El país de la encuesta

Si la encuesta de Metroscopia para el diario El País, que equivale a darle la vuelta al calcetín de los comicios en España en vigor desde 1982, va a misa, estamos ante un tsunami electoral. Un terremoto por encima de 8 grados en la escala de Richter. La historia reciente de la política española conoció un antes y un después en las elecciones catalanas del pasado 21 de diciembre. En menos de cinco meses se ha borrado el reparto de escaños de las últimas elecciones generales (en junio hará dos años) y los dos partidos llamados emergentes (Ciudadanos y Podemos) ya se sitúan por delante del PP y el PSOE, que son la quintaesencia del régimen democrático fundado tras la Transición, hace cuarenta años. A Rivera se le pone cara de Macron y la política española adquiere un aire afrancesado, por la influencia directa del exprimer ministro galo Manuel Valls, transmutado a la arena de las justas medievales en Catalonha, como estrella invitada por ahora y próximamente -si el idilio se consolida- como candidato de Cs en carne y hueso a la silla de Colau.

Esa dichosa encuesta de El País trae a mal vivir a los cerebritos de Génova y Ferraz. El vuelco que anuncia el sondeo de Metroscopia levanta los pies del piso. Ciudadanos le saca al segundo más de nueve puntos y hay un triple empate de Podemos, PP y PSOE por este orden, con dígitos de en torno al 19%. El segundo partido más votado sería el de Pablo Iglesias, a distancia de Cs, y populares y socialistas estarían disputándose la tercera y cuarta plaza, como dos partidos recién creados que irrumpieran gozosos en escena y no de capa caída con los trienios y las canas por los suelos.

Cuentan los expertos que una cosa son las encuestas y otra la encuesta -el día que se vota-, y no es una argucia para escurrir el bulto. Cs tiene fama de dar bien en las encuestas y perder fuelle en las urnas. Pero esta vez ha cogido tal impulso que los analistas auguran todo lo contrario, un despegue continuo que humillaría a los partidos tradicionales en caída libre.

Quizá el error histórico de Rajoy fue no convocar -como aquí sugerimos en un editorial en su debido momento- elecciones catalanas y generales aquel mes de diciembre en que Ciudadanos venció a los soberanistas y deslumbró en el resto de España como la alternativa más clara al PP. Desde entonces, la bonanza catalana de Arrimadas ha sido como una espoleta imparable que propulsa al joven líder centrista como un cohete. Rajoy lo llamó “aprovechategui”, el miércoles, en el Congreso, y Rivera le dijo, “hasta aquí hemos llegado”. La campaña electoral se inició ya sin marcha atrás, y a Rajoy no le queda otra que gobernar con la mosca de Rivera tras la oreja. Ciudadanos tiene el viento y la ola a favor. Las encuestas marcan la tendencia, que le lleva en volandas sin gastar un gramo de energías soportando el peso del poder, pues el éxito de Rivera es crecer sin gobernar. Un privilegio que tiene los días contados. Si en junio no confirma su buena estrella en las locales y europeas, es posible que las encuestas lo acusen y el último año antes de las elecciones generales los pronósticos sean otros. Tanto populares como socialistas son elefantes dormidos.

Pero los hechos son como son. En las encuestas, hoy por hoy, arrasa Cs, y Podemos consuma su famoso sorpasso al PSOE e, incluso, al PP. Si Rajoy hubiera hecho la doble convocatoria en diciembre, quién sabe de qué estaríamos hablando, con más de tres años aún de mandato por delante. Pero esas encuestas -y esta de El País, en particular- no solo hacen trastabillar a los partidos tradicionales de ámbito estatal. Las primeras extrapolaciones descartan diputados nacionalistas de Canarias en el Congreso. Viene un huracán, y ventanas y puertas no están aseguradas.

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La unicidad del nacionalismo

Si hay un año políticamente estresante -en que el estrés, siendo consustancial a la política, se recrudece- ese es, sin duda, este, el año de las vísperas tectónicas de unas elecciones lo más parecido a una erupción precedida de un enjambre de seísmos, en que todos se aprestan al gran aquelarre y dirigen las mismas preguntas al gran oráculo demoscópico, cuya verdad, si es amarga, permanece embargada bajo llave, pues las encuestas no se hacen públicas salvo que sonrían al que las encarga, so pena de desmovilizar a la tropa y provocar una gran frustración. En esta cuenta atrás de los comicios de junio de 2019 (municipales, insulares, autonómicos y europeos), 2018 es un año pericial, de pesquisas y cacheos que crispan los nervios de la clase política. Con esta lógica, desde el poder, en Madrid y en Canarias, ha comenzado el fuego a discreción contra Ciudadanos (Cs), favorito en los sondeos, a la par que se hacen planes de estrategia militar para escarnecer al enemigo común: Rivera. Este apellido me suena. Pero no tengo nada que ver. El fenómeno Macron sobrevuela la política española, que coge recortes de la metamorfosis del descalabro galo de los partidos tradicionales e, incluso, ficha al exprimer ministro francés, Manuel Valls, de contendiente a la alcaldía de Barcelona en las filas de Cs. Este paso puede llevarnos lejos en el mercado de las estrellas políticas. Escasa España de líderes, los partidos, si se animan, tienen dónde elegir: Obama, Sarkozy, José Mújica el uruguayo… están en paro. Alguno nos vendría bien, incluso en las islas, para combatir la sequía de dirigentes.

En la campaña frenética de nueve meses (lo que le queda de intensidad a la legislatura) asoman ya todas las migrañas del poder. Son dolores de cabeza que no lo son, pues duelen en realidad los bolsillos, las arcas y los cargos. En Canarias comienza a hablarse de unidad nacionalista a partir no de la fuerza de las ideas, sino de la debilidad de las cuentas. El partido revelación, Cs, obliga a hacer cábalas sobre escrutinios tras la reforma electoral y a prepararse para el diluvio. Pero nada es tan genuino en política como las endogamias y los personalismos. Y Fernando Clavijo no se apartará para que retorne Román Rodríguez, pues sentaría un precedente en la política española, y a quienes están tardando en proponerlo, les acaba de requerir la aclamación como a José Alberto Díaz, Bermúdez y Carlos Alonso: “Si me lo piden, diré que sí”. O sea, que nadie se llame a engaños. En política no se inmola nadie por el bien del partido. De tal manera que las invocaciones de Alonso para reclutar a Nueva Canarias (NC), incluyendo en la cazuela a Bravo de Laguna (reputado nacionalista) y a Casimiro Curbelo (gomeronacional), conduce a la melancolía. La única certidumbre es que, con la reforma electoral que aprobará el Congreso, CC iniciará en solitario una travesía del desierto que no se remedia con una leva apresurada de partidos no estatales. En todo caso, no sería un concilio nacionalista, sino un rebaño descarriado.

La alerta naranja impone estas urgencias, porque el tiempo corre y a los votos pareciera que los atrae un imán. El temor a que ese imán pueda ser Cs inquieta a CC y al PP, y no deja indiferente al PSOE. Porque el partido se juega en el centro del campo, en el justo medio aristotélico, que en ciencia política está representado por el número 5 en una escala de 0 a 10. Una vez desatadas este miércoles en el Congreso las iras entre Rajoy y Rivera -del “aprovechategui” al “hasta aquí hemos llegado”-, los actores se han quitado la careta y ha comenzado la campaña electoral. Rajoy y Rivera han dado el pistoletazo de salida, y ya se nos mira como el siguiente laboratorio en Europa de los experimentos políticos con gaseosa, como diría don Eugenio D’Ors. Están cambiando las tramoyas del continente y España (y Canarias) no iba a ser menos. Francia, la sólida trinchera de la política tradicional -la de De Gaulle y Miterrand- cedió, como una barricada de cartón piedra, al oleaje de Macron el 7 de mayo de 2017, como Italia, ya sin referencias convencionales, se debate en un abrazo de populistas euroescépticos que escenifica la política bufonesca como un remedo del Teatro Farnese en la patria de los grandes cómicos.

Asistimos a los nuevos fenómenos que regresan al centro, al consenso de la buena fe kantiana, tras la diáspora de las ideologías. El centro fue el escenario de grandes transformaciones a finales del siglo pasado, entre ellas la Transición española, y ahora, de nuevo, es la madre de todas las batallas. El centro en las islas lo han ocupado Coalición Canaria y el PP, cada vez menos diáfanas las diferencias, como en España lo disputaron en otro tiempo la UCD de Suárez y el PSOE de González. A Rajoy lo ha secundado Clavijo en la diatriba contra Ciudadanos, al calor de las encuestas y la hoguera de Cataluña. De ahí la fiebre.

Las islas, el vergel de Coalición, están que arden. De los viejos rescoldos del pleito tenemos por ahora anecdóticos rebrotes como el de Alonso-Morales, que suelen tirarse los trastos a la cabeza y refutarse las consignas, como la de la unidad o unicidad nacionalista. El boom de Ciudadanos amenaza los equilibrios imposibles tejidos en Tenerife y en Canarias durante décadas por Coalición, campeona de la minoría, cuyo centrismo de origen posfranquista migró a un nacionalismo de centro hasta deformarse en centro-derecha a secas, que es lo que le pone en un brete en el cuerpo a cuerpo con Ciudadanos y le excita las prisas por sumar los versos sueltos aunque dé más grima que rima. Cuando los cargos y prebendados de un partido claman unidad de efectivos para hacer frente al tsunami de las urnas, mala cosa. Al Parlamento canario en 2019 no lo va a conocer ni la madre que lo parió, que diría Alfonso Guerra, cuando entre la turbamulta en ese falansterio y CC vea peligrar la mayoría. No son elecciones, son oposiciones. En Fuerteventura, La Palma, y extramuros en El Hierro y Tenerife se habla de esto. De qué hacer. Algunas voces (no se oculta el PNC) promueven la reunificación nacionalista con sincera convicción, pero los que abogan por ella como una huida hacia delante para sustanciar una veintena -y pico- de escaños que autoricen a soñar con no caer del caballo, no están dispuestos a apearse por su propia voluntad. Y por eso no reciben de buen grado los consejos en este periódico de Manuel Hermoso, de Tomás Padrón y, hoy, de Mario Cabrera.

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Una tierra sin ‘sucesión’ de continuidad

La verdadera tragedia de nuestro cosmos político insular es no haber consumado con éxito la sucesión de los lideres. Instalados en las cúpulas de los partidos, los nuevos rostros pugnan por dar la talla con la referencia del listón que alcanzaron quienes les precedieron. Nadie dijo que fuera fácil, pero en fuerzas bien implantadas durante décadas como el PSOE o Coalición Canaria, y en pequeñas organizaciones como AHI, que ha sido crucial en el árbol político de las islas para que fructificara la autonomía, el vacío de liderazgo clama al cielo.

La reciente reaparición en estas páginas de Tomás Padrón – sin duda, el político más ingenioso y efectivo que han dado las periferias minoritarias del Archipiélago- se suma a la de Manuel Hermoso, ambas dirigidas al epicentro del aparatik de sus partidos, que monopolizan las nuevas jerarquías formadas por dirigentes de paso sin arraigo en sus electores y ajenos a la idiosincrasia que les aupó durante más de un cuarto de siglo. No son casos felices de regeneración, como sí lo fuera, en la memoria de todos, la irrupción de Felipe González -Isidoro- como el recambio de Rodolfo Llopis en el socialismo histórico. En los contravientos políticos de las islas hubo baluartes que determinaron etapas completas de la historia reciente. En ese sentido, tampoco el PSOE acertó con la tecla y nunca consiguió dar con el sucesor natural de Jerónimo Saavedra. En los mentideros del lugar ya se especula a propósito de esto con el horizonte electoral más inmediato apuntado a mediados de 2019. En las filas nacionalistas -Hermoso y Padrón lanzan el SOS en busca de prosélitos- se discute del futuro con cierto y razonable pesimismo. Tanto las encuestas que dan impulso a Ciudadanos como la precariedad de medios -de lideres sustitutos y de ideas en la mochila para entusiasmar al electorado – están aconsejando en CC a explorar todas las salidas. Una de ellas es reconciliarse con NC, lo que implica en esta otra orilla del nacionalismo consensuar un nuevo candidato y un nuevo programa.

En pocas palabras, la fusión se torna inimaginable en NC sin Román Rodríguez de cartel y sin un giro progresista. CC, victimizada por la falta de liderazgo y el desgaste del famoso cuarto de siglo en el poder, vaga sin rumbo fijo expuesta a ese sándwich que ha descrito Paulino Rivero en su blog: presa entre Ciudadanos y Podemos a diestra y siniestra. Padrón se abona a la misma profesía en su exhumación en DIARIO DE AVISOS. Tanto él como Hermoso han sido momificados por sus herederos sin el más mínimo escrúpulo. Ellos pusieron los huevos -en ambos sentidos- y alumbraron un nacionalismo que se curtió en el poder, yendo de menos a más. Pero los discípulos y discípulas no han parado de ir de más a menos y ahora corren el riesgo de caer en la nadería de un Parlamento con nuevos inquilinos que vienen a quitarles los votos y la posición de hegemonía. Si tanto en CC como en el PSOE hay una crisis de liderazgo y de guion, y en el PP tampoco vienen bien dadas -en su caso, súmenle al cambio del candidato las facturas y fracturas de Cifuentes, Bárcenas, Cataluña y el epílogo de Rajoy-, estamos ante un escenario de supervivencia. Los pactos futuros están en el aire y de ahí que Tomas Padrón proponga a su gente activar la cláusula de desconexión de CC ya acordada en asamblea y ganar autonomía de movimiento acudiendo en solitario a las urnas dentro de un año. Ante la división nacionalista se impondrá el sálvese quien pueda.

 

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Cincuenta años de la agitación

Con la masa del tiempo se pueden hacer toda suerte de cábalas y figuraciones sobre cómo nos habría ido, cómo nos fue y nos está yendo aún hoy, en que las cenizas de muchos fenómenos históricos que marcaron nuestra juventud siguen removiendo los pilares del pequeño mundo insular en que nos movemos y de nuestros continentes circundantes -valga la inmodestia-. Tres o cuatro grandes acontecimientos que cumplen estos días medio siglo nos ponen contra el espejo. Se trata del meollo de nuestras vidas, para quienes venimos de tan lejos. Era un mundo tan joven y este, que envejece, necesita rejuvenecerse. Entre las muchas lecciones definitivas de la historia de este entretiempo, descuellan unas cuantas verdades, pero me temo que hoy ya no provocan siquiera estupor. Como el final de ETA, que empezó a matar hace 50 años. Asombra la indiferencia informativa y social sobre la causa de más de 800 muertos -nueve de ellos canarios-. Hay escenas estremecedoras como la del policía con la niña en brazos, ambos bañados en sangre, tras el atentado de Hipercor. Aquel infierno fue el nuestro. Como había infiernos de los otros: las Brigadas Rojas en Italia, los ataúdes del Vietnam… En las fotos están los gritos congelados de los múltiples horrores del medio siglo. La historia se repite si no se atiende lo suficiente a lo que nos dicen esas imágenes. Yo tengo la frase grabada que me dijo uno de los fundadores de ETA, Julen Madariaga: “Ese era nuestro lenguaje, nuestra manera de hablar”. Me quedé mudo; lo decía alguien que se había doctorado en Derecho en Cambridge. No un bruto asesino, en apariencia. Se teorizaba mucho en los 60 sobre la cultura del terror.

El simpático mayo francés de hace también medio siglo no era lo mismo, aun siendo coetáneos. Depositas la mirada sobre aquellos hechos subversivos -revoluciones, revueltas, una incontinente agitación social dispersa por distantes ciudades de numerosos países- y confirmas tus sospechas: estos dos últimos siglos se parecen como un huevo y una castaña. ¿Y por qué fluye en esa rememoración cincuentenaria una misma corriente de desencanto, de castración de la historia y de inconformismo? El recuerdo no nos deja en paz.

Los años 60 en que todo discurría como una insurreción natural de jóvenes airados es ahora la cara opuesta del mundo que está delante de nuestros ojos, desapacible y nada pacífico, pero sin nervio, sin utopía, hosco sin duda, desganado para cambios. En este momento, con estos mimbres no habríamos hecho la Transición, que no fue mayo, pero sí era primavera.

La sociedad europea avanza hacia modelos de gobiernos conservadores, disfrazados de centro o, incluso, de izquierda, porque la edad media del continente es mayor que la de entonces, y esta es una era de ideas que vienen de vuelta, no son de ida, pues las apariencias engañan. Hace 50 años, la calle era el escenario de los debates; de ahí las manifestaciones, los mayos y las huelgas, que eran tan comunes como ahora exóticas. Recuerdo qué clase de alboroto era, más aldeano si se quiere, sin los tentáculos de nuestras redes digitales, pero sensible a los fenómenos foráneos que difundía la televisión en blanco y negro. Mayo del 68 fue un estallido, que ni Dani el rojo -apostó varias cajas de champán a favor de Macron- sabría descifrar ideológicamente. La algarada constituía la expresión proteica de orgullo de una izquierda inclasificable -comunista, maoísta, trotskista…, todo lo que luego se llamó socialdemocracia y en parte hoy es neoliberal- que tenía en común que despreciaba el poder. No querían mandar, sino mandarlo todo a hacer puñetas. Cierto que bullía en el coraje de los niños de París el no a la guerra de Vietnam de los yanquis callejeros que admiraban, de reojo, a los barbudos de Fidel.

La exhibición de fuerza de Martin Luther King, alentando a los negros y los blancos afines a tomar la calle contra la segregación racial, la pobreza y los derechos civiles (su famosa Marcha sobre Washington por el Tratado y la Libertad que coronara con el célebre “I have a dream”, “Yo tengo un sueño”) concluyó, como un jarro de agua fría sobre cada ciudadano alzado, con su asesinato el mismo año mántrico de1968, el 4 de abril. Una de las ignominias es la amnesia colectiva. Nos olvidamos selectivamente de todo aquello que no conviene recordar por si se despiertan los fantasmas de ayer y se reabren viejas heridas. Pero yo no podría ignorar que hace cincuenta años fue acribillado en Memphis el Nobel de la Paz más justo de la historia por un lunático segregacionista blanco en el balcón de un motel, después de su discurso profético en una iglesia, la víspera, en que desafió a la bala que ya estaba en la recámara de un rifle esperándole a la vuelta de unas pocas horas de vida que le restaban para clavarse en su garganta: “Estoy muy feliz esta noche. No tengo ningún temor. No tengo miedo de ningún hombre”. La imagen de esa escena es escalofriante. El carismático orador -acaso el mejor de todos los tiempos- improvisó sus palabras como si le salieran del alma, sudaba mientras hablaba al auditorio del templo, era un hombre sufriendo el fatal presentimientos con 39 años que deseaba subir la montaña -decía- y mirar la tierra prometida. Pero esa noche tuvo la corazonada certera de que no iba a subir la cima (“puede que yo no vaya allí con vosotros”), confesó que lo querían matar y que él ya no era una persona, sino un pueblo. Al día siguiente, a las seis de la tarde, una mano apretó el gatillo (quizá el chivo expiatorio de una conjura) y acabó con Luther King en una terraza interior del Lorraine Motel antes de ir a cenar con unos amigos.

Al mes siguiente, estalló el Mayo francés hasta los recientes epígonos del 15M español en mitad del desastre de la Gran Recesión. Mayo fue largo y frustrante, como la Primavera de Praga (también hace 50 años) que abortaron los tanques soviéticos. Porque todo lo que fue medio siglo atrás hoy tiene una misma contraseña. Nos miramos los de entonces a la cara y nos reconocemos bajo la alopecia o las canas, en ese cierto silencio que no es tristeza, sino nostalgia. Cincuenta años no se han ido a la basura, pese al desmoronamiento y la desmovilización. Sorprende la vitalidad de Noam Chomsky, superviviente, a punto de cumplir 90 años, lector deudor de los anarquistas españoles, que escribió un primer ensayo infantil de la caída de Barcelona y los fascismos de Europa. Esta gente se nos va a apagando con las últimas bocanadas de la historia que nos ha tocado vivir y nos dejan huérfanos, sin sustitutos a la vista, pues el desierto es tal que los pensadores se jubilan sin herederos solventes.

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Toda la humildad junta de Rommel era su éxito

Los apellidos de Rommel se prestaban al timo que ideó el seleccionador panameño para enrolarlo en la expedición de su país que viajó a Tenerife en el 86 a jugar el Mundialito de la Emigración. Llamándose Fernández y Gutiérrez no levantaría sospechas, y de ese modo aquel delantero espigado con cara de niño bueno se metió a la isla en el bolsillo y se quedó a vivir el sueño de todo futbolista latinoamericano: jugar en Europa. Morir prematuramente habrá contribuido a idealizar el mito, pero yo soy testigo, como tantos, de que el Panzer ya era una leyenda en vida, una celebridad que trascendió en seguida más allá de nuestras fronteras y que tenía todo los números de la suerte para triunfar, como así sucedió, con un inconveniente: los ídolos muchas veces llevan escrito el destino en el canto de una moneda, a cara o cruz, y se decide en la propia urgencia de su éxito. Actores, escritores, futbolistas…, que despuntaron como rayos y se comieron el mundo, espoleados por una incitación que les hizo precoces y extraordinarios. Son los Marilyn, Rimbaud, Basquiat… Rommel no era hombre de letras, ni de lienzos, pero vivió bajo el foco desde que pisó Tenerife y paseó su estrella por toda España y se hizo un ariete carismático, que tenía impregnada en el rostro la humildad de los niños de El Chorrillo, el barrio pobre de Panamá donde había nacido, y desprendía el brillo de los astros. En cierta forma, era un artista, pues el fútbol se hizo siempre de estrellas y peones, de musas y huestes. Sobre el campo, cuando militaba en el Tenerife y se convirtió en una máquina goleadora, Rommel tenía una proyección social que era algo nuevo por aquí. La isla estaba llamada a hacer ciertas cosas sonadas, como la UEFA o las dos finales de liga frente al Madrid, estaba predestinada a tutear a las dos monarquías futbolísticas españolas -cuando esto último no se cuestionaba en Cataluña- y era, por tanto, un territorio que esperaba su oportunidad para darse a conocer y respetar. De alguna manera, Rommel inauguró esa era -la gloria chiquita de un club que se pensaba modesto- y no tardó en asociarse a él la otra figura que iba a pilotar el cambio de rumbo al que me refiero: Javier Pérez.

¿Por qué lo vendes al Valencia?, le pregunté a Pérez una noche en la puerta del Tasca Tosca. Y me dio la primera lección de un dirigente ambicioso: las figuras se ponen en el mercado cuando están en lo más alto, antes no, y después, tampoco. Rommel encontró la muerte a los 27 años en ese éxodo de su islita, cedido al Albacete, a primera hora de la tarde (eran las 15.30), el jueves 6 de mayo de 1993, en un accidente de tráfico, cuando circulaba con el Toyota Celica con el que había ganado un Mundial Carlos Sáinz; iba escuchando salsa con su primo Rolando Rojo en una larga recta de una carretera estrecha, tras una paellada con miembros de la plantilla de su equipo, y se salió de la calzada. Autor de innumerables goles de cabeza, chocó mortalmente contra un árbol, y todos los años, los aficionados, que le quisieron como se le quería aquí, le rinden homenaje ante ese árbol de Tinajeros, de la localidad manchega. Como las flores que lo acompañan en la cerámica en su honor del estadio Rodríguez López. Y como ahora lo harán varias peñas este sábado en Santa Cruz. Se puede ser afortunado en amores, pero Rommel lo era de un modo masivo allá por donde iba y se dejaba ver con su metro ochenta y seis centímetros de estatura. El estadio Revolución de Panamá fue rebautizado con su nombre, dejó el legado de su juego aéreo y un recuerdo afectuoso de su personalidad entrañable. Resulta inevitable frotarse los ojos leyendo la transcripción de su dúplex en Radio Club con su madre doña Mélida en la otra orilla la tarde que ascendió con el Tenerife a Primera en el Villamarín, tras marcar una veintena de goles de los pies a la cabeza en la temporada 1988-1989: “Mamá, ya subimos. ¿Cómo estás? ¿Cómo están mis hermanos? Mamá, te quiero”.

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La sentencia tras los crímenes fugaces

Basta una somera mirada sobre una serie de hechos recientes de enorme impacto social para darnos cuenta de que todo pasa muy deprisa y, salvo contadas excepciones, apenas deja huella en la memoria colectiva. No hace tanto de la pérdida estremecedora del niño Gabriel (y del triple crimen de Guaza y del sórdido desenlace de Carlos Machín a manos de dos sicarios) que no solo conmocionó a la opinión pública como un auténtico aldabonazo, sino que agitó el debate sobre la prisión permanente revisable. Pero, como trato de explicar, la secuela de ese trágico suceso puntual se ha disipado a toda velocidad, como si las mayores desgracias, en el nuevo tiempo irremisible que marca el ritmo del dolor, se resintieran de modo inexorable bajo la tromba de lo atroz inmediato, a tenor de una ley que lo desdramatiza todo y lo borra para dejar paso en un continuo palimpsesto al siguiente sobrecogimiento, a cada nueva noticia bomba. La repercusión mediática de las cosas, su sobredimensión y caída en el olvido, se ha vuelto un paradigma de nuevo cuño, y ya nada nos asombra en su justa medida, ni tanto como debiera lo realmente espantoso de buena parte de lo que acontece a diario, ni cuánto dura en el candelero el mayor de los escándalos. Pasamos página compulsivamente, consumimos la dosis trágica de la mañana y nos vamos a la cama con el último ramalazo de sordidez social o política. Y apenas nos detenemos a compulsar nuestro estado de ánimo, para evaluar, al menos, cada cierto tiempo, cómo andamos de sentido común, en qué medida la vorágine de odio y percance que delimita los acontecimientos de esta era nos está afectando, modulándonos el espíritu y carácter hasta hacer de nosotros quién sabe qué suerte de nueva naturaleza en lo humano y con qué incierta mentalidad.

Nos regíamos por unas normas básicas de comportamiento que daban a cada cosa su relevancia y vigencia en el tiempo. Ese canon se ha venido abajo, sustituido por la máquina devoradora de noticias ciertas y falsas -por una vez, unas y otras al mismo nivel de consideración- y se ha impuesto otro dogma: nada merece más ni menos atención, sino la que otorgue a cada hecho al azar un espontáneo estado de opinión, que se gobierna a sí mismo como si de una fuerza natural e impulsiva se tratara. Lo podíamos llamar conciencia a secas o conciencia consensuada -de la que ya carece la verdad clásica, bajo el diluvio de las redes sociales que han impuesto su verdad y su falacia de modo indistinto-. Esa conciencia consensuada hace que esta semana hayan brotado en todas las capitales de España movilizaciones contra el fallo de los jueces en el caso comúnmente conocido como La Manada. Al debate sobre la prisión permanente revisable que alentaran las muertes de Gabriel, Diana Quer y tantas otras víctimas terribles -a riesgo de ceder en la jerarquía de lo urgente, como vemos-, se suma así el del cambio legislativo en el Código Penal del concepto, ahora vagaroso, de violación sexual. Hay una conciencia consensuada a este respecto, y de ahí la repulsa general contra la sentencia que libra de la pena más dura a los cinco autores del salvaje abuso de una joven en los sanfermines de 2016. De manera que este malestar en España sí cabría presumir que tenga consecuencias y vigencia durante un tiempo razonable al objeto de que se reparen las fisuras de la ley ante eventualidades semejantes. No ocurre así en todos los casos, como advertimos desde el principio, dada esa antropofagia de la información que no conoce límites temporales ni de pautas de gravedad. Solo la conciencia consensuada ante determinados repuntes de lo horrible y pernicioso hace que algunas veces lo que sucede nos parezca, al punto, que ha dejado de suceder o que incluso nos haga dudar de que realmente hubiera sucedido. En esas andamos, vapuleados por una avalancha tóxica de sucesos que inunda el relato de la vida, en continua sobredosis, sin que acertemos a saber en qué medida salimos ilesos de ese empacho o nos está modificando la capacidad de discernir con rigor. En Estados Unidos, el fenómeno de las denuncias contra los abusos sexuales de Harvey Weinstein en Hollywood también inclinaron la balanza mediática de lo efímero a lo perenne -hasta dónde esto último, lo desconocemos, porque el reloj de los tiempos actuales de lo que es notorio y perdurable en esa conciencia consensuada de que hablamos está fuera de control, es un desbarajuste muy reciente-, y a su amparo surgió el movimiento MeToo (Yo también), un hashtag de efecto multiplicador contra el acoso sexual en toda su amplitud.

Hay precedentes de lo fugaz de los estados de opinión que, vistos con cierta distancia, incluso estremecen, porque cuestionan la salud mental, el equilibrio social de los criterios colectivos. ¿Estamos locos o cuerdos por ahora? ¿Resistimos bien o ya hemos perdido facultades irrecuperables en el ámbito del raciocinio? La crisis económica (2007-2017) es un ejemplo palmario. Se nos venía el mundo encima y no lo contaríamos, a tenor de aquel apocalipsis de las bolsas, los bancos, las constructoras, el desempleo masivo, el auge de las agencias de rating y la psicosis de las primas de riesgo camino de un rescate inevitable. Cuando se nos apareció Dios en forma de Draghi en un escueto versículo de un salmo providencial: “Haré lo que sea necesario para salvar el euro.

Y, créanme, será suficiente.” Hoy, en cambio, sin todavía salir del todo de la convalecencia de un cataclismo real, aquella pesadilla ya es historia, se nos volatilizó el miedo. Estos días, sin ir más lejos, hemos asistido a la caída de Cifuentes -del máster al vídeo, de la impostura a la cleptomanía bajo el incensario correspondiente-, que eclipsó la vida política en una fracción de tiempo relativamente corta. Bastó naturalmente la sentencia de La Manada para rebajar la intensidad del terremoto de la Comunidad de Madrid. Como en la paz nuclear de las dos Coreas en esta misma semana tras una escalada prebélica que nos aterrorizó a todos, o como la crisis política catalana y, antes, la del brexit, nos hemos habituado a contener la respiración ante cada nuevo sobresalto, y, acto seguido, a adaptarnos a los constantes reacomodos de la tierra que pisamos tras cada nuevo seísmo. Conozco físicamente esa sensación, pero este es un tiempo de shock y distensión sin tregua -vivir contra las cuerdas cada round a expensas de la campana bordeando el KO – y aún no sabemos el límite de nuestras fuerzas.

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La guerra del petróleo en Canarias : una investigación hispano-iraní

La llamada guerra del petróleo, que no fue tal, enfrentó a dos bandos, que no tenían en realidad tamaña consideración, y tuvo víctimas y victimarios, eso sí, como en toda contienda. Pero la sangre, o sea el petróleo, no llegó nunca al río. Repsol, en una capitulación inesperada, anunció en enero de 2015, lacónicamente, que abandonaba el campo de batalla y se retiraba a sus cuarteles de invierno. A los yacimientos de Alaska o sitios por el estilo (en realidad, enviaron a Angola a su famoso Rowan Renaissance, antes del gran hallazgo en la mina yanqui). No corrían tiempos de bonanza, pues estamos hablando de los años terminales de la crisis (la gran manifestación de las ocho islas, Canarias, una sola voz, fue en junio de 2014), y existe la impresión de que en la multinacional española pesaron razones económicas, como luego contaré, que aconsejaban tener la fiesta en paz.

¿Quién ganó aquella guerra: el Gobierno de Paulino Rivero (Coalición Canaria) o el Gobierno de Brufau (Repsol) en vísperas electorales? Esta pregunta me la formularon ayer dos estudiantes, iraní y española, que realizan una investigación sobre el modus operandi de las multinacionales cuando acuden a cualquier territorio a explotar sus recursos mineros. Canarias
-según todas sus pesquisas- constituye una excepción, pues aquí la multinacional levantó vuelo sin consumar sus propósitos (apenas encontró trazas de gas sin valor, alegó con escasa convicción). Antonio Brufau, el todopoderoso jeque de la petrolera española, había jugado a político en la crisis energética canaria, cuando el verdadero político de Repsol es su CEO, Josu Jon Imaz, antiguo líder emergente del PNV que iba camino de lendakari y cambió el combustible del nacionalismo por el combustile fósil.

Brufau y Paulino Rivero eran dos gallos de pelea, y ninguno de los dos daba el brazo a torcer. Pero Brufau tenía todas las de perder, porque -como expliqué a Roya Derakhshan y Beatriz Fernández Martínez- vino a librar aquel pulso a una tierra que siente un gran aprecio por su naturaleza y cuenta entre sus mayores referentes al mejor portavoz de esa conciencia colectiva: César Manrique. Para más inri, el foco de la intifada del petróleo era la dupla insular de Lanzarote y Fuerteventura, lo que venía a significar una provocación contra la memoria del ecologista que mejor interpretó las bondades de la tierra, el mar y el cielo de estas islas. Brufau llamó, el año pasado, “tercermundistas” a los canarios por no haberle facilitado la labor cuando irrumpió con armas y bagajes -y campañas publicitarias y dádivas para ganar las voluntades de la jerarquía local- en unas islas turísticas, que se revolvieron en la calle por temor a una marea negra.

Las alumnas, que ultiman sus estudios de Ingeniería Química y Project Management en Madrid y Milán, quisieron saber todas las claves de aquella confrontación. Hay dos, a mi juicio, que resultaron determinantes en el desenlace que tuvieron los acontecimientos. Antes de enumerarlas, creo conveniente recordar que el presidente canario no contaba con el respaldo de toda la cúpula de su organización, y que justamente en el curso de ese fuego amigo se curtió la alternacia que lo apartó de la siguiente carrera electoral. Pero Repsol se marchó de las Islas sin su petróleo por el derrumbe del precio del barril de crudo Brent (que bajó de 50 a menos de 30 dólares y desató un pánico mundial en el sector) que aconsejó las desinversiones propias de un crash, y porque Brufau -declarado en 2017 persona non grata por el Parlamento canario- generó con su torpeza un problema político en Canarias: levantó la ira de las Islas contra una multinacional, el mejor caldo de cultivo de todo nacionalismo, cuando se empecinó en meter a los canarios las prospecciones por los ojos repartiendo a los periodistas queso majorero y vino conejero como si fueran indios.

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Cuba, sin Castro, y que sea lo que Díaz quiera

Es un poco seriotón, dicen en La Habana del nuevo presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, el primer civil en tomar las riendas del país y el primero que no lleva el apellido Castro en casi seis décadas. Pero Cuba será, de momento, una simbiosis de Castro y Díaz-Canel, una transición de barbudos y rasurados, de las dos generaciones extremas dentro de un recinto alargado de pequeño territorio insular donde tuvo lugar una revolución que eclipsó al mundo y ha ido cumpliendo años hasta morir. Cuando los Estados Unidos le vieron las barbas al vecino en 1959, Eisenhower se disponía a dejar paso a un fulgurante demócrata que en menos de tres años se volvería célebre, que no célibe, convertido en un Casanova en el cénit del poder que tuvo la suerte o la desgracia de coincidir con la diva dorada de Hollywood y el star-system del imperio más poderoso del planeta. Sin embargo, la estrella de Fidel tenía un halo, o un algo, que la hacía brillar de una manera inusitada hasta entonces en la América apocada que no se atrevía a levantar la voz al Tío Sam. En su atrevimiento, Fidel -locuaz en los discursos maratonianos- iba a dar que hablar durante decenios, iba a sobrevivir a todos los jefes de Estado de su época y no tenía nada que envidiar al flanco libertino de Kennedy, promiscuo en amores prohibidos pero deslumbrado por Marilyn Monroe, que en el año en que entraron en La Habana los rebeldes de Sierra Maestra ya triunfaba en Some Like Hot de la mano de Billy Wilder.

La Habana, y Cuba por extensión,no era concebible en el siglo XX sin el glamour inseparable de sus múltiples encantos para los sentidos. Fidel se coló por esos pasadizos secretos de lo seductor superlativo, como Hemingway -acodado en la barra de El Floridita-, y se despachó a gusto en los ríos de tinta mediática que todavía no conocían Internet. Igual que la Monroe contrajera matrimonio con Arthur Miller y posara leyendo a autores de culto, la élite de la jet norteamericana y europea se desvivía por llegar hasta Fidel y hacerse una foto a su lado. Al Comandante le gustaba ser famoso – “yo tenía ese karma desde el colegio”, me dijo- y, en cierta medida, se decía de él que era un gran actor. García Márquez decía, incluso, que era un gran escritor. Una vez fui expresamente a La Habana a recoger el prólogo que nos había escrito para la biografía de Paco González Casanova, su amigo en Tenerife desde el germen de la Revolución. Fue cuando nos desveló de puño y letra: “Me olvidé mencionarte que por parte de mi madre llevo con honor un porcentaje de sangre isleña”.
Ahora se baja el telón de ese tiempo mítico y culminante y se inaugura la Cuba sobria del día después. Pero hasta 2021, Raúl Castro va a seguir en el puente de mando. En Cuba, el primer secretario del Partido Comunista es el verdadero timonel en la sombra, y el último de los Castro, ya octogenario, permanecerá en el cargo hereditario de epónimo titiritero durante los próximos tres años para tutelar el aterrizaje del desconocido Díaz-Canel, el sucesor favorito del general.

Raúl -del que Fidel bromeaba en privado recordando la foto escolar en brazos del dictador Batista- nunca fue propiamente barbudo, era el más lampiño de los hermanos, y las hebras de la chiva que no se afeitaba le daban un aire mandarín; la del Che, tampoco la más poblada, se convirtió en una barba universal y símbolo de la progresía, gracias al impacto de la célebre foto de Alberto Díaz, Korda. En cambio, Díaz-Canel -el ingeniero nacido al año siguiente de la Revolución- es un rostro imberbe en una figura enfundada en blancas guayaberas o en serenos trajes de tono gris que contrasta con aquella estética barbada y guerrillera de verde olivo. Cuando Fidel hizo escala en Tenerife, en el 96, y subimos al Teide con él, paseaba ese uniforme con gorra de soldado como si fuera consciente de que era el icono de la marca de un país reconocible en su barba y en su atuendo, como una bandera, una postal o un pin. Y cuando ya se despedía a los pies de la escalerilla del avión, en el Reina Sofía, se le acercaron los guardias civiles para hacerse la foto de familia que inmortaliza aquella estancia, de vuelta de Estambul a las Antillas, en la tierra de sus antepasados. ¿Cuando vendrá Diaz-Canel a dar continuidad a aquellos lazos que nuestros propios gobernantes locales han ido dejando disolverse en el olvido? Asistir como canario al descuido imperdonable de unas relaciones entre Canarias y Cuba que se remontan al siglo XVI, es constatar la desidia hacia América de unas autoridades cegadas por el éxito turístico y la desmemoria ufana de los tiempos difíciles de la emigración, que ojalá nunca vuelvan, pero que no debieran avergonzarnos, pues son parte esencial de lo que son los canarios. Somos ese son. Solo se salva La Palma, la más sonera de las islas, de la amnesia cubana, y la etapa de gobierno de Manuel Hermoso, que fue el presidente canario que más cultivó las relaciones con Cuba, con la colaboración providencial de Francisco Aznar, trasunto de ministro doméstico de asuntos atlánticos cuando todavía no habíamos enfermado del palurdismo de darle la espalda a América. Me consta -y por eso lo digo- que Díaz-Canel tiene buenas amistades canarias y no costaría mucho esfuerzo restablecer el puente que durante siglos habíamos construido y que en pocos años hemos dejado caer en pedazos, como tantas otros hallazgos y hazañas que forman parte de lo mejor de nuestra historia.

Ahora que somos ricos y pobres a la vez y que podemos alardear de ambas cosas, llegan estas y otras noticias de América que no nos son indiferentes. Llegan muchos canarios con la diáspora despavorida de Venezuela, sumida en la derrota y el fracaso del chavismo. Y llega esta semana el cambio de tercio de Cuba. Fue un jueves, el 19 de este mes, que pone fin al castrismo formalmente concebido, como si se descolgara una foto de la pared, y alumbra un nuevo tiempo, que no será de ruptura, pero tiene toda la pinta de una transición. Por el camino cayeron todos los delfines, los Carlos Lage, Robayna y Pérez Roca. Raúl Castro ha gobernado diez años de posfidelismo, con el estigma castrense de duro del régimen en contra, pero firmó el deshielo con Obama. Ahora, Díaz Canel debe firmar el desbloqueo con Trump, que es una misión imposible. Como han sido todos los desafíos históricos de Cuba desde la crisis de los misiles o la visita del Papa Juan Pablo II -Y Dios entró en La Habana, tituló aquella gira Manuel Vázquez Montalbán-. Cuba cambia a su manera. Como dice el humorista cubano Luis Silva, “que sea lo que Díaz quiera”. Y que los canarios lo veamos paseando por La Habana, añado.

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Elsa López y que baje el Quijote y lo vea

Lo de Elsa López, su ascenso literario y mediático en la escena pública de las Islas, no se debe a su activismo feminista, que sin duda la ha colocado en una nomenclatura de desagravio y justicia, desde el momento en que aquel concejal Antonio Érmetes dijo en Santa Cruz de La Palma que en la ciudad no había mujeres que merecieran el nombre de una calle. “Os aseguro que alguien se acordará de nosotras en el futuro”, ya dijo la poeta Safo.

Elsa ha cobrado un auge de mujer que data de mucho antes del MeeToo (cuando vino el 8M dijo, enérgica, “nos temen”, prevenida de Trump y machistas más domésticos), igualándose al eje masculino de las letras, en una relación de tú a tú, que le recuerdo junto a Gala o José Hierro. Es una mujer que escribe, piensa y dice verdades como puños en una sociedad donde empuñan más los hombres que las mujeres, como si ellas no pudieran liderar y liberarse. Así que estamos de acuerdo en que Elsa López es mujer y ejerce. Pero su relincho literario, las coces que dé a diestro y siniestro, defraudada por los derroteros del comunismo que siempre secundó desde una afección a Izquierda Unida que era más una afección a Julio Anguita que otra cosa, es decir, su papel en la literatura y en la cultura y en las tribunas es el de una autora con personalidad propia y coraje. Y tiene la costumbre de dar entrevistas que despejan las zonas oscuras que asoman cuando nos perdemos en el laberinto. Ahora ha dado una a este periódico, y le sigo dando vueltas a las cuatro verdades de esa doble página con Elsa, metidos como estamos en un gran bucle, buscando respuestas al caos, a este ocaso.

En la entrevista del domingo con la periodista Gabriela Gulesserian, en DIARIO DE AVISOS, evocó a tres mujeres de letras de América, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni y Juana de Ibarbourou, tres poetas como ella, que viene de una parte de África convecina de las Islas donde ser mujer tenía consecuencias. A Elsa no le perdonaron en Guinea Ecuatorial, donde nació, que bailara con un negro en su poblado y de ahí proviene su distanciamiento prolongado del continente que es suyo y nuestro, demostrando una vez más que todo desencuentro suele ser fruto de un malentendido que puede durar toda la vida. Durante siglos Canarias vivió de espaldas a África y, pese al recomienzo de una difícil convivencia que nos apremia, seguimos queriendo intentarlo en vano, y todo continúa envuelto en sombras a la espera de que sean disipadas (no las poéticas de la negritud de Sédar Senghor, sino las de comer y compartir): son las suspicacias sobre el Sahara, Argelia, Guinea… y más recientemente sobre Senegal o Mauritania. Todas las sombras de África se proyectan sobre nuestras cabezas y no somos capaces de librarnos de ellas, ni podemos eludir nuestro sentido geográfico. Vivimos puerta con puerta, pero hemos estado a años luz. Digo que Elsa López, poeta y novelista y filósofa y antropóloga, tiene una isla para salirse del mapa cada vez que quiera, que es La Palma, donde los enredos del mundo se ven desde otro cielo.

Esta mujer, de vuelta de las estancias en Madrid, Lausanne o Córdoba, es una canaria de Fernando Poo y de La Palma que se ha hecho un nombre y un sitio en todas partes. Una mujer con criterio y caminos elegidos. Cuando dio un portazo y disintió de su amigo Antonio Gala, tras conducirle la fundación de jóvenes creadores, recompuso esa manera de ser que la ha llevado de norte a sur y de este a oeste, como una autora de letras libres, alguien que tiene los idilios adiestrados. Dice en la entrevista: “Tiene que aparecer algún Quijote o un Cervantes que venga a decir todo lo que está pasando”. Lo que está pasando en el mundo, en España, en las islas…, es tan insólito como sensato. Nos estamos yendo por el sumidero. Y que baje el Quijote y lo vea.

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La Junta de Canarias, hace 40 años, nació disjunta

La preautonomía, hace hoy 40 años, fue un parto de los montes. Los padres del contrato eran jefes de banderías irreconciliables entre Tenerife y Gran Canaria (Las Palmas, como siempre se dijo erróneamente) y entre ideologías de nuevo cuño no necesariamente provinciales. En aquel falansterio de partidos nuevos y viejos que acababan de saltar al ruedo a ganarse el voto -las primeras elecciones habían sido en junio del 77-, la Unión de Centro Democrático (UCD), el buque insignia de Suárez, llevaba apenas unos meses en el poder en la recién estrenada democracia en el filo de la navaja. Las Islas miraban de lejos aquel proceso de cambios vertiginosos. Venían de ser las cenicientas de una dictadura hipercentralista, en unos años demográficos desbocados (la población ascendía al millón y medio de personas), porque las familias traían más hijos al mundo -el baby boom de los hospitales, donde era más seguro dar a luz que en el hogar- y era mayor la esperanza de vida (75 años las mujeres, 70 los hombres) y, de una manera natural, los niños y adolescentes ayudábamos económicamente en casa mediante trabajos remunerados bajo cierta informalidad. Había carencia de muchas cosas; faltaban colegios y la tasa de analfabetismo era considerable. Cuando España se quitó los complejos y se puso a votar tras una corta transición de año y medio que dejó atrás la era de Franco, muerto en noviembre de 1975, al Archipiélago llegaron los nuevos aires de autonomía y libertad, y no hubo mayores contratiempos, salvo el consabido remanente de rivalidades tribales entre las dos islas mayores, en pleno apogeo tras todo un siglo XIX de hegemonía tinerfeña (más bien, santacrucera), apenas atemperado por la división provincial de Primo de Rivera en 1927. Somos hijos de esa escisión traumática en dos mitades forzadas e inexactas y de siglos enteros de solipsismo de cada isla encerrada en sí misma desde los tiempos de la Conquista.

Alfonso Soriano  Benítez de Lugo, diputado tinerfeño en las Cortes constituyentes, jurista y exalto funcionario ministerial, se levantó la mañana del 14 de abril de 1978, hace hoy 40 años, como si se dirigiera a un embarcadero en misión clandestina. Los diputados, senadores y presidentes de cabildos se habían citado en la parte más solitaria de Tenerife, el Parador de Las Cañadas del Teide, tras haber descartado hacerlo a bordo de un barco cuando lucubraban soluciones imaginativas para no herir ninguna susceptibilidad entre las dos islas mayores. Iba al encuentro de los demás políticos llegados de las distintas islas a fundar la autonomía de que hoy gozamos, pero no solo a eso. Iba a una guerra de nervios entre islas e ideologías ofuscadas cuando aún la pluralidad democrática era novedosa e inexperta. Y así fue. Lo elegirían a él presidente de la llamada Junta de Canarias (preautonómica) y pasaría a la historia como el primer mencey regional, pero el acontecimiento no dejaba de celebrarse en el lugar telúrico que adoptó el surrealismo tras la visita al Teide de André Breton cuatro décadas antes que el cónclave preautonómico. Fue una convocatoria, en efecto, explosiva y hasta cierto punto surrealista en un castillo estrellado, como tituló su memorial de la visita a la isla el escritor francés amigo de Óscar Domínguez.

Los próceres neófitos de la autonomía se emplazaron en el Teide para, teóricamente, cerrar filas, pero hicieron todo lo contrario: rompieron la baraja. No era un simulacro de división, era una ruptura en toda regla de la idea de unidad que tardó en arraigar, o que lo hizo a contrapelo, con desganas y cadáveres por el camino. Los liberales y los socialdemócratas de UCD eran como el aceite y el vinagre, no se fiaban los unos de los otros (como los canarios), cuando todavía Suárez no sabía que su saturno lo iba a devorar a él mismo. A la hora de votar la composición de la Junta de Canarias lo hicieron físicamente sobre un volcán que explotó por los aires. Fernando Bergasa, un ingeniero grancanario socialdemócrata de UCD, que no cejaría hasta encaramarse más tarde a la poltrona de la institución nodriza, le hizo la vida imposible a Soriano con la complicidad de Madrid en un pulso premonitorio del marchamo de una tierra condenada a sacudirse de encima la maldita pulsión fratricida.

Soriano subió al Teide prevenido por su jefe de filas, Antonio Garrigues Walker -el Kennedy español-, de que Suárez había apostado por Bergasa y lo conveniente era quitarse de en medio. Pero no desistió, porque la prensa de Tenerife lo habría crujido -según propia confesión- y contó con la alianza encubierta de Jerónimo Saavedra, en un matrimonio sibilino de liberales y socialistas y no de chicharreros contra canariones en sentido estricto. Olarte, en las entretelas de la urdimbre de Las Cañadas, tutelaba desde la Moncloa al susodicho Bergasa. Soriano era un outsider liberal, lo que a Franco sonaba a masón, que había suscrito antes un manifiesto de 500 firmantes postulando la apertura democrática, y el dictador lo puso en la lista negra.

El 14 de abril de hace 40 años era una fecha republicana, ya sin Franco, y con rey: el rey Juan Carlos. Y era cuestión de hacer historia sobre los restos del régimen sepultado. Las crónicas cuentan la rebelión de Rubens Henríquez, el famoso arquitecto, del propio Bergasa, de José Miguel Bravo de Laguna y José Carlos Mauricio, entre otros en el aquelarre contra Soriano. Una de las maldades de aquel teatrillo de odios provincianos fue que el grupo derrotado se malquistó con el senador real Antonio González y trató de que el químico candidato al Nobel se apeara de la Junta. Había, por suerte, otras voces que evitaron que nadie fuera lanzado por la borda, como Galván Bello, Alberto de Armas o María Dolores Pelayo. El profesor González no se fue y la Junta nació como pudo, a tenor del volcán. Canarias, sin las espaldas ya en el Sahara mal descolonizado y todavía sin que hubiera llegado Europa, descorchó la preautonomía con sus ángeles y demonios en el infierno aborigen de nuestros mitos ancestrales. A la vuelta de 40 años, es evidente que, salvo conatos esporádicos, el pleito insular permanece dormido como el Teide.

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