La ciclogénesis

El faldón de la semana que empieza y el de la semana que viene es, como hace dos años y medio, la crisis. Pero estas primeras horas de la semana, a toda página, absorbe toda la atención la borrasca (el temporal sobre las islas), la borrasca (el temporal político sobre Cataluña) y la borrasca (el temporal de los secretos de bisutería sobre la Casa Blanca). O sea, la ciclogénesis explosiva, eso que los climatólogos llaman ‘la bomba atmosférica’.

De la borrasca atlántica queda una falsa impresión del Delta al que se parecía, en el pronóstico, calcado al original, el mismo día de hace cinco años (la famosa teoría de los ciclos que el físico palmero Guillermo Rodríguez, con poca fortuna, repitió hasta la saciedad). Lo llamaban ‘Andresito’ en las redes sociales, y antes ‘Andrés’, pero fue yendo a menos y le fueron quitando importancia (también las borrascas cotizan al alza cuanto mayor ferocidad aseguren por anticipado, es el signo de los tiempos: a mayor jodienda, mayor mérito y más cachet).

Visto lo visto, ha sido, en realidad, un cúmulo (los expertos usan, a veces, ese término rebuscado de cumulonimbo, que en Santa Cruz padecimos un 31 de marzo de infausta riada) de `deltas’ según qué municipio e isla. Que se lo digan a El Hierro, a San Juan de la Rambla, a la Guancha, o a Los Realejos, cuya imagen de la grúa derribada por el viento, captada por un videoaficionado rivaliza con la del bamboleo del camión, sacudido por una racha como quien zarandea a un mequetrefe en mitad de la calle. Porque en múltiples localidades hubo destrozos, hasta escenas escalofriantes de desperfectos, daños agrícolas, y apagones a miles (de hogares), y cortes de telefonía, y aviones y barcos varados, y desmovilización de alumnos, y puro pánico en  toda la extensión de la palabra.  O sea, un desastre.

Lo que daba miedo era lo que no sabíamos y vimos en la imagen de meteosat: las islas se habían esfumado, materialmente borradas del mapa por el manto nuboso como cuando el cielo se cubre de calima y desaparecemos en nuestra Atlántida consiguiente; asustaba el efecto porque era como si el mar nos hubiera tragado y nuestro cuerpo astral nos viera en la tele.

Claro que esta borrasca no era la única. Y a su paso, se ventilaban los papeles levantiscos  de Wikileaks con los chismes marujones de las embajadas del yanqui, una pieza que no tiene desperdicio para afines de la prensa rosa y escándalos marca Belén Esteban en las alcobas de Berlusconi o Gadafi o las ‘infidelidades’ al Tío Sam de un romántico Zapatero. Sirvió el paquete de ‘cables’ de Assange como ciclogénesis perfecta para tapar otras malas noticias según qué país; en España, el fiasco catalán del PSOE, sin ir más lejos. Pero de este ‘huracán’ es del que se va a hablar desde mañana mismo, en la sesión de control del gobierno en el Congreso, ya sin rayos en las islas, ni goles en el Camp Nou, ni mucho más de sí de esa alcahuetería de baja estofa de la web que tiene deslumbrados a los valientes periodistas de investigación.

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