LA TUMBA DEL FARAÓN

 

En poco más de veinte años, hemos asistido a sendos vuelcos de la historia: en Europa del este y ahora en el mundo árabe. La caída del faraón (en lo que parece el otoño de la fisiología política y humana de una saga de patriarcas medulares, ya anacrónicos) confirma la ola (gigantesca, el tsunami) de una marea virtual de cien millones de jóvenes que amenaza a los regímenes apergaminados del mundo árabe desde el Atlántico al Golfo Pérsico.

En las islas decimos que hace tiempo que África emigra poco. La crisis nos devaluó. Seguimos con suma atención el curso de los acontecimientos (qué torpe visita a Obiang de José Bono y los diputados españoles). Falta saber la hoja de ruta de esta ola, sus próximas escalas y el grado de pasividad o influencia de Europa y Estados Unidos si se adentra en Marruecos. En los 70, los canarios perdimos la retaguardia del Sáhara, y ahora nos llegan los turistas desviados del Magreb: la prioridad es blindar nuestra seguridad. Cierto que los enamorados (como hoy nuestro San Valentín) acuden a la Plaza de la Liberación, celebran bodas, ella con hiyab blanco, él en vaqueros, los ancianos con galabeya y turbante. ¿’Haz el amor, no hagas la guerra’ (la consigna del mayo del 68 francés), prenderá en esta ocasión hasta el final? Sí, África viene menos, sus jóvenes se quedan allí. Las redes sociales les abren los ojos. Una patera, sin embargo, llegó en enero a Fuerteventura, con inmigrantes políticos, que huían de la represión marroquí tras el desalojo del campamento de Gdeim Izik. Miles de tunecinos invaden ahora la isla italiana de Lampedusa, en estado de emergencia humanitaria.

En tan corto período de entresiglos, las placas tectónicas de la historia se reacomodan. Facebook y Twitter han ayudado a derrocar dos dictadores en menos de un mes. Esta revolución exprés bate récords. Llama la atención el perfil de mártires y líderes: el joven vendedor ambulante inmolado en Túnez y el ejecutivo de Google, héroe de la plaza de Tahrir: Mohamed Bouazizi y Wael Ghoneim. Definitivamente, 2011 no tiene nada que ver con los dos mil diez años precedentes de historia de las revoluciones del mundo, camino de los libros de texto. ¿Quién mueve los hilos de la revuelta inalámbrica? ¿Quién está detrás de los jazmines y las piedras? El premio por haber puesto en fuga a Ben Ali y Mubarak, dos pillastres que dejaron de dar miedo, debe ser la democracia y no el fundamentalismo islámico (Teherán, 1979). Era por el precio de los alimentos, pero también por el precio de la libertad.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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