EL ‘PACÍFICO’

 

A la mañana siguiente de un terremoto devastador, hay gente confusa deambulando por las calles en busca de parientes vivos o muertos, hay una impronta solidaria y personas velando las ruinas, que legitiman su propiedad frente a los intrusos. Después, con la ayuda internacional, llega la picaresca, entre réplicas. Haití, Chile, Japón…, Perú. Este dantesco seísmo japonés de repercusión nuclear (8,9º en la escala de Richter) me retrotrae al de Perú (7,9º, el 15-08-07), que mi suegra, Emilia Cárdenas Verde, lectora de García Márquez, describió, con un pie en el realismo mágico, como “un caballo loco que no paraba de saltar”. No se sabe lo que es un terremoto hasta que se vive. A pocos metros de nosotros, en la carretera del balneario de Huacachina al centro de Ica, unos jóvenes apocalípticos gritaban al cielo, mientras la tierra se movía como una cama de agua: “¡Es el fin del mundo!”.

Las imágenes del tsunami nipón son escalofriantes: la crecida arrastra los barcos tierra adentro y acarrea coches y casas que flotan como juguetes; de algunas ventanas asoman manos que enarbolan sábanas pidiendo socorro quizá inútilmente. En el terremoto de Ica (Perú), en el mismo océano que el tsunami japonés al que Magallanes paradójicamente halló en calma en el siglo XVI y lo denominó Pacífico, las víctimas, que se contaron por centenares, vivían, al contrario que las de Tokio, en casas de adobe (una mezcla funcional de barro y quincha, paja seca), desmenuzadas por el temblor. En el Hotel Paracas, una turista sevillana vio venir hacia ella el mar mientras se columpiaba, y todos corrieron por la arena huyendo del maretazo que les pisaba los talones. El periodista Javier Cabrera vio en la Plaza de Armas de Pisco los cadáveres alineados envueltos en un olor dulzón. Durante días soportamos las taquicardias de la tierra. Se viven escenas dramáticas que traumatizan. A mis sobrinos peruanos les entra pánico cada vez que sienten algún remezón en un país sísmico por naturaleza. El viernes, el susto se extendió de Canadá a Chile, esperando el tren de olas del noreste de Japón. Asia está próxima a Perú y se imitan los eventos telúricos. Aquella tarde, el taxi en que íbamos Lucía, Javier, Joaquín y yo hacía zigzag, el cielo se iluminó de color violeta y se fue la luz. En medio del apagón mucha gente quedó atrapada entre escombros: en la Iglesia de San Clemente, durante la misa, doscientos feligreses perecieron sepultados y sólo se salvaron el cura y un bebé. El pueblo dijo “¡milagro!” Cuando volví al año siguiente, el cura se había ido.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 2 comentarios

2 Respuestas a EL ‘PACÍFICO’

  1. Marina Miró

    Me ha gustado tu articulo de hoy Carmelo porque uno intuye del mismo la huella que te dejo aquel terremoto del Peru de tal manera que- por una cuestión terrible, fortuita y casual- cambio tu vida para siempre. Para ti con suerte. Ojalá tengan la misma todos los ciudadanos japoneses que de enfrentan ahora a la recomposición de sus vidas.

     
  2. Cuchi

    Nunca he sabido qué puede ser peor: un terremoto o un tsunami? Creo que ambos fenómenos naturales son tan terroríficos y devastadores que sólo pensarlo me invade el miedo a una posible experiencia de ese tipo.
    Por eso, cuando pienso en Japón sólo me queda pedirle a Dios por esas miles de personas que están viendo una pesadilla estos días.
    El sábado de Piñata del Carnaval paseaba por las calles de Santa Cruz y me sentí tan afortunada de estar viviendo ese momento. Nuestra ciudad era la antítesis de lo que vivían los japoneses en su país. Aquí todo era jolgorio, alegría, música, baile, en fin, una fiesta. A mí me venían a la cabeza las imágenes de los informativos de ese día, sobre todo cuando el agua invadía la tierra y arrasaba todo a su paso…
    Esperemos que Japón resurja como una Flor de Loto, que para muchos países asiáticos (la verdad no sé si para Japón también) simboliza renacimiento y prosperidad.

     

Añadir comentario