LAS IDEAS DEL PROFESOR DORESTE

 

Japón vive su destino bajo un síndrome nuclear que se remonta a los días apocalípticos de agosto del 45 en que cayeron sobre su cabeza las bombas de Truman en Hiroshima y Nagasaki. Y ahora, en esta crisis de la central de Fukushima que resucita el fantasma de Chernobil (1986), los japoneses reeditan el miedo histórico de sus abuelos y reaccionan con el estoicismo y disciplina de un habitante sísmico responsable, pero también con el fatalismo de un pueblo marcado por la amenaza atómica.

Japón era estos días el tubo de ensayo de un experimento, si evitaba la nube radiactiva, habrían salido reforzados los defensores de la energía nuclear, pero si, como parece, las vasijas de los reactores quedaban como un colador y dejaban escapar las partículas camino de Tokio, el debate lo ganaban los ecologistas. La autoenmienda de Merkel imponiendo una moratoria de tres meses en Alemania, la doctrina de la UE de revisar todas las centrales, la declaración de Zapatero a favor de cerrar las más antiguas, todo apunta a que los detractores han encontrado el argumento para recuperar terreno, si bien ha de darse por descontado que la energía nuclear seguirá conviviendo con las demás (petróleo, carbón, gas y renovables).

El temor a una crisis energética al que ya se enfrentaba el mundo con el conflicto libio (el petróleo se encareció), ahora se ve agravado por las consecuencias de la debacle económica de la tercera potencia a causa, no ya sólo de los daños del terremoto y el tsunami, sino de esta catástrofe nuclear, como refleja el hundimiento del índice Nikkei. Llueven los interrogantes sobre lo que nos espera.

A estas horas es una evidente incógnita hasta dónde llegará el impacto del caos japonés en la economía occidental que va camino de un lustro de crisis profunda. Ya se sabe, en lo que respecta a la energía nuclear, que algunos países –Japón entre ellos- habían descuidado las condiciones de seguridad de sus plantas, diseñadas, en efecto, para resistir eventos telúricos, pero ya en un terremoto anterior (2007), de menor intensidad, salieron a relucir las precariedades de los reactores. Y esta vez ha fallado el sistema de refrigeración, como consecuencia de los embates del maremato más que del fortísimo movimiento sísmico de 9 grados en la escala de Richter. Metafóricamente, las nevadas y bajas temperaturas de que hemos disfrutado estos días en esta parte del globo, contrastan con el recalentamiento de los reactores japoneses, que han tenido que ser bañados con ráfagas de agua por aire a la desesperada al fallar todos los sistemas de refrigeración.

En las islas, donde según el catedrático de ingeniería nuclear de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Lorenzo Doreste, no cabe pensar ni remotamente en la construcción de pequeñas centrales nucleares (como sí propone otro experto, Benicio Alonso), no debemos responder con indiferencia ante esta polémica internacional sobre el futuro de dicha energía. La posible creación de una planta nuclear en Marruecos, que ya originó hace unos años cierta controversia entre nosotros, plantea las mismas reservas que ahora en Japón: ¿con qué crédito, con qué garantías de seguridad?

Las ideas del profesor Doreste invitan a hacer las cosas bajo cierta racionalidad. En lugar de abrir centrales nucleares en el archipiélago, abrir laboratorios de control del índice de radiactividad de los alimentos, empezando por la leche que consumen los niños. Y en los relojes de la vía pública, además de marcar la hora y la temperatura, informar del estado de la radiactividad ambiental, que se mide en milieseverts. Y si en verdad nos preocupa el tema, añade otras sugerencias: prevenir la nocividad a su juicio irrefutable de las ondas electromagnéticas generadas por la telefonía móvil, evitando un uso abusivo de ésta y la exposición a las mismas de la población infantil. El profesor Doreste pone el dedo en la llaga, al espetarnos a la cara que solemos eludir la responsabilidad colectiva. Y nos señala con el dedo: “Si usted no hace algo por evitarlo, es culpable también,” en referencia a los campos electromagnéticos y sus letales consecuencias en la salud de los seres humanos y los animales.

Doreste, nieto del legendario periodista ‘Fray Lesco’, sabe bien hacia dónde dirigir las palabras para que duelan y surtan efecto. Insiste. Insta a cada ciudadano a luchar contra la contaminación electromagnética, so pena de incurrir en una “responsabilidad criminal”. Éste es su último dardo: “Si usted tiene niños y bebés, su responsabilidad es infinitamente mayor”. Japón no es todo el problema; parte del problema estaba, por tanto, más cerca. Está aquí mismo. Las recetas del profesor Doreste me parecen de un aplastante sentido común y, como no podía ser de otro modo, estoy convencido de que, como todas las opiniones cargadas de razón, serán tiradas a la papelera por quien corresponda.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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