vídeos que descubren nuestra faceta bronquista.

No cité en el baremo de verano de los debates más sonados en las islas la crisis migratoria de 2006. No fue una polémica, sino un drama humanitario. Y es cierto que en este verano, con el buen tiempo y la vista gorda marroquí, las pateras y cayucos han vuelto a la primera página de este periódico, como antesala de la noticia. Pues fue el ministro Marlaska el primero en poner la venda antes que la herida desde Mauritania: si cierran las rutas del Mediterráneo, las mafias volverán a abrir la del Atlántico. Canarias un día -hace doce años- trenía un cementerio en el mar. Todo viene y va por ahí, aunque aquí vivamos con la mente abducida por la tele, creyendo vivir en un continente.

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Quince años a sangre y fuego

Cada época contiene rasgos de coherencia y así pasamos de un periodo a otro. Y hay que tomar distancia, como en una foto aérea, para ver las coordenadas de cada ciclo. Así, un día sabremos qué caracterizó la presente etapa que estamos transitando o desandando. Este baremo de verano invita a desempolvar ciertos hechos, personajes y tramas que tienen una estética propia y una literatura y dramaturgia por hacer de género negro. Recuerdo que el novelista Jordi Sierra i Fabra escribió una ficción política de las islas, En Canarias se ha puesto el sol (1979, Premio Ateneo de Sevilla), donde nos metía, sin conocernos, en el elenco de su narración. Cuando, al fin, nos encontramos contó que la historia la había armado con ayuda de nuestra corresponsalía en la prensa nacional. Y el retablo de aquel momento -los aguerridos años 70- era, en efecto, una novela de acción y terrorismo, de atentados y revueltas callejeras. Éramos canarios alzados. ¿Qué mosca nos había picado? Fabra interpretó esa secuencia temporal, en verdad atravesada por una misma ráfaga de agitación, que hizo de las islas, por esa vez, un volcán. Volcán nos decía Eliseo Bayo en la revista Interviú, donde se asomaba con frecuencia Antonio Cubillo arengando desde Argelia con más énfasis y humor que Puigdemont desde Waterloo (estos dos exilios merecerían un tratamiento aparte). Cubillo tenía, además de audacia, un don innegable para magnificar el potencial de sus efectivos. Engañó a Gadafi, a Hassan II y a Adolfo Suárez, pero no a Bumedien, y sí a todos los poderes fácticos españoles, incluido el Ejército, que se tragaban los anzuelos que lanzaba desde la radio. Cuando supieron que pensaba viajar a Nueva York a plantarse en la ONU, tomaron la decisión de matarle en Argel. Sobrevivió a los sicarios y solía mostrarnos con sorna la cicatriz abdominal de su cesárea de guerra postrado en una silla de ruedas con el espinazo roto.

Esto sucedía en aquellos años setenta que, como digo, eran de sangre y fuego, cuando este pueblo contrajo la rabia. Lo que se despachaba en las islas entonces eran noticias de crónica negra, como el secuestro y asesinato del tabaquero franquista Eufemiano Fuentes, que casi me cuesta un disgusto personal. No se me ocurrió otra cosa que comentar con testigos mi hipótesis del caso que nadie lograba resolver: El Rubio debió de contar con algún cómplice en el chalet de Las Meleguinas, incluso sugerí una persona sospechosa. Pronto se especuló que el industrial simuló un rapto para desaparecer, asegurar la póliza del seguro y evitarse cualquier ajuste de cuenta si la democracia tomaba represalias contra elementos como él, exintegrante de las brigadas del amanecer de la guerra civil. La policía, que estaba ciega, quería verme y yo los rehuía en madrigueras distintas cada noche -cometí esa idiotez-, hasta que me quedé sin guarida y concerté una cita con testigo, me creyeron y me dejaron marchar. Sin embargo, cuando años más tarde, fui a Hoya de San Juan (Arucas) a entrevistarme con la hermana del mítico Ángel Cabrera Batista, El Rubio, preso en Salto del Negro, mi curiosidad se vio agrandada. Ya antes, el abogado Limiñana me había deslizado algunas suspicacias sobre el delincuente más buscado de las islas, que tras huir más de una década entre continentes, mientras la leyenda urbana suponía a Eufemiano vivo y coleando en América, se entregó a la policía y fue condenado sin abrir la boca.

Aquellos años tenían una lógica visceral. Fue la racha en que la policía, buscando a El Rubio, acribilló a balazos en Somosierra al joven Bartolomé García Lorenzo, y un guardia civil acabó en La Laguna con la vida del estudiante Javier Fernández Quesada en la puerta de la universidad.

Muchas veces me he preguntado por qué se desató aquel aquelarre en la segunda mitad de los años 70 (en el 76 cayeron Eufemiano y Bartolomé; en el 77, Quesada, y en el 78, Cubillo casi la palma). Quizá porque eran años de Transición y Sahara y brotó la Canarias profunda.

No fueron cinco, ni diez, sino quince años de polvareda (del 76 al 91). Tardó en hacerse la calma. Y, de pronto, venían a solazarse magnates y atracadores, cuando no líderes famosos de sectas. Tengo esos años documentados. Nada ocurre sin la lógica interna que sugería al principio. ¿O fue por casualidad que John Palmer, el joyero inglés, dejara su piso en Bristol y se fugara con la familia al sur de Tenerife, antes de que la policía lo detuviera como cerebro del robo del siglo? Palmer se acordaba de mí, años más tarde, no olvidaba cómo lo descubrí de incógnito en un hotel y nos dio la exclusiva para España en El País. “Tú sigues siendo periodista y yo ahora soy un gran empresario”, me embromó en su despacho, poco antes de ser condenado, encarcelado y asesinado en el jardín de su casa. ¿Por la misma regla de tres, vino por azar el artista vienés Otto Muehl a la finca de El Cabrito, en La Gomera, con su famosa comuna hedonista y su atelier de Van Gogh desde Centroeuropa a estas tierras meridionales, en la que abusaba de niñas quinceañeras y organizaba happenings para invitados y autoridades, hasta que fue condenado en su país a siete años de prisión por pederastia y murió en Portugal ya octogenario? ¿Qué extraño imán atraía a las islas a personajes célebres predestinados a un trágico desenlace?: Robert Maxwell, el magnate de la prensa británica, adornado de un halo de espionaje por sus vínculos secretos con el Mossad,vino en su yate Lady Ghislaine a morir a estas aguas. Cenó en el Mencey -olvidó la chaqueta y el sommelier se la acercó a la puerta-, era un hombre corpulento, perturbado: lo vieron discutir acaloradamente por un Motorola y cuando su cuerpo apareció flotando boca abajo en el mar, con una oreja herida, nadie se creyó la versión oficial de la muerte por infarto. ¿Fue una sarta de coincidencias (Palmer vino en el 85; Mühl, en el 87, y Maxwell, en el 91) que el hampa y el crimen nos visitaran? Acababa de estallarnos el turismo en la cara, y no estábamos acostumbrados a la explosión del dinero.

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