POLANCO


El último gran empresario nacional de la comunicación fue Polanco. Tenía un sexto sentido para ello y descubrió Tenerife con esa misma pericia.

Sugería ‘vender’ que este sol no es quemón (“un clima templado”), frente al del Caribe, que rasga las piedras. Pensaba envejecer aquí, retirarse en el Abama, la isla que creó en la isla en que creyó, la inversión e invención de su vida. Estaba enamorado de Tenerife. En la puerta del despacho, en Santillana, en Madrid, me despidió contando las horas que le faltaban para venir aquel fin de semana.

Habría cumplido ahora 81 años. Se ha dejado de hablar muy pronto de Polanco, el líder de la comunicación de la democracia en España, que acarreaba su propio mito como si no fuera con él. “Me quieren meter en la cárcel”, nos espetó una noche en Radio Club a Xuáncar y a mí, cuando sufrió con Cebrián el asedio político del ‘caso Canal Plus’. Habló de Aznar esa noche herido por las falsas promesas de poner fin a la cacería. Era campechano y asertivo, amigo de Felipe González y Carlos Fuentes… En una cena de ‘Son Latino’, el autor mejicano cantó una ranchera y Polanco un bolero. Asiduo del festival de Las Vistas, admiraba aquella marea humana en la playa.

A mi hermano Martín y a mí nos costaba entender que cada verano, puntualmente, nos citara en su hotel Jardín Tropical para charlar un rato. En una ocasión llegó transparente. Había estado vomitando todo el tiempo. “El almuerzo me cayó mal”. Pero no suspendió la cita, hasta que insistimos en quedar para otro día. Te llamaba al móvil, “soy Jesús Polanco”, y parecía una broma. Antonio, su guardaespaldas, nos llamaba cuando lo veía solo. Y en España seguían tejiendo la leyenda de su poder.

“¿Me dejan ayudarles?”, nos dijo el dueño de ‘El País’, delante de Paco Padrón, cuando La Gaceta naufragaba en pérdidas hace veinte años. Trabajó hasta los fines de semana para levantar empresas. El trabajo era su carpe diem desde que empezó vendiendo libros a domicilio. Un día cobró conciencia de haber levantado un imperio: cruzó el pasillo y un empleado no le cedió el paso en la puerta, porque no lo conocía. Pero en la Plaza de la Candelaria decía que el Olimpo era su negocio más redondo. En voz baja nos hizo esta confesión premonitoria: “Yo entiendo de libros y periódicos, me pregunto si la televisión será la ruina”. Deberíamos hablar más de Jesús de Polanco, de la actualidad de su ausencia.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 2 comentarios

2 Respuestas a POLANCO

  1. chenin

    Sin duda alguna Carmelo, Jesús de Polanco fue un hombre de los pies a la cabeza. Trabajador, luchador contra viento y marea y con un sexto sentido para los negocios. El imperio que creo así lo acredita. Seguramente su muerte es la cronica anunciada de la decadencia del sector audiovisual en España. El fin de una época donde se creía en proyectos, se luchaba por sacarlos adelante, favoreciendo a unos pocos haciendolos nuevos ricos pero ofreciendo calidad al gran resto, pagando, pero calidad al fin y al cabo.
    Hoy en día, la calidad brilla por su ausencia. Sólo en sus empresas audiovisuales se mantiene una cordura y nivel respetables. Las ansias de enriquecerse del resto del secor a costa de productos carentes de contenido, vacios de información y llenos de basura periodística es la formula adoptada. La ley del mínimo esfuerzo. Jusús de Polanco fue el primero de su clase y el último empresario audiovisual con “clase”.

     
    • Carmelo Rivero

      Tienes razón, Chenín, el caso de Jesús de Polanco es el de un empresario de la comunicación de verdad, conciente del papel de su empresa en la sociedad civil. Prueba de ello es que, una vez que ha desaparecido, su legado ha pasado también a mejor vida. Nunca mejor ejemplo del empresario líder imprescindible para su empresa. Todo lo que le sucedió en vida no tiene nada que ver con lo que le sucedió a raíz de su muerte. La enfermedad se lo arrancó de las fauces a esta cruel crisis que no ha perdonado su proyectos más queridos dentro de la comunicación: El País, la SER, Santillana…

       

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