UN PAIS DE LOCOS, UNA LEY PARA LOCOS

España es de esos países que no necesitan enemigos fuera porque, de acuerdo con la sentencia de Churchill adoptada por Tinerfe Fumero en este periódico, los tiene de sobra dentro. Esta vez los controladores aéreos, simulando fuego amigo, ‘enfermaron’ masivamente y dejaron el puesto de trabajo por el bien de la seguridad aérea (de sus privilegios laborales), pero en la práctica generaron la situación más grave que se recuerda en  la historia aeroportuaria del país. La militarización del servicio ordenada el mismo viernes y el estado de alarma -inaudito en tres décadas de democracia- decretado en la mañana del sábado por el Gobierno desactivó una subversión de trabajadores de cuello blanco que provocó, pese a todo, pérdidas millonarias en empresas y daños irreparables en personas frustradas de antemano por la crisis.

El Gobierno ha de dar explicaciones. Nadie lo discute. Debe justificar por qué eligió un mal día -la víspera del puente de la Constitución de máximo tráfico aéreo- para aprobar el decreto que incendió el conflicto (en  él se especifican las 1.670 horas anuales de curro real, sin permisos ni bajas de tapadillo, y esto endemonió a una casta intocable de profesionales duchos en orquestar  escaqueos). Ha de convencernos de que hizo bien y que, por tanto, Esteban González Pons erró el tiro al criticar la inoportunidad del Consejo de Ministros del viernes. Como tendrá que convencernos Zapatero de que no ha estado ‘missing’,  sino que Rubalcaba ha sido su encarnación en las comparecencias de esta crisis. Pero nadie negará a este gobierno, ni siquiera al cuestionado ministro de Fomento, la rapidez y acierto de sus decisiones una vez desatada la mayor insensatez de la historia sindical del país, sumiendo en el ridículo más espantoso a un colectivo que, con la cabeza agachada, abandonó la ‘suite-trinchera’ y volvió al tajo con uniforme verde caqui en cuanto le leyeron sus derechos antes den pasar a disposición judicial. Eran señoritos, nunca trabajadores en huelga; una acepción como ésta cargada de historia no merece semejante deshonra.

Así que el manual de oposición del PP alguna vez ha de aportar una coartada para su credibilidad. No cabe decir ‘no’ mecánicamente sin pecar de robot. La política es, cada día más, la verdad de las emociones. Y el viernes y el sábado, en este país, no había un colectivo objeto de mayor repulsa ciudadana que el de los controladores aéreos. Dudo que en toda la historia reciente, del 23-F al 3-D, lo haya habido, salvo el triste período negro que le tocó arrostrar a la Guardia Civil. De ahí que eché en falta en Rajoy, uno de los rehenes del secuestro, un gesto de estadista desde Lanzarote de apoyo al Gobierno de su país durante las horas críticas del desastre, y que aplazara todas las diferencias políticas sobre el caso para el día después. Rajoy es un tipo inteligente, aunque se le repute de darse a la pereza, y atribuyo una obsesión antizapatero tan majadera al consejo de encamarse hasta las elecciones (los políticos no siempre deben seguir al pie de la letra las consignas de los asesores). 

La noche de este ‘golpe al Estado’ sólo cabía estar al lado del Gobierno y de los derechos de los ciudadanos consagrados en la ley que conmemoramos el lunes. 600.000 personas estaban retenidas por 2.000. No era un pulso de partidos, sino un precedente peligroso, un acto terrible (alguien dirá, un acto terrorista, llevado de la calentura, y la verdad es que si no conociéramos a los autores, habríamos pensando al princioio en una ‘alqaedada’). Si Reagan militarizó y despidió a miles de controladores en el 81 por una huelga de éstas, lo hizo calcando un plan de Carter, que era demócrata. Hay decisiones en situaciones de emergencia que son de Estado, no de partidos ni ideologías.  

Una vez quedó atrás el problema (el cierre del espacio aéreo, pero no, al menos por quince días, la militarización y el estado de alarma), ahora queda el otro problema en esta puro. El futuro del control aéreo en España. La enérgica reacción del presidente canario, demandando una ley de militarización y el despido de los responsables, ha puesto el foco sobre la herida. Que Canarias es la comunidad más afectada es tal obviedad, que ha de formar parte activa de la solución del problema. Las ideas que las islas puedan poner sobre la mesa -algunas de ellas las ha desgranado ya el presidente Paulino Rivero, cuyo gabinete denunció al día siguiente en los tribunales a los controladores- son de utilidad en el ámbito estatal. La convicción de Rubalcaba de que “no volverá a suceder” no calma el desasosiego de los dos archipiélagos y el territorio peninsular. Ni el de los ciudadanos, que, con motivo, se preguntan que sería de este país si mañana los médicos abandonan en bloque los hospitales dejando atrás a los pacientes, y los maestros desertan de las aulas dando la espalda a los alumnos, y en Endesa y Red Eléctrica les dé por dejarnos sin luz. ¿Existe la ley que pare a tiempo los pies de un colectivo enloquecido?

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

Respuesta a UN PAIS DE LOCOS, UNA LEY PARA LOCOS

  1. Jacob

    Si en España se quiere acabar con huelgas como esta, las autoridades tendrán que legislar ferreamente, copiando normas ya existentes en otros paises. En mi opinión España está todavía muy verde en estas cuestiones.

     

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