EL GOCHO PALMÓ

Las iniciales CAP en Venezuela tenían una resonancia casi mítica. Carlos Andrés Pérez, el estadista autodidacta, se desenvolvía en Caracas como el amo del país, estuviera en el poder o en espera de volver a estarlo; te convocaba en su sede privada en la tumultuosa capital, un edificio enteramente suyo protegido por guardaespaldas en todas las plantas, y sentías que allí estaba, seguía estando, el verdadero poder de Venezuela, en aquella personalidad enigmática e hiperactiva que le mandaba recuerdos conmigo a Felipe González pensando que el presidente en España me era tan asequible como él.

La noticia de su muerte no se presta a engaños, como otras en América, pensadas para que los dejen en paz. A CAP le temía y le odiaba Hugo Chávez, que anhelaba arrancarlo de Miami y extraditarlo a Venezuela; una vieja enemistad recíproca que se desató en febrero de 1992, cuando el entonces teniente coronel de paracaidistas le dio un golpe de Estado fallido al Gocho, que era un presidente con fama de invencible.

Se le paró la máquina en medio de una conversación, a tenor del comentario familiar; se despertó animado y poco a poco se le fue acabando el aire, una muerte natural tras una vida de caballo. Pero Carlos Andrés Pérez parecía inmortal después de haber sorteado todos los obstáculos de la política y la vida, incluida la cárcel y el exilio. A los pocos días de su reelección, en el umbral del 89, las medidas severas de austeridad –¿a qué nos recuerda, por cierto, estos días en este otro mundo bajo otra crisis?- que aplicó contra la sangría económica del país a sugerencia del FMI y el Banco Mundial –‘el paquetazo’- le costaron una revuelta popular que muchos recordarán –imágenes de la turba rompiendo escaparates y robando en los  supermercados- porque dio la vuelta al mundo bajo el nombre de ‘caracazo’, término que se empezó a utilizar para denominar situaciones parecidas.

Aquellas elecciones las cubrí para la SER porque Paco Padrón lo propuso en Madrid, y trabé una estrecha relación con el candidato ‘adeco’ más célebre de la historia de la democracia venezolana desde la misma madrugada en que llegué al país, alquilé un taxi y llegué volando a la sede de Radio Caracas Televisión, temiendo quedarme sin entrevista, a pocos minutos del cierre de la campaña y del veto oficial a cualquier declaración a la prensa a partir de ese momento.

Carlos Andrés venía en medio de una nube de cabezas del fondo de un pasillo y estaba a punto de desaparecer camino del parking del edificio tras su último mensaje en televisión. Los escoltas me cerraron el paso y yo le grité con fuerza, elevando el magnetofón, que era “un periodista canario”. El ‘hombre que camina’, como lo habían bautizado quince años antes en su primera campaña electoral, se paró en seco, agitó las manos en el aire y me señaló: “¿Canario, de verdad?” Le hice la entrevista, la última de la campaña, y me prometió concederme la primera de su reelección. Pocas horas después, cuando se supo oficialmente que había ganado al copeiano Eduardo Fernández, ‘el Tigre’, emití en Hora 25 la exclusiva internacional, sus primeras declaraciones a un periodista tras volver al poder venciendo la resistencia de su propio partido, Acción Democrática, que no lo quería a sabiendas de que se lo tendría que tragar por la presión de la gente, que, por esas razones misteriosas del carisma, veía en él a su caudillo.

Desde ese instante, lo vi repetidas veces. Me hablaba de Felipe González – “mi amigo”-, de España y de unos ascendientes canarios remotos por vía paterna. De Rómulo Betancourt, su mentor, el padre de la democracia venezolana, de origen tinerfeño, con lazos familiares en El Farrobo, de La Orotava. Del busto de la broma de la pipa del expresidente, que solía ‘esfumarse’.

Se le paró el corazón este fin de semana. Fin de trayecto del político ‘locomotora’, que era el penúltimo de doce hermanos, y tuvo en sus manos un país inmensamente rico en el 74, cuando Venezuela nadaba en petrodólares y Arturo Uslar Pietri la llamó ‘Venezuela Saudí’. En su casa, al norte de Caracas, el autor de ‘Oficio de difuntos’      me recibió rodeado de libros, en su famosa biblioteca que cubría las paredes, pesaroso por el rumbo de la patria desde aquella abundancia mal aprovechada en su día. CAP no supo gestionar el país la primera vez, se empachó de tanto oro negro y dejó en la calle un refrán que me repetían los caraqueños con cierta complicidad: “Carlos Andrés robaba y dejaba robar”. Él sabía que, aunque su compañero de partido Jaime Lusinchi –“el gobierno del borracho y la barragana”, su secretaria Blanca Ibáñez, se ha dicho y repetido tantas veces en un país que habla sin papas en la boca- había sido un desastre y parecía tocarle el turno al democristiano Copei, el pueblo no le iba a fallar. ¿Acaso porque esperaba que les dejara robar haciendo bueno el chisme?

Estaba metido en algunas faenas inconfesables y, en ese despacho que digo pertrechado de personal armado de su cuartel general, me citó un día para ofrecerme una exclusiva. Cuando llegué, desalojaron el despacho varios gerifaltes de su partido –los conocía bien porque en Venezuela cada edecán en los años de aquella democracia podrida no sólo ejercía su cuota de influencia, sino que alardeaba públicamente de mover los hilos-, y CAP me propuso quedarme unos días en el país, “para una entrevista sonada con alguien importante”. La entrevista se demoraba porque el personaje no acababa de llegar a Venezuela, hasta que no pude esperar más y regresé a Canarias. Habría tenido que seguir allí meses, porque el personaje en cuestión siempre sospeché que había sido Edén Pastora, el Comandante Cero, el famoso sandinista que tomó el Palacio Nacional de Managua en el 78, y que un día apareció por Venezuela convertido en desertor y apadrinado por CAP. A Carlos Andrés Pérez lo acabaron destituyendo del cargo de presidente por malversación de fondos reservados para patrocinar a Violeta Chamorro, la presidenta nicaragüense que acabó con el sandinismo. A veces, cobraban fuerza los rumores de que el Gocho era de la CIA.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

Respuesta a EL GOCHO PALMÓ

  1. Fernando C.

    La figura de este político tiene en efecto una doble vertiente, su dimensión de estadista y su condición hasta cierto punto mafiosa de mal gestor. Debió ser un hombre muy inteligente y a su vez un maniroto, Venezuela lo pagó caro. Lastima que rara vez los estadistas con carisma resulten ser, en efecto, buenos ejemplos al ejercer el poder.

     

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