LA ‘ESPIRAL’ DE UN DESAGUISADO MUNICIPAL

 

Martín Chirino, ‘Martin’ (con acento en la ‘a’), como a él le gusta que le llamen los amigos, ha saltado a la actualidad por una de sus obras en Santa Cruz, ciudad de la que siempre me habló con afecto como una vieja amiga. A Santa Cruz le gusta Chirino y a Chirino le gusta Santa Cruz, como prueban su espiral del Parlamento, su cabeza africana del patio de CajaCanarias y su ‘Lady Tenerife’,  en la plaza del Colegio de Arquitectos. ¿Cómo iban la ciudad y el escultor a pelearse?

Pues hace un par de años, en vísperas de los Carnavales, el Ayuntamiento mutiló insensatamente la escultura del artista en la Plaza de Europa, titulada ‘El sueño de los continentes’, que compuso en homenaje a la unidad de Europa y de las dos Alemanias, cosa (la amputación municipal carnavalera) que a la Merkel le haría maldita gracia si algún asesor lee esto y se lo cuenta. El guillotinazo de la escultura con el pretexto de evitar que se hicieran daño las máscaras al tropezar con la espiral de hierro que gira en el aire cerca del suelo, resurge como noticia tras recurrir el escultor a los tribunales en demanda de una reparación económica y artística. El propio Chirino tiene otras obras en paradero desconocido y este caso abunda en la leyenda negra de los escultores vandalizados por los graffiteros menos respetuosos con el arte o los ladrones profesionales, como los que se llevaron en agosto una figura de Dalí (‘La mujer de los cajones’, leer bien) de una muestra en Bélgica.

He contado alguna vez que, como pateó a menudo la Rambla (de Santa Cruz, su nuevo nombre), continuamente le echo un ojo en su emplazamiento frente al edificio singular de Emilio Machado, por si un día no está. Y sucedió tal cosa. Pero era una ausencia justificada, por mudanza temporal al TEA para una exposición. Es que nunca se sabe.

Chirino es un escultor lúcido de su tiempo, que descubrió África antes de esta moda, y creó sus ‘afrocanes’ legendarios. Lo conocí una noche, hace unos treinta años, en una discoteca de Madrid, donde Martín y yo presentamos un disco de Taburiente editado por Ariola. Levantó la mano y preguntó sobre los guanches en el coloquio. Luego, seguimos toda la noche hablando de las islas, del continente de al lado y, finalmente, de la espiral, su leit motiv. Chirino arrastraba aún por entonces el estigma más impertinente de Canarias en aquellos años  posfranquistas, la condición de desterrado, por haberse ido a Madrid en los 50 con los dos manolos (Millares y Padorno). Esa imputación de ‘canario que se fue’ se deshizo en poco tiempo.

He hablado mucho todos estos años con el escultor de los aeróboros que aprendió a forjar el hierro en los astilleros del puerto de La Luz, al calor de su padre. Que viajó a Nueva York con la intrepidez de una tierra que emigró a América sin medir la distancia, y se ganó la amistad de David Rockefeller, que le abrió las puertas de la ciudad. Don Juan Carlos pidió tener un ‘chirino’ en el jardín de la Zarzuela, donde él pudiera verlo desde la puerta acristalada del despacho, y en el último mensaje navideño vi por la tele la escultura que su autor me había comentado. De Chirino podemos estar hablando hasta mañana: de sus ‘ladies’ para Sylvia Plath, la poeta que se quitó la vida, y que el artista conociera a través del poeta Ted Hughes, una pareja que vivió un amor desgraciado. Y de su ‘Lady Tenerife’, la dama recostada a la que saludaba todos los días durante los meses que viví cerca de ella. Y acabaríamos sacando los trapos malditos de la historia intrainsular, el manifiesto de El Hierro sobre la identidad africana de las islas. Y el Caam. Pero sólo quería decir que el Ayuntamiento está obligado a reparar cuanto antes ese flagrante desatino cometido con la obra de uno de sus mejores embajadores en el mundo. Me consta.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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