La caverna marroquí

Los graves incidentes de El Aaiún sentencian a Marruecos, a las puertas de otro diálogo inviable de paz. No hay silencios que duren mil años, ni el silencio impuesto por Rabat –la diplomacia que hechiza- al conflicto del que pende su reino desde la marcha verde, que el sábado cumplió 35 años. Ni una década de alto el fuego acalla la voz de los saharauis; bastó hace un año una huelga de hambre para hacer saltar por los aires un cerrojo infame, y todavía hoy aquellas imágenes de Aminatu Haidar acampando en el aeropuerto de Lanzarote, como en estas jaimas arrasadas de El Aaiún, hablan por sí solas. La batalla campal de Agadym Izik erosiona aún más la maltrecha credibilidad de uno de los pocos países de la región en los que Europa quiere confiar, pese al insulto a la inteligencia de su canciller Fassi Fihri, que el miércoles se confundió de país y despotricó de los periodistas españoles en Madrid como si lo hiciera de los suyos en Rabat.

Marruecos se lo pone cada vez más difícil a Europa, a España, a Canarias, que, como ayer hacía desde Londres su presidente Paulino Rivero, clama contra la negligencia de las Naciones Unidas. Canarias, sin quererlo, pasa a ser un testigo de cargo. Tildadas de ‘polisarias’, las islas tienen ojos en la cara, y ven lo que está sucediendo ahí al lado, cómo se las gasta el vecino aliado, los heridos del ‘campamento de la dignidad’, la represión de los jóvenes, el juicio sin garantías de Casablanca, las palizas a los manifestantes canarios que regresan con hematomas, los periodistas expulsados, el apagón informativo, la caverna marroquí. Los hechos levantan el veto que impone el trono. Mohamed VI despierta, una y otra vez, de su mayor pesadilla. El volcán dormido del Sáhara está despertando. La ONU, en cambio, continúa su larga siesta.

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