HUELGA DECIR QUÉ DESASTRE

 

¿Es legítima la ‘putada’ de ir pisando callos por ahí a diestro y siniestro? ¿Afinar la puntería por la calle para aplastar con el pie propio el ajeno allí donde más duele, en algún vendaje del dedo gordo de turno escachurrado sin querer con la pata de la mesa a plomo, en alguna uña enterrada a la intemperie, en los cinco ‘ñames’ a la vez en sandalia descapotable haciéndose el despistado en la marabunta de la calle del Castillo un lunes de Carnaval?

Los señores currantes de Aena no han tenido otra ocurrencia que jugarle una faena de esa laya al par de millones de canarios, infligiendo colectivamente un zapatazo corporativo sobre 260.000 pares de parados pies magullados sobremanera por la demoledora crisis. El derecho de huelga no da derecho a lapidar los derechos de tanta gente al mismo tiempo, no sólo porque la lapidación sea una cosa cruel y deplorable, sino porque, además, quién recoge después todas esas piedras amontonadas y sanguinolentas, cuando no quede nada ni nadie sobre la faz de las islas, o bien porque todos han emigrado a buscarse la vida en otra parte, o porque se han arrojado al mar huyendo de la barbarie, o porque han dejado sus huesos una vez ‘dilapidados’ todos los recursos para subsistir. Hay huelgas de pobres y de ricos, y huelgas insolidarias. Esta no es una huelga salvaje, pero, intrínsecamente, es una salvajada.

¿En qué cabeza sindical cabe que, bajo una descomunal crisis económica apenas tímidamente aliviada por el sector turístico, como quien se aferra a un clavo ardiendo, puede llegar a ser una buena idea convocar no un día, ni dos, ya puestos, 22 jornadas de huelga, del 20 de abril al 31 de agosto, pasando por Semana Santa, el puente de mayo y el verano, sin que la opinión pública se les vuelva en contra, emulando aquella elefantiásica pérdida de imagen de los controladores en el puente de la Constitución?

La feria de Berlín (la ITB) es un foro que ahora mismo concita toda la atención turística de Europa. El gobierno y la patronal de Canarias celebran desde este miércoles, en la inauguración de la muestra y del pabellón de las islas, un incremento del 22 por ciento de viajeros en febrero. ¿De dónde venimos? De tocar fondo y de empezar a levantar la cabeza. En estos momentos, tenemos todos los huevos en la misma cesta del turismo, porque no tenemos otro remedio y nos va literalmente la vida en que no se nos rompan los dichosos huevos. Una huelga tocatelendengues como ésta consagra el descarrilamiento sindical al que asistimos.

Bastó la mera convocatoria de este paro maratoniano insensato para herir irremediablemente al sector, a la economía en su conjunto, a los canarios en su totalidad. La prensa británica no tardó en llevar la noticia a sus portadas y las cancelaciones de reservas no se hicieron esperar, empezando por Lanzarote. La demanda de Paulino Rivero al Gobierno central para aplicar, en su caso, en las islas servicios mínimos del 100%, entra dentro de la lógica, pues Canarias no goza de los privilegios de un territorio continuo y carece de alternativa a los aeropuertos: ni trenes ni coches con los que suplirlos por carretera. Si hay huelga, nos la tenemos que envainar, el canario se queda atrapado y el turista menos previsor se queda tirado como un desgraciado y no vuelve más.

Es una postal digna de encomio, que contagia el optimismo de una sociedad derrumbada por la hecatombe de la crisis. Una huelga que piensa en los intereses exclusivos de un colectivo intranquilo por los planes de privatización parcial de Aena y que torpedea los intereses de las 120.000 familias que viven del turismo en Tenerife, por poner un ejemplo, y en los parados de todas las islas y, como antes dije, en la población de un archipiélago atónita ante tamaño desatino. Luego resulta que no es para tanto, los trabajadores de Aena por sí solos no son capaces de paralizar ningún aeropuerto, no son los controladores aéreos (que, por cierto, permanecen ajenos a este conflicto), y sus efectos se limitan a bomberos, señaleros y otros servicios complementarios, salvo que, llevados del ardor guerrero de su protesta, organicen sabotajes, apaguen los paneles de información y otras bellaquerías que descarto. Porque tengo la máxima consideración hacia el colectivo profesional de Aena y creo que han errado el tiro en la defensa de unos derechos que ni siquiera están en cuestión. Por suerte, el despropósito es reconducible si se corrige el desaguisado a tiempo, tanto por parte de los sindicatos como del Ministerio de Fomento. Pero me temo que, en buena parte, el daño ya está hecho.

No podemos seguir tirando piedras sobre nuestro tejado, que es una forma de autolapidación, retomando el segundo párrafo de nuestro alegato descorazonado, que no descreído, desde un sindicalismo todavía creyente. Quiero pensar que las siglas e ideas de las centrales que han contribuido a hacer de este un país menos injusto y, en la medida de lo posible, democrático, enderecen el rumbo antes de que sea tarde.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

Respuesta a HUELGA DECIR QUÉ DESASTRE

  1. Pepiño

    Me parece razonable la disgregación que haces de los hechos, salvo en que deberíamos tener en cuenta que los sindicatos en este pais estan finaciados por el gobierno y que si no han llegado a un acuerdo es por que no les da la gana o no ha recaudado suficiente.
    Los trabajadores de Aena una vez mas serán puestos en entrdicho y pagarán los platos rotos de una fiesta en la que no participan y en la que les ha dejado en la puerta manifestándose de forma pacífica y si fasridiar a nadie, pasense por las acampadas pacíficas que se realizan en las terminales de sus islas y los verán.
    Veremos los resultados al final de banquete y luego sacaremos conclusiones.

     

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