Cuarenta años sin Franco no es nada

Para Sánchez, Franco era su seña de identidad, su sello, su leitmotiv y su trofeo en la recurrente clasificación de los presidentes y sus gestas. Zapatero aprobó el matrimonio gay. Aznar hizo la guerra de Irak y puso los pies sobre la mesa junto a Bush. Rajoy evitó el rescate en la Gran Recesión. A Felipe González le debemos la entrada en Europa. Suárez trajo la democracia. Y la democracia enterró el jueves a Franco por decisión de Sánchez, suyo es ese gol. En su visita de ayer a la Isla de la que salió en el 36 el futuro dictador rumbo a la guerra civil, Sánchez dibujó una regresión, viajó al origen de esa génesis que hizo de Franco un mito, un personaje grotesco de voz aflautada (le llamaban el Cerillita en la escuela de El Ferrol, porque, según su hermana Pilar, “era poquita cosa”) que se radicalizó en Canarias cuando cobrábamos fama de lugar de destierro. El militar que Paul Preston conoce como la palma de la mano (su biógrafo, que no su hagiógrafo) recuerda su fortuna ilegítima de 400 millones de euros, fruto de una dilatada vida de adueñamiento y corrupción (El holocausto español: Un pueblo traicionado, Debate).

Ha muerto dos veces, en dos tiempos, como si hubiera quedado en tiempo muerto 44 años por obra y gracia de la Transición y ahora, en la segunda Transición que los indignados del 15-M de 2011 alientan, lo exhumaran del mausoleo del Valle de los Caídos para enterrarlo definitivamente en el cementerio de El Pardo en una tumba familiar en un lugar más discreto, junto a franquistas incondicionales como Arias Navarro o Carrero Blanco y junto a donde yace su propia mujer, Carmen Polo, allí donde poder morir de una vez por todas bajo la losa de la democracia. De ahí nuestro titular del viernes en portada: La democracia entierra a Franco.

Es el final de una década, el crepúsculo del segundo ciclo de un siglo que renuncia a la mayéutica socrática más elemental de padres a hijos y de maestros a discípulos, el preguntarnos el destino hasta descubrirlo en nosotros mismos, y, en cambio, sucumbir al ruido y la furia. La cita de estas últimas palabras, del Macbeth de Shakespeare con que tituló Faulkner una de sus más célebres y complejas novelas y que Jorge Berástegui extrajo del diálogo en CajaCanarias de Luis Landero y Juan Cruz, describe el clima político de esta precampaña. Amén de que, por cierto, entre los versos originales de la tragedia, “mañana y mañana y mañana…”, se desliza “el camino a la muerte polvorienta”, que viene a decirnos ahora, tras ver retransmitido el traslado de los restos del faraón, que nada escapa a su suerte, que es la muerte, aun disfrazada de mitin cuando ni siquiera ya hay mito del que hablar. Sorprenden por ridículas las quejas de los Franco desgañitándose encriptados en Mingorrubio, bajo sospecha de haber grabado la reinhumación: “Que nos dejen salir. Esto es una dictadura”.

Estamos asistiendo a una era contrahecha: futurista y carca a la vez. Los mismos Franco con distinto collar. Vuelven, en efecto, los efluvios de Franco y Hitler, que este miércoles cumplían 79 años de su entrevista inverosímil en el vagón del tren del führer en Hendaya, cuando el nazi dedujo que el dictador español no era de fiar, bien por timorato o por zorruno. Careos tan fútiles como ese ha habido otros posteriores en la historia de guiñoles de las altas intrigas palaciegas de la política bufa internacional. Es la misma modalidad de los esperpénticos encuentros y desencuentros de Trump y Kim Jong-un, al borde de lo histriónico o pueril. Ahora como entonces, desconcierta la manera en que estos personajes torpes e intrascendentes consiguen farandulear eclipsando al resto de líderes de su tiempo. Hitler levanta todavía pasiones tres cuartos de siglo después en la misma Alemania que lo proscribió por sus horrendos crímenes. Y Franco suscita muestras de adhesión y simpatía en partidos como Vox. De esta deforme guisa se construye el nuevo estado de cosas, en favor de los peores ecos de la historia. Resulta tentador, al parecer, en determinados ámbitos políticos remozar a los muertos infaustos y hacer los fastos de su feligresía con banderonas y risitas. En estas circunstancias, la exhumación y reinhumación de Franco tiene una simbología histórica, abortar nostalgias cuando Europa, por razones que se nos escapan, no resucita a Churchill y sí a Hitler, no a Azaña o Negrín, pero sí a Franco. Que la democracia haya enterrado al dictador puede exacerbar los ánimos más recalcitrantes, pero al cabo de unas cuantas manos alzadas y tres caras al sol, se restablece el estado ordinario de las cosas.

No cabe tamaña añoranza, aún en la retina los empellones a Gutiérrez Mellado, los tiros al cielo del Congreso y los rehenes saliendo por las ventanas. No es de recibo que Tejero resurja de las tinieblas y recorra como un fantasma de piedra el exterior del Valle de los Caídos donde el jueves sacaban a Franco, para desenterrar con su presencia los peores recuerdos de aquella democracia imberbe que en febrero de 1981 estuvo a punto de irse al garete por culpa de él y sus tricornios revirados. La escasa pedagogía y conocimiento acerca de los hechos que se discuten hacen inviable un juicio veraz, si no feroz, de la historia que se exhuma y sepulta de nuevo con este trajín de los huesos del dictador entre Cuelgamuros y Mingorrubio.

Por si acaso la edad me conserva fresca en el trastero la memoria de los años hoscos de franquismo y los albores de la libertad que ha permitido hasta hoy cuarenta años de elecciones tras elecciones. Nos toca recontar a quienes no lo vivieron el quid de la cuestión y el porqué de la defensa de la democracia con uñas y dientes si fuera necesario, frente a la amenaza de los rescoldos de un ayer que se envalentona. Por eso Franco -en mitad de las hogueras de Cataluña- ha salido en procesión en esta precampaña del 10-N, pues acaso haya que revisar el tango y decir que cuarenta años no es nada.

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Cuando Hitler y Churchill cortejaban a Canarias

El interés estratégico de alemanes e ingleses (y no sólo de ellos) por Canarias no es ninguna novedad. Hoy se cumple un nuevo aniversario de la entrevista Franco-Hitler en Hendaya, el 23 de octubre de 1940, donde la Alemania nazi puso sobre la mesa su preocupación prioritaria por el papel de las islas y su vulnerabilidad.

En reiteradas incursiones políticas, incluso de carácter secreto, o científicas se ha puesto de manifiesto ese grado de seducción por las Islas de parte de las potencias. El citado 23 de octubre de 1940, Hitler habló de ello con Franco abiertamente en la célebre cumbre que mantuvieron en el vagón del Erika, el tren del führer, en la estación fronteriza francesa de Hendaya. Estaba en su apogeo la II Guerra Mundial, y al alemán le preocupaba que los ingleses se adueñaran de las islas.

En aquella cita de jefes de Estado se pusieron las cartas boca arriba. Hitler mostró su trío de ases: Gibraltar, Marruecos y Canarias. Las tres cosas que más le interesaban, y las tres en relación con los ingleses, que, aunque atravesaban por serias dificultades, podían, a su juicio, apoderarse del Estrecho y de las Islas para controlar la navegación en ese punto neurálgico del Mediterráneo y del Atlántico en cuanto a África. Hitler trató de halagar a Franco espoleando sus demandas sobre Gibraltar y Marruecos.

Franco trató de escabullirse con una larga perorata sobre la maltrecha economía española tras la onerosa guerra civil (antes había pedido ayuda alemana en forma de trigo y combustible). La pretensión de Hitler era modificar la posición española de “no beligerancia” por otra de activa participación con el Eje en la guerra a partir de enero de 1941. El gallego daba vueltas y rodeos, con largas digresiones sobre los bolsillos vacíos de los españoles y las alicaídas fuerzas tras el conflicto desgarrador del 36 al 39, y consiguió, probablemente, desesperar al dictador alemán con sus circunloquios, pues Hitler comentó después a Mussolini que prefería sacarse “tres o cuatro muelas” antes que aguantar aquel sermón de reclamaciones territoriales, a su juicio, desmedidas (Incluían el Rosellón o Cataluña francesa, Orán y todo Marruecos hasta el paralelo veinte). Hitler tenía un pobre concepto de Franco, “un corazón valeroso, pero un hombre que sólo por carambola se ha convertido en jefe. No tiene la talla de político, ni de organizador”.

Con todo, si bien a Franco lo que le interesaba era dar largas a Alemania convenciéndole de que sumar a España a la contienda le saldría muy costoso en subvenciones, ayudas y pertrechos, el español intentó, es cierto, por todos los medios arrancar un compromiso a Hitler de que le cedería, al menos, el Marruecos francés una vez finalizada la guerra. Pero el führer no quería incomodar con semejante hipoteca al régimen acólito de Vichy. Y fue ésa –por encima, seguramente, de la soberanía en juego de Canarias- la razón por la que se cerró en banda y se dedicó a marear la perdiz.

CANARIS Y FRANCO

Bien es cierto que un destacado miembro del aparato nazi, el jefe de inteligencia (de la Abwehr, del Estado Mayor de las fuerzas alemanas entre 1921 y 1944) Wilhelm Canaris, del que constan varias visitas a las islas, pudo influir en Franco confesándole la impresión personal de que Hitler no iba a ganar la guerra, algo que casi nadie habría suscrito por aquellas fechas de su expansión.

Canaris siguió de cerca, desde los orígenes del golpe de Estado del 18 de julio, los pasos de Franco, su alojamiento en el Hotel Madrid de Las Palmas, su viaje en el Dragon Rapide a Marruecos y demás movimientos, y llegó a tener una relación de amistad con el dictador. En cierta ocasión, el famoso espía inglés Kim Philby (acusado más tarde de doble agente al servicio de Stalin y por éste, a su vez, de triple agente fiel a los británicos, dentro de una paranoica lectura de lealtades en aquel escenario bélico) se lo tropezó de frente en la calle Triana, y en sus memorias dejó escrito que “no le pegué un tiro allí mismo porque tenía órdenes expresas de Sir Winston (Churchill) de no hacerlo”.

Como debía de sospechar el primer ministro británico, Canaris, en realidad, no simpatizaba con Hitler y podía convertirse en un útil ‘enemigo en casa’. Cuando fracasó la Operación Valkiria y el führer sobrevivió al atentado, fueron ejecutados sus responsables, entre ellos Canaris.

Canarias no era una idea exclusiva de los alemanes, como sospechaba Franco. Simultáneamente, a mediados del mismo año (1940), los ingleses planeaban apoderarse de, al menos, de Gran Canaria y Tenerife en la denominada ‘Operación Pilgrim’. El plan se concebía como respuesta a la posible caída de Gibraltar en manos alemanas; Gran Canaria sería la base de reemplazo, y en Tenerife se establecería la guarnición militar. También comprendía la toma de Cabo Verde “y una de las Azores”. Finalmente, Franco reculó al ver la deriva de la guerra y poco a poco abandonó su postura oficial, que era filonazi, y los ingleses perdieron interés en Canarias.

 

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El cuento del apagón

Todo el esfuerzo es baladí, si en las conjeturas de por qué nos ha mirado un tuerto no acertamos a aprender de nuestros propios errores. Las desgracias que se acumulan como plagas cuando acontecen han vuelto a hacer de las suyas. El apagón no ha sido un apagón, como diría el inefable Borges, sino todos los apagones habidos hasta aquí. Y en la medida en que la ficción del argentino nos ha enseñado tantas veces tantas cosas juntas a la vez, reparamos que, en efecto, este no ha sido el primero -ni será el último- cero energético de nuestra historia. Y que antes, por tanto, hubo una sucesión de ceros que evidenciaron que la piedra estaba en el mismo sitio y nosotros tropezábamos continuamente en ella sin asomo de memoria por las continuas reincidencias del traspié.

Esa es la historia que nos interesa del apagón del domingo, no en sí misma la fatalidad de un caos semejante durante las nueve horas con todos sus minutos que estuvimos en el paleolítico de la incomunicación -sin luz, ni móvil, sin pies ni cabeza-, sino la proverbial inclinación a sufrir, antes y después, la misma desventura en una isla vulnerable, como ahora, ayer mismo, se nos ha vuelto a decir por parte de los responsables de Red Eléctrica.

Con tan solo repasar la hemeroteca nos sorprenderán, borgelianamente, las mismas explicaciones, admoniciones y premoniciones. En ceros anteriores, en los años 2009 y 2010 -los más recientes- las empresas eléctricas advirtieron de idéntico Talón de Aquiles del sistema eléctrico insular. Se nos definió como estructuras separadas, minúsculas y frágiles; se nos predijo que el síndrome eléctrico del apagón se repetiría una y otra vez hasta que tengamos infraestructuras consistentes y convalidadas. En otras palabras, se nos vino a decir que éramos ciudadanos de tercera, encerrados en el laberinto de la isla a expensas de los mismos infortunios repetidos hasta la saciedad en el círculo vicioso de nuestro aislamiento.

No se ha hecho nada para remediar esa endeblez crónica de un servicio esencial como el suministro eléctrico de un millón de personas. La luz llegó a los pueblos de las islas como por arte de magia. Hoy seguimos pensando que es producto del misterio, del virtuoso azar, de algunos duendes penates y del Espíritu Santo que tengamos luz cuando tantas veces actuamos a ciegas. Ningún gobierno antes alzó la voz y dijo, basta. Ni hizo nada en tal sentido, salvo esperar al siguiente apagón.

Nos hemos tomado a broma esto de las deficitarias redes eléctricas. Como no le quisimos ver las orejas al lobo a los turoperadores cuando estábamos a tiempo de tomar medidas y sentar en los consejos de administración de las multinacionales del transporte a unos cuantos paisanos con capacidad decisoria. Como tampoco quisimos crear compañías aéreas para romper el cordón umbilical de los operadores extranjeros, ni fundar agencias propias, ni otras tantas prevenciones contra el maleficio circular que ahora vuelve imperiosamente a exigirnos rapidez para sortear a los Thomas Cooks y Ryanairs de marras.

En general, siempre fuimos desprevenidos y confiados. Tienen que caérsenos las torretas para coger respeto a los vientos huracanados. Los incendios forestales, las crisis turísticas y los apagones no suceden nunca por primera vez, son el mismo incendio, la misma crisis y el mismo apagón todas las veces. Hay que leer más a Borges para entender lo que nos pasa. Lo del domingo no fue un cuento. Pero lo parece.

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Esperanza Aguirre, exclusiva en Tenerife

La política española no siempre lucía corbata en el traje de etiqueta oficial, así como Arabia Saudí abrió este viernes sus puertas a turistas extranjeras con visado y sin abayas. Pero sí cabe decir que en el último cuarto de siglo hubo pocas mujeres en la derecha española con papel preodominante, no secundario, sino casi estelar como Esperanza Aguirre, en cuyo look encaja el fular al estilo de Christine Lagarde. Siendo escasa la presencia femenina en la gran escena pública bajo los focos de la política nacional, el caso de Esperanza Aguirre eclipsaba buena parte de la nomenclatura masculina que disputó tras la dictadura el juego de tronos de la democracia. Mujer, y no cualquier mujer, expresión fehaciente de una tendencia de igualdad que, al comienzo de esta etapa, tuvo que fajarse con líderes de todo el espectro ideológico que miraban con desconfianza la irrupción femenina que desafiaba hegemonías atávicas. Aguirre, la cólera de Dios, en la selva amazónica de la política española. Ha habido en estos lustros de titanomaquia política sin tregua, además de titanes y olímpicos, algunas amazonas memorables, y Esperanza Aguirre es una de las más aguerridas. Aún en el retiro voluntario de un autoexilio quien sabe si provisional, Aguirre se define sinceramente en una de las tantas perlas que deslizó el jueves en el Mencey: “Rajoy es alguien encantador a quien no le gusta meterse en líos; a mí, sí”.

Y esta política de raza, jefa sin poder momentáneamente, que ha vivido travesías de mando en plaza y oposición, y que ahora, antes de medir sus fuerzas con testigos y fiscales, vino a Tenerife a romper su silencio en el Foro Premium de DIARIO DE AVISOS, no defraudó. En la entrevista de Jorge Berástegui que podrán leer en las siguientes páginas asoma la indómita lideresa que no se resiste a empuñar su ideario como si el 10-N la estuviera esperando. Podía haber declinado la invitación de abril, que fue el mes en que se concertó la cita del foro en Tenerife (el juez la imputó en agosto), pero la eviterna gladiadora no hizo ascos a la ocasión de manifestar en público cuanto piensa decir en los tribunales. Política, pero licenciada en Derecho, midió las palabras y los tiempos. Fue abrir la boca en el Mencey y propagarse por toda España la reaparición en la isla de la exdirigente irredenta que no deja indiferente a nadie.

Si Esperanza Aguirre hubiera sido yanqui o inglesa -esto último, sobre todo, por vocación- estaríamos ante una Hillary o una Thatcher. Pero se retiró antes de cumplir los setenta y ahora solo cabe que vuelva como Cristina Kirchner o como el gran Churchill si Churchill hubiera sido mujer, habida cuenta que a ella no le importaría esa reencarnación. Este periódico la tuvo el jueves en casa, la recibió y la acogió en el Foro Premium. Era como una secuela del invitado anterior, dado que Rajoy había venido un junio, un año después de retirarse, y con ello había roto un largo silencio, y Aguirre, su némesis más entrañable, también reaparecía, ya jubilada y exenta de cargos públicos, para hablar por primera vez tras la imputación del juez Garcia-Castellón. Este foro era un déjà vu en toda regla. Son cosas que dispone el azar. Aguirre, un lince en materia mediática, se impuso guardar silencio sobre su imputación en el caso Punica para reservarnos – en sus propias palabras- “la exclusiva”.

Esperanza Fuencisla -su nombre de pila- es una de las biografías políticas con las que hemos discurrido por 30 años de la amada democracia con alternancias del PSOE y el PP hasta que en 2015 el bipartidismo pareció sucumbir como en otros países de nuestra órbita. Nadie con sus arrestos surge todos los días en mitad de una nube de cañones y sale con vida siendo mujer y no hombre, condesa y no conde, de derechas y no de la movida progre, aunque ella , por cierto, sea prima de Ouka Leele. Tampoco todos los días alguien así pierde un zapato y se libra a toda pastilla de un atentado terrorista en un hotel de Bombay -acaba de estrenarse la película Hotel Mumbai- ni se precipita en un helicóptero en una plaza de toros y le ve los cuernos al morlaco en el ruedo, antes de vencer a un cáncer. Las hazañas políticas de esta mujer la hicieron heroína y villana, era una pionera de género al frente del Senado y fue una presidenta de Madrid que se batía el cobre con Gallardón -otro huésped de los foros- y con quien hiciera falta, En el PP de Aznar era una ministra que volaba sola y en el PP de Rajoy era una amenaza permanente, en un cul de sac. Aguirre, en el rincón oscuro, en un callejón sin salida, se las arreglaba para salirse con la suya aunque le hicieran luz de gas. Quería el puesto, la cabeza y esperaba su turno, encadenando mayorías absolutas en su feudo de Madrid, pero Rajoy la sabía capaz de eso y de más, de ser presidenta y lo que se propusiera, y, llegado el caso, cerró el paso a los dos, a ella y a Gallardón. Ambos competían -sin éxito- por ir en las listas del Congreso. Rajoy no les abrió esa espita. Lo que cuenta en Yo no me callo (Rajoy desideologizó al PP) lo reiteró en el foro y en la entrevista de esta edición. El PP perdió millones de votos por su indefinición, sostiene, y renueva sus reproches al expresidente por un discurso en Elche, antes del Congreso de Valencia, en el que invitó a liberales y conservadores a marcharse del PP. De entonces viene, a su juicio, el porqué de Vox. Y ahora solo encuentra un camino tras el cuarto intento electoral de los últimos cuatro años: una coalición entre el PSOE y el PP. Como hacen los alemanes, que practican el abrazo del oso, habida cuenta que en Italia en los años 70 ya hasta los comunistas de Enrico Berlinguer auspiciaban un compromiso histórico para facilitar el gobierno a la democracia cristiana con tal de alejar el fantasma del autoritarismo, que entonces preocupaba en Europa.

Un foro con Esperanza Aguirre en persona, el día que hace público su pliego de descargo antes de comparecer ante el juez, es una gran oportunidad informativa que ha reportado una enorme trascendencia al Foro Premium de esta casa. Como la vez que Luis de Guindos reveló los entresijos del no de Rajoy al rescate de la crisis, o aquella otra en que Monedero accedió a un auditorio de empresarios cuando Podemos prometía asaltar los cielos y el Ibex35 le puso la cruz hasta hoy. O cuando Garzón bajo a la tierra y se mostró en carne y hueso tras una vida con la toga al cuello perseguido por ETA. El destino de esta mujer no está escrito; queda en su impronta anglófila de devoradora de plenos de Westminster, y en sus lisonjas a Casado, al que un día dio la carta de libertad en su equipo para ver mundo y aprender de asistente de Aznar. Aguirre dice que no se ha ido de la política, sino de la primera línea. Y el que avisa no es traidor.

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Un Thomas Cook como un ‘tomahawk’

Dicen que los disgustos siempre vienen juntos. De manera que si albergábamos suspicacias sobre cuánto nos podría afectar en nuestras vidas el dichosobrexit de octubre, ahora podemos añadir a nuestros temores y reservas la sospecha de que el turismo cogerá cama una temporada.

Y si guardábamos cierto recelo ante la bravata de Ryanair, más allá del continuo happening de su histriónico ex consejero delegado Michael O’Leary, a raíz del anuncio-extorsión de que se van (cerrarán las bases de Tenerife, Lanzarote y Gran Canaria, les oímos decir incrédulos), ahora ya sabemos que todos los problemas de conectividad no se reducen al adiós de una low cost, sino, desde ayer, a la quiebra de un gigante mundial del sector.

Siempre todo es empeorable. Estamos experimentando en carne propia, desde este lunes negro las consecuencias de una de esas situaciones apocalípticas que engendran a menudo los peores sueños y distopías. Y si…. Pues sí, ha caído un turoperador planetario y nuestras carencias se han puesto al descubierto. No estábamos preparados para una amputación de esta envergadura y vamos a pagar caro el déficit del índice de prevención común (valga este otro IPC).

Llevamos toda la vida -más de medio siglo- confiando en Thomas Cook, nuestro hermano mayor (y nuestro Gran Hermano). El inventor de la cosa ha sido una especie de aliado incondicional. Hasta que el negocio turístico ha entrado en una nueva fase, en la que los clientes contratan por Internet o hacen rutas a discreción por miedo a volar. “Ustedes nos han robado los sueños”, les decía ayer la adolescente sueca Greta Thunberg a los líderes mundiales en la cumbre climática de Naciones Unidas. Esta es la nueva era a la que ya no pertenecía la centenaria empresa fundada por aquel emprendedor británico que dio nombre a su multinacional y a toda una época de la industria que mueve a millones de seres humanos por todos los rincones del mundo. El padre adorable de la aldea turística global antes de que llegara McLuhan.

A Canarias, y en particular a Tenerife -la más perjudicada de este colapso- le cogió con el paso cambiado el tránsito de una metodología a otra. Seguíamos funcionando con criterios tradicionalistas, con la mentalidad de la venta de barrio, comercializando los billetes como aquellos fiados llevados de la buena fe del vecino cumplidor. Esto tenía que ocurrirnos algún día para espabilar. Depositar el 20 por ciento del tinglado turístico en manos de una empresa extranjera bajo una mutua confianza secular era demasiado arriesgado. El paro y las pérdidas que esta imprevisión nos va a costar en los próximos meses y años -ya nadie oculta que ha sido el peor revés de la historia del turismo en Canarias- nos va a exigir cambiar drásticamente de modelo turístico.

¿En qué estaban pensando nuestros gobernantes? ¿Es que a nadie se le pasó por la cabeza esta bancarrota entre las apocalipsis de las estrategias de mercado? ¿Qué hemos tenido hasta ahora? ¿Un Gobierno de verdad o un gobierno de aficionados? Y esta regañina no va solo por Clavijo, sino por los gobiernos precedentes en plural que no vieron o no quisieron ver venir un Thomas Cook como un tomahawk.

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Con un espray en la mano

Cuando Adolfo Suárez arrostró la travesía del desierto al frente del Centro Democrático y Social (CDS), con las ruinas de UCD, en los interminables años 80 de la gran conmoción política del país que dejaba de ser el país que había sido para entrar en Europa y abrazar los vientos del mundo que se le abría de par en par, tras la dictadura y el aislamiento, comentó humildemente, asediado por las deudas de sus contiendas políticas: “Si no alcanzamos financiación suficiente, haremos campaña con un espray en la mano”. Esta es la tesitura de más de uno ante el 10-N, las cuartas elecciones generales en cuatro años, con las arcas vacías y los números rojos, sin fuerzas ni finanzas. Y es, a su vez, paralelo este momento a aquel, al menos para dos partidos que se han quedado sin combustible: Ciudadanos (Cs) y Coalición Canaria (CC), dos socios preferentes que han acabado a la greña y con las urnas atragantadas. En mala hora llaman a votar, maldicen.

Desde octubre del 82, cuando Felipe González inventó el primer cambio en democracia con la mítica mayoría absoluta que borró a Suárez de un plumazo (sacó dos escaños con el CDS), todos los grandes partidos han pretendido repetir aquella gesta. Estos días, González se mostraba reticente sobre unas nuevas elecciones, que, siendo aquello por lo que tanto se luchó en la dictadura, se ha llegado a decir que “las carga el diablo” (Pablo Casado, PP). Una campaña de mensajes se viralizó en los móviles desde el miércoles: “¡No en mi buzón!” Existen síntomas de hartazgo ante el abuso de proselitismo invasivo con propaganda electoral, lo que, unido a las deudas de los partidos, concede toda la vigencia al espray de Suárez. En Canarias se popularizó el recurso de la mortadela por parte de Coalición Canaria durante decenios de hechizo en multitudinarias verbenas lúdico-electoralistas con la tercera edad condimentadas con viandas para la ocasión. Votos y meriendolas. Mítines y ansinas. Un eficiente y proteico método de Imserso exprés que ya por último derivaba directamente en comilonas de ancianos regimentales a diario en naves de alquiler. En campaña operaban la comida de coco del buzón y las comidas de CC, que fueron perfeccionando con el tiempo todo un género de gerontología política muy rentable a la hora del escrutinio.

La nueva cita con las urnas coge a los partidos con deudas y estos pelos, sin margen de maniobra. Vuelve Suárez con el espray. Como quiera que esta campaña durará ocho días, acaso sobren buzones y vallas. Pero los que basaban su éxito en el buen yantar lo tienen peor si no tienen quien les fíe. La ingrata falta de memoria agrava estos trances, pues una vez en la oposición, no solo no hay comilonas, sino que tampoco hay conmilitones para peinar los buzones, ni pronto habrá buzones si se ponen en huelga viral. Y las huestes y prebendados ya están de mudanza, saltando a las faldas del cuatripartito, todo muy gatopardiano, no hay sino que verlos.

Suarez se quedó con lo puesto cuando UCD se desmoronó; perdió la influencia y las redes clientelares desde que dejó de morar en La Moncloa. Su leal secretario de organización en UCD Jose Ramón Caso se embarcó con él en el CDS y le acompañó como un fiel escudero en la secretaría general de un partido que, como Cs, amagó, pero cuando pactó con la derecha ya no levantó cabeza. La otra noche, en TVE, Caso, envejecido pero reconocible, me trasladó al entorno del 82 del tsunami González y el inicio del fracaso de un partido de centro en España. Han pasado casi 40 años. La historia no solo se repite sino que se recuerda a sí misma, y tropieza en la misma piedra. El final de UCD y el naufragio del CDS son precedentes para CC y Ciudadanos, dos partidos que se declararon el amor tras el 26-M y ahora se tiran los trastos a la cabeza en un impúdico regaño de edades impropio de políticos adultos.

¿Qué tienen que aprender ambos partidos y dirigentes de lo acontecido en estas cuatro décadas en España y en Canarias? Que el sol del poder abriga y conforta y el frío de la oposición hiela hasta los huesos en vísperas electorales. CC estrena una situación desconocida y es razonable el vértigo que experimenta. A Cs solo le falta la D interpuesta para recordarnos literalmente al CDS de Suárez. España y la historia son tozudas.

Caso mencionaba los contados feudos en que el CDS logró picotear la manzana del poder, y citó a Canarias, donde en el 87, en pleno auge felipista en España, se hizo nada menos que con la presidencia en un pacto de centro-derecha-nacionalista que contenía, en ciernes, la semilla de la futura Coalición Canaria. Aquel Gobierno lo presidió el self made man Fernando Fernández Martín, con 44 años, un todoterreno, corredor de coches, campeón del mundo de radioaficionados, médico, viajero, sindicalista, político y palmero. Era un presidente icónico del CDS que procedía de la orilla socialdemócrata del Partido de Acción Democrática de Fernández Ordóñez, y de ahí que Suárez volara a las Islas y yo lo fuera conociendo por entregas, hasta el punto de compartir alguna maldad sobre la lealtad que Kissinger (Olarte) sería capaz de guardar a Fernández desde la vicepresidencia. Suárez apostaba que se llevarían bien y el destino le dio la razón a medias: cuando Fernández presentó la cuestión de confianza, Olarte ocupó la vacante como un bólido, cuando el corredor en realidad era el dimisionario. Pero entre la segunda y la décima legislatura canaria, entre aquellos años novatos y estos con Sánchez en Madrid, hay una distancia sideral, que diría Olarte. Todo es distinto en todas partes. Miterrand era el prócer socialista de Europa, y González su émulo. Hoy Sánchez carece de remedos en Europa y ha de ingeniarse un rumbo, como tampoco hay rumbo en el mundo.

La famosa travesía del desierto de Suárez la empiezan ahora partidos que se las prometían felices hasta antes de ayer. Y hacen las maletas para un viaje que es un oximoron: una vuelta atrás, o una despedida. Rivera sabe a qué se enfrenta, a qué tobogán. Hay errores definitivos. El centro ya era caro en tiempos de Suárez, de Roca y después de Rosa Díez… Y en Canarias hemos visto a Cs repudiar a los suyos. Las vimos, a las lideresas, mandando a los infiernos a sus cargos electos y haciendo genuflexiones ante CC. Vimos aquellas escenas y ahora asistimos a estos insultos de noveles y viejos, de riveras y oramas, taxidermizados con apariencia de intactos, antes de que los jarrones caigan al suelo electoral y se rompan, con el destino ya marcado en sus deslices y dislates.

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El deporte de soñar a lo grande

Los españoles se miran en el espejo de sus deportistas, pero esto no es la Roma clásica, no es el opio del pueblo dopando el imaginario colectivo, el pan y fútbol, como aquel pan y toros del circo mediático para adormecer el sentido crítico del ciudadano de a pie. Se trata de frecuentar más los sueños y logros que depara la vida, porque la política se ha vuelto apática y tediosa, y la gente demanda la dosis deportiva de adrenalina con que alimentar las pasiones y un cupo mínimo de felicidad. Un estudio europeo de valores realizado este año por la Fundación BBVA revela que el español es un pueblo -el segundo de Europa- que más se siente idenfiticado con sus deportistas.

El resultado trasciende ahora, pero no cabe achacarle oportunismo, pues España se proclamó campeona del mundo de la canasta este mismo domingo, y Nadal ganó en heroica hazaña el Open de EE.UU. la semana pasada. La foto del sondeo se obtuvo entre abril y julio. Solo Italia supera a España por escaso margen su elevada simpatía hacia sus equipos y deportistas nacionales, que gozan de una credibilidad sustentada en una incesante cascada de victorias y conquistas, fruto de valores tan edificantes como el esfuerzo, el talento y la constancia.

La corona mundial en baloncesto en China restablece un sentimiento de orgullo y autoestima que ni la economía ni la política contribuyen a fomentar. Porque el deporte (o la ciencia, la literatura, el cine, la música y las artes) salva el estado de ánimo de todo un país cuando regresan las noticias de una crisis latente y los dirigentes se emplazan a nuevas elecciones por agotamiento (salvo que Rivera no vaya de farol en su volantazo de ayer y se abstenga antes de caer por el precipicio de las urnas).

Como en el último tercio del siglo pasado, cuando Francisco Sánchez se desgañitaba abogando por los cielos canarios y consiguió crear uno de los observatorios más importantes del mundo, ahora nos sorprende la escasa dotación de grandes soñadores en nuestra sociedad. TMT al margen, la ciencia y la cultura se han vuelto conformistas. Por estos lares no se prodiga ni un premio Planeta, y cuesta creer que sea por falta de escritores competentes; tiene, acaso, más que ver con la falta de costumbre, de marketing y promoción, de tramoyistas de la cosa que nos pongan en el cartel. Jorge Valdano tenía la proporción necesaria de encantador de serpientes y se encontró con otro ilusionista, Javier Pérez; juntos parieron algunas utopías futbolísticas que volcamos en un libro, Sueños de Fútbol, del que en breve se cumplen 25 años. No era por falta de visionarios y de algún modo entonces crearon la atmósfera y los sueños se prodigaban.

Hace tiempo que, salvo odiseas deportivas, no tenemos sueños que echarnos a la boca. Venimos de un etapa de pesimismo malencarado, de buenos profetas de malos augurios. Y nos vuelven a hacer falta líderes contagiosos. A su manera, Saavedra y Hermoso tenían la virtud de movilizar sueños, a veces antagónicos, pero eran motivadores natos. Retornamos la mirada al deporte, al oro del baloncesto, al tenista que gana sin endiosarse… Por alguna extraña razón, en Canarias y en España hemos dejado de soñar. No son óptimas las condiciones, los brexits y la recesión, el clima de deterioro y el deterioro del clima, y, en fin, el mal ambiente político nacional e internacional que anula los resortes del entusiasmo colectivo. Pero si uno mira hacia atrás, tampoco entonces era Jauja y sin embargo nos ilusionábamos a la primera de cambio y éramos, al menos, maestros en soñar a lo grande.

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A 48 horas de Franco y 19 días de las urnas

A 48 horas para la exhumación de Franco, nueve días para el brexit y 19 para las elecciones generales, Cataluña figura en la agenda como un orzuelo purulento en el párpado del ojo del Estado. Son días de desasosiego en un final de año trepidante y cortalote que trastoca todas las encuestas electorales. En la de EL ESPAÑOL-DIARIO DE AVISOS, Casado saca rédito del pandemónium catalán, Rivera halla un hilo de oxígeno y Sánchez muerde el polvo. Irremediablemente algunos partidos han dejado de temer al procés como un contratiempo para la convivencia -siendo en esencia eso- y han comenzado a verlo como una oportunidad -cuando se toca a rebato electoral, se pierden los principios-. Esta va a ser una deriva de la que no se libra nadie.

Es evidente que al partido en el Gobierno le quema en las manos el conflicto catalán que arde en los contenedores. No es caladero de votos para el que gobierna en España, no suma al que está en la Moncloa. Cataluña trituró a Rajoy, incluso al Rajoy del 155, y no solo fulminó a su partido en clave catalana borrándolo del mapa, sino que le persiguió como una pesadilla hasta perder el poder en la moción de censura por la condena de un caso de corrupción.

Lo que ahora da alas a Pablo Casado (que compite con la barba de Abascal) es la asociación de Cataluña y Franco, es el alegato de la mujer revelación del programa de Ana Rosa que hizo de Arrimadas, nuestra huésped mañana en la isla. La derecha se moviliza por las emociones de su flanco, de su Franco y de su Cataluña del alma reflejada en el anciano que defiende a España con un parabrisas y en quienes reparten flores entre los policías que se baten el cobre contra la lluvia de adoquines y bolas de plomo con CO2.

Las guerrillas nocturnas de la ciudad en llamas no premian al PSOE, son un incentivo patriótico del sentimiento acorralado que abona el terreno a los partidos conservadores, pues el debate radica, llegados a este punto, en quién aplicaría antes el 155, la ley de seguridad nacional y hasta el estado de excepción como Piñera ahora mismo en Chile. Esa carrera la disputan a sus anchas PP, Cs y Vox. El PSOE no se siente cómodo en ese terreno minado y en la minicampaña del 10-N se le notará el orzuelo catalán en el ojo. La exhumación de Franco le atará los votos de izquierda, pero no frente a ningún opositor, sino frente al fantasma de la abstención, su mayor enemigo.

Esta vez la incógnita es si el ciudadano medio que no reside en Cataluña votará con el hígado o con la cabeza. El voto patriota es de derechas, ni siquiera de centro, sin despreciar a quienes piensan como Alfonso Guerra respecto al terror independentista catalán.

Pero este no es un escenario electoral cerrado, cada día se mueven unas piezas u otras. La caída en picado de Rivera no tiene fácil sostén. El relincho del PP bebe en Cataluña y el Valle de los Caídos en disputa con Vox. A priori, este es un cóctel que favorece a la derecha en las urnas a tres semanas de las votaciones. De las tres, la última será la decisiva, pues en ella se celebrará la campaña propiamente dicha. -esta vez, solo ocho días- y no me arriesgo a predecir -con tanto margen, aunque parezca una ironía- de qué se hablará entonces con más pasión y ahínco, y si Cataluña y Franco habrán pasado a un segundo plano desplazados por cualquier otra novedad que irrumpa como un vendaval.

Y eso que todos estaban convencidos de que en esta ocasión de lo que se iba a hablar era de economía, de la recesión, del bolsillo de la gente. Y va y aparece ayer la estelada en el monumento a Franco en la avenida de Anaga resumiendo el pack electoral de moda no sé si efímera, a falta de cualquier ocurrencia, escándalo o affaire imprevisto o cocinado aposta.

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La lección del volcán

Estos días, las revueltas en Cataluña me traen ráfagas de memoria de los setenta, que fueron años convulsos en las islas y en Tenerife en particular. Cuesta poco rememorar aquellos años de insurgencia urbana por la muerte de Bartolomé García Lorenzo en la barriada de Somosierra-García Escámez y de Javier Fernández Quesada a las puertas de la Universidad de La Laguna. En el 76 y en el 77, respectivamente, a causa de tales crímenes a cargo de las fuerzas de seguridad del Estado salió la gente masivamente a la calle. Recuerdo la huelga general, los disturbios, las barricadas, la guerra de guerrillas, las cargas policiales y los detenidos por decenas. Con la muerte entonces reciente del dictador, cuyo cadáver será exhumado la próxima semana, esta isla era un polvorín. Los jóvenes universitarios de entonces tomaban vehementemente la calle y desataban batallas campales con los grises.

Una vez me contó Vázquez Montalbán que en tiempos del franquismo se desdoblaba, acudía de modo militante a la manifestación de marras y en un doblar de esquinas se escapaba a la redacción a escribir la crónica antes de reincorporarse a la protesta fiel a sus credenciales comunistas. Había periodistas activistas en Tenerife aquellos años clandestinos de la pretransición, que espoleaban desde partidos de izquierda antifranquistas dispuestos a quemar contenedores y hacer barricadas. En mi modesta alícuota parte ejercía esa doble vida de Montalbán. Me adentraba en los continuos maremotos de las calles de Santa Cruz (la ciudad cosmopolita era un campo de batalla irreconocible a menudo), corríamos, cruzábamos el parque García Sanabria, y en un descuido de los antidisturbios regresábamos a la redacción del Diario, en la calle Santa Rosalía, hacíamos la crónica de los incidentes y retornábamos como una bala al río de la calle con la gente, entre bandadas de jóvenes dispuestos a quemar las naves en aquella orgía de párvulos y pardillos demócratas convencidos contra las cadenas de Cristo Rey y una sórdida generación de policías carcas que practicaban la tortura con perfidia y crueldad, como quedó demostrado con el infausto comisario Matute.

Pero era una España saliendo de las cavernas de la dictadura y éramos púberes e intrépidos, soñábamos con la libertad como un trofeo de juventud. En Cataluña hay una explosión de sentimientos encontrados, una mezcla de la Canarias que conocí en la Transición ansiosa de convivir en paz y libertad, sin sectarismos, y de la que sobrevino poco después alentada por Cubillo desde Argel contra el centralismo colonial, que era como la rotura de una presa de noche mientras la sociedad dormía.

Hoy las calles de Barcelona son aquellas calles de Tenerife. Pero me atrevería a decir que los disturbios y el conflicto insular de entonces -finales de los 70 y principios de los 80- eran más graves -siendo menos multitudinarios- que los del procés, mayor la fumarola del volcán que la de la Generalitat, más alargada la sombra de Cubillo en Argel que la de Puigdemont en Waterloo. Pocos parecen recordar – es cierto que han pasado 40 años- que una entidad supraestatal del vecino continente, la Organización para la Unidad Africana (OUA, hoy UA), acordó en 1978 (como ya había sugerido hace 50 años, en 1968) declarar la africanidad de Canarias y reclamar su independencia. Y que tan serio fue el asunto que Suárez comisionó a su ministro de Asuntos Exteriores, Marcelino Oreja, para que convenciera con razones o con talones a los líderes de los estados africanos para que se retractaran. Es posible que pocos se acuerden-salvo José Arturo Navarro Riaño, que organizó el protocolo- que una delegación oficial de la OUA encabezada por su secretario general, el togolés Edem Kodjo, visitó las Islas Canarias en 1981 para contrastar la condición colonial y africana del Archipiélago.

En Cataluña todavía no han llegado las cosas a ese extremo, ni las cloacas del Estado han promovido atentado alguno contra algún líder soberanista como sucedió con Cubillo, al que, en abril del 78, el Estado español ordenó matar para abortar su cruzada radiofónica y callejera -las bombas de la propaganda armada del Mpaiac-. Cubillo se disponía esos días a volar a Nueva York para plantear la cuestión canaria en la ONU, donde desde los años 60, al calor de la ebullición de los procesos de independencia en Asia y África tras la segunda guerra mundial, había salido a relucir el nombre de Canarias entre los territorios a descolonizar. El lenguaje político de la época se adornaba de continuas referencias al anticolonialismo, antiimperialismo y Tercer Mundo, como tantas veces recuerda el historiador de la Universidad de La Laguna Domingo Garí. Cubillo fue atacado con un cuchillo de pesca en la puerta de su casa de Argel en vísperas de ese viaje a la ciudad de los rascacielos en compañía del camerunés Eteki, secretario general de la OUA en ese momento. Los sicarios huyeron antes de cortarle la cabeza para fingir un atentado árabe de consumo doméstico.

No, Cataluña no está en ese punto álgido todavía. Se trata de un contencioso delicado, pero no de un conflicto internacional de aquella naturaleza. En Canarias se recondujo el pandemónium de los años al rojo vivo, llegó la autonomía y el autogobierno y Suárez instauró la costumbre de mimar a las Islas, respetar sus fueros y consagrar sus singularidades -hasta constituir la única región ultraperiferica de España- para evitar males mayores. Con ser sensiblemente inferior el sentimiento nacionalista de los canarios con relación al pueblo catalán, la historia tiene registrado que aquí se llegó tan lejos que en España se pensó seriamente en la eventualidad de tener que enfrentar un expediente descolonizador alentado por las propias Naciones Unidas respecto a Canarias. Fue una historia de espías y asesinos a sueldo, de un agente alemán, Werner Mauss, de la Baja Sajonia, y de un confidente español de los bajos fondos como José Luis Espinosa Pardo, que se infiltró en el círculo íntimo de Cubillo y acabó condenado a 20 años de cárcel por organizar su intento de asesinato, del que resultó paralítico de por vida. España y Argelia libraban una guerra psicológica por el Sahara y por Canarias.

Cuando quiera que sea que se vaya Reino Unido de Europa y quede Irlanda del Norte como una especie de Canarias con régimen especial -el backstop- empezará la cuenta atrás de la pacificación definitiva del conflicto catalán. Porque Europa no puede permitirse dos brexits. Y alguien desempolvará los archivos de Estado para ver qué pasó en Canarias hace cuarenta años y cómo se encauzaron las aguas una vez desbordadas.

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Hasta que las urnas dicten sentencia

Hace dos años, España se convirtió en Canadá, y un Quebec europeo, encarnado en Cataluña, cobró cuerpo de inmediato, con Puigdemont exiliado en Waterloo, comprometiendo la imagen internacional de un país que emergía de una crisis pavorosa al borde del rescate y se enfrentaba a una fragilidad política creciente, sin Gobierno estable, con un Rajoy cogido con papel de fumar que pocos meses después iba a terminar en la orilla derrotado por la censura de Sánchez.

La sentencia del procés es el pistoletazo de salida de la campaña electoral del 10-N. Y a juzgar por las reacciones, por la algarada promovida por Tsunami Democràtic en el Prat, si a la España de Rajoy le sorprendió un Quebec en mitad de la zozobra y la inestabilidad, a la España de Sánchez le acaba de brotar un Hong Kong en vísperas electorales. La sentencia ha sido calificada de histórica y modélica por los expertos en la cuestión. Visto el asunto desde Canarias, donde el conflicto catalán tiene un impacto relativo, es motivo de satisfacción que al juez paisano Marchena, ponente del fallo ejemplar, se le ponga por las nubes. Otra cosa es que la sentencia ponga las cosas en orden y haga borrón y cuenta nueva. Todo apunta a que el contencioso se va a agriar y la campaña agitará las calles y las tribunas hasta que las urnas dicten -a su vez- sentencia.

El hecho previsible de que los nueve condenados a penas de entre 9 y 13 años de prisión podrán volver pronto a casa en virtud del reglamento penitenciario catalán que pone en manos de la Generalitat el santo grial de la cosa -el tercer grado-, no hace sino avivar el fantasma de que la legalidad ha sido subvertida por las buenas o por las malas. Y ni la política de paños calientes ni las bravatas de Vox van a pacificar nuestro Quebec o mejor -dada la metodología de asaltar aeropuertos- nuestro Hong Kong.

Así que España, como decía Ortega y Gasset, está condenada a conllevarse con el conflicto catalán, a mortificarse en sus callejones sin salida. Lo dijo el filósofo en 1932 y sigue siendo tan válido en 2019 con sentencia condenatoria y nueva eurorden de detención contra el inquilino de Waterloo, que es como un sucedáneo de Assange. No fue rebelión, pero la rebelión se cuece en el clima tenso que sucede a la sentencia, tachada de venganza en las aguas soberanistas, donde nadan mejor los anónimos insurrectos de Telegram que los políticos constitucionalistas de la España en campaña electoral.

Los mossos emplearon ayer proyectiles de viscoelástica -definida como espuma con memoria-, en las cargas contra los hongkoneses que en tiempos preferían llamarse polacos, como gustaba decir a Vázquez Montalbán.

Esta historia interminable tiene un fin, un propósito, como lo tienen otros conflictos del mundo que adquieren un punto de máxima ebullición. Se corresponde con la idea rampante de generar focos de fricción en países que acreditan cierta normalidad democrática y económica.

Cuando los partidos más sensatos, sin exclusión, en España alcancen a ver que Cataluña y otros brexits tienen en común la finalidad de desestabilizar Europa, entonces el problema catalán se internacionalizará de verdad, pero no por sus reminiscencias de Quebec o Hong Kong, sino porque en ella y otras protuberancias territoriales lo que está en juego no es España, sino Europa.

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