‘Mas’ Cataluña en la era Zapatero

Artur Mas muestra su DNI para poder emitir su voto. / EFE

La ‘tormenta’ política catalana y la borrasca canaria (ésta, genuina meteorológicamente y de proporciones preocupantes) se desataron a la vez, acaparando la mirada del resto del Estado, que ya paladea el clásico de esta noche en el Camp Nou, al que acudirá un Laporta erigido formalmente en diputado independentista.

El nuevo gobierno de Artur Mas, que sale de las urnas, y el de Paulino Rivero, que se dispone a entrar en ellas, comparten una adscripción nacionalista que los alinea en ese espacio político español ‘paradójico’ donde los dos partidos de ámbito estatal, PSOE y PP, están fuera del poder, pero, sin embargo, les permite hacen cábalas sobre cómo les irá en mayo de 2011 (elecciones autonómicas) y en marzo de 2012 (elecciones generales). Más similitudes: ¿arrimará ahora el hombro CiU, como CC y PNV, junto al PSOE para aliviar la frágil situación económica de España o elevará su oposición con el aval de la victoria aún caliente y, por tanto, el valor de un respaldo actualizado que rearme el discurso de Durán i Lleida?

Resulta inevitable que estas elecciones irradien, como primera tentación, esa sospecha de que se haya podido abrir desde ayer un nuevo ciclo político español, bajo la presunción de que la crisis de 2008 y sus múltiples rebrotes socaven al PSOE en todo el Estado y no sólo en la segunda comunidad políticamente más importante del país. No obstante, huelga advertir de que en los próximos días asistiremos a lecturas interesadas para todos los gustos, desde las que recluyan el caso catalán en su estricta geografía sin mayor repercusión externa, y las que saquen conclusiones demasiado ‘españolas’ a riesgo de confundir los deseos con la realidad. Difícilmente, se limiten los análisis a un test exclusivamente catalán -que tampoco lo es, salvo la hecatombe de Esquerra-, lleno de claves tan específicas como estamos acostumbrados a reclamar en nuestro caso los canarios. Es que el clima político-económico nacional explica parte de este varapalo que sufre el socialismo catalán, si bien los condicionantes particulares de una comunidad ‘distinta’, tanto como la vasca, no son extrapolables fuera de ella.

El fracaso del tripartito responde a los bandazos de una política que en ocasiones rayó en esquizoide y obligó al presidente a disfrazarse burdamente de seudonacionalista, con este resultado. El retroceso histórico del socialismo catalán bajo el ‘liderazgo’ –o la ausencia de éste- de Montilla, que paga la factura propia (las incongruencias de su gobierno y esa impostura nacionalista de su discurso personal) y la ajena (la crisis económica y los errores de Zapatero), lleva a una inminente sucesión, donde tocará a la ministra de Defensa, Carme Chacón, resucitar a su partido.

El nuevo mapa parlamentario catalán, con excepciones como la mini ‘goleada’ del partido de Laporta, se expone así, por esa lógica política – se dirá tan previsible como errática-, a ser tomado por el laboratorio perfecto de la situación electoral, no ya en una, sino en las 17 autonomías.

La profunda derrota del PSC, el ascenso del PP y la victoria aplastante de CiU (sin lograr la mayoría absoluta, cierto, pero sin necesitarla para gobernar en solitario), si estiramos el escrutinio hasta ese punto, vaticinarían un vuelco autonómico en mayo y, como consecuencia, la derrota de Zapatero diez meses más tarde, si el presidente agotara la legislatura aun dándose un escenario tan adverso.

El próximo gobierno de Cataluña será, como se dijo, nacionalista, lo que no sólo alivia la soledad del gobierno canario en ese espectro político, sino que desmiente la creencia de que esta década había procedido a desterrar los nacionalismos territoriales de España en el nuevo siglo, con la caída, precisamente, de CiU y, posteriormente, de Ibarretxe (PNV) en el País Vasco.

Ahora cabe despejar todas las conjeturas sobre el efecto de este resultado electoral en el resto de España: hasta qué punto el nuevo Parlament será soberanista (hasta límites impensables si se sumaran los votos de todos los grupos nacionalistas con una sobrada mayoría absoluta entonces para adoptar toda clase de decisiones o amagar con ellas) y se aislará en una defensa literal del Estatut contra los recortes del Tribunal Constitucional, o resucitará la vieja ‘diplomacia’ de Estado de Pujol y contribuirá a la gobernabilidad de España, en el momento más débil económicamente dentro de Europa, quizá la cuestión extracatalana a la que tradicionalmente fue más sensible el partido que acaba de ganar esta consulta.

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