DAGUERROTIPO DE OLARTE

 

Olarte no es la sombra chinesca de una máscara de Carnaval de ultratumba, aunque exista el Olarte de Calero, que sí es de pega, y al original le traicione su alter ego bienhumorado, con sus ‘golpes’ y el histrionismo provocador de un transformista en la era de Lady Gaga. Pancho Guerra habría disfrutado con el ingenio y léxico de Olarte el personaje. Ahora, el veterano colombófilo regresa con el PP, como si se reencarnara en el mito de los 70, de Richard Bach, ‘Juan Salvador Gaviota’, sobre una marea azul sin las siete estrellas verdes de Taburiente. Si nada se tuerce, Soria acomete la segunda resurrección de una vaca sagrada, tras invocar el espíritu de Bravo de Laguna. La de Olarte es una exhumación doble, él mismo desentierra las siglas de Unión Canaria (fundada en el 77), para ‘jubilarse’ (sic) en el PP de dos o de tres al Parlamento por Gran Canaria, fiel a la leyenda de político pragmático. Rajoy avisa de pactos: el PP adopta a un nacionalista que preconizó para Canarias un Estado libre asociado.

Olarte es una biografía. Sus memorias en la tramoya de medio siglo son las de un hombre que se funde en el paisaje de un país que resurge de sus cenizas. Lo captó Matías Vega y son célebres sus travesías del desierto ‘a la busca del poder perdido’ con que apadrinó a Román Rodríguez. Suárez me dijo en Los Rodeos, delante de Fernando Fernández, que Olarte le sería leal de vicepresidente. Lo fue hasta que Fernández pidió la confianza del Parlamento; entonces, ´Kissinger’ (como él lo apodaba) salió disparado al pasillo y, al encararnos, me dijo: “Esta es mi oportunidad”. Una vez en la presidencia, le declaró la guerra ‘arancelaria’ a Felipe González. “Madrid va a saber lo que vale un peine” (copyright de Lorenzo Olarte). De frágil salud de hierro (combate su diabetes por último con los consejos de una nutricionista coreana de Las Palmas) está ‘todo el día’ viajando a China como un albatros. La voz de Olarte es inconfundible. El cloquío lo pilló J. M. Bermúdez, y Calero clavó la simulación. María Lecuona, la lagunera con la que se casó, lo confundía con Calero oyéndolo en casa. Reuní a Olarte y Cubillo en televisión: el primero acusó al segundo de haber querido atentar contra él, y los dos abogados se fueron una vez reconciliados. Una vida sobre un alambre. El caso ‘Puerto Marena’: el misterioso voto 31. El asesinato de su secretario: la cornada al excrítico taurino. El animal político vuelve a la carretera a mil por hora. ¿Quién dijo a 110?

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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