PROHIBIR

 

A los gobiernos les entusiasma la idea de prohibir, como una manera drástica de sentir que ejercen el poder. No se entiende gobernar sin prohibir algo. Busque algo que prohibir y mande, dicta el oráculo del poder a todo poderoso que se precie en la tierra. Y esto vale para dictaduras y democracias, ambas rehenes de un mismo tic. Prohibir. En la España finisecular se prohibía mucho, como si el cambio de siglo y milenio impusiera dejar las cosas claras y el chocolate espeso, antes de afrontar una nueva era, que ‘era’ un misterio. Pero si en los años 60 nos prometíamos un mundo libérrimo, sin guerras y con mucho sexo, y no fue así ni John Lennon vivió para contarlo, esta primera década del siglo XXI ha sido desalentadora. Ni este mundo sin polos aparentemente ya tan opuestos, ni la caída del muro de Berlín, ni la llegada de un presidente negro a la Casa Blanca son síntomas de cambio. La crisis nos arrancó de ese sueño. Y toca, de nuevo, prohibir.

A Europa le ha entrado una fiebre prohibicionista en lo económico que causa espanto. 2011 va a ser un año harakiri. Hemos aprobado los presupuestos más austeros de la historia como quien se dispone a una dieta de adelgazamiento más severa que una huelga de hambre. Y a la vuelta de unos días, tendremos un mundo anoréxico, mal de la cabeza. Tengo la sospecha (no ser economista es una suerte para poder decirlo) de que nos hemos hecho el harakiri y no tardaremos mucho en darnos cuenta.

Prohibir. Prohibir la inversión, como máxima expresión de ese culto a la austeridad. A una ‘velocidad’ de vértigo hemos pasado de circular a 200 kilómetros por hora a hacerlo a 20, y a paso de tortuga tiramos por tierra todos los dogmas. Lo que hasta ayer mismo eran axiomas intocables del Estado de bienestar, ahora se vuelven principios fundamentales de un nuevo mundo ascético, a pan y agua, que nos irá devolviendo paulatinamente a la cueva de la que venimos.

La gran paradoja es que los señores (amos del mundo, uníos) que se han cargado todo esto, los de las hedge funds y demás productos volátiles que fingieron ser la nueva economía de un nuevo mundo, son ahora más ricos que antes de que saltara todo por los aires. Y los miles de millones restantes (es decir, la gran mayoría, exceptuada esa élite de ladrones) estamos, estaremos pagando los platos rotos seguramente el resto de nuestras vidas. Nos jodieron bien jodidos. Y no tenemos una fórmula de recambio. Salvo prohibirnos a nosotros mismos todos los derechos que habíamos conquistado.

Ya puestos, a algunos gobiernos (el español es un ejemplo muy gráfico) les ha faltado tiempo para prohibir fumar a trancas y barrancas, haciendo primero una ley y luego otra, y cuando llegue el PP otra, a su vez. Prohibir fumar a machamartillo puede llegar a ser tan incauto como legalizar las drogas sin la debida campaña de educación previa. Y en ésas estamos, precisamente hoy.

¿Alguien ha medido las consecuencias ‘sanitarias’ (las mentales cuentan) de machacar más allá de lo tolerable a ese prototipo de hombre-mujer de la crisis profunda, parado, condenado a jubilarse después de muerto, al que se suprimen los 426 euros y encima se le quita el pitillo de la boca delante de la gente? País.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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