MAÑANA EN LA PRIMAVERA

 

Mañana. El último pleno del Parlamento de esta legislatura (mañana y pasado) será el último de diputados y diputadas (los que no lo saben aún, pendientes de los descartes de las listas de sus partidos, lo sospechan), que no concurrirán a las elecciones del 22 de mayo, y de quien voluntariamente se retira de la política, como anuncia Dulce Xerach Pérez en su blog. La democracia, esa bandera generacional agitada en los 70, como ahora en los jóvenes rebeldes de la ribera meridional del Mediterráneo, se ha ido decolorando en una España de entresiglos desencantada que tilda a los políticos de tercer problema del país y se cruza de brazos entre bostezos. El reciente aniversario del 23-F, que fue un palo en la rueda de la democracia, apenas suscitó guiños de estupenda efeméride anecdótica, cuando fue el intento de tirar por la borda toda una obra de ingeniería concebida para que la libertad levantara vuelo; el tiempo borra las sombras a toda prisa. Cien años de Celaya refrescan la memoria de dónde veníamos antes de llegar aquí. Pero se olvida. Ha ido conformándose (o confirmándose) la figura del demócrata taciturno. Hay síntomas de un agotamiento democrático prematuro, como demuestra la abstención, que es como una triste apostasía a ojos de un joven del continente vecino que ahora mismo se juega la vida por el derecho a votar algún día por fin. Esta querida democracia nuestra defectuosa bajo capas cebolleras de corrupción, partitocracia y gresca, está de quirófano, desde luego, pero ¿quién llama al cirujano? En su lugar, campa la decepción más distraída. Ha acabado instalándose en una opinión pública pasiva y ‘desdemocratizada’ un concepto pésimo de la clase política, a la que desacreditar como deporte, sin más catarsis. Hemos descendido al desprecio de los parlamentos. Con quienes esta semana abandonan el escaño y vuelven a la condición de ciudadanos de a pie tras años de ‘politikos’, una sociedad democráticamente adulta daría valor en correspondencia al servicio público prestado, pero la imagen actual de sus señorías, merecida o no, arruina ese consenso del adiós para una digna despedida. En esta caída por el tobogán de la generalización, pagan justos por pecadores. El pim pam pum sistemático al político contemporáneo hace del elogio del parlamentario-a algo grotesco y políticamente incorrecto. Mientras, la juventud norafricana (ahora en especial digamos la libia), se abre las carnes por amor a la democracia en flor mañana en la primavera.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Añadir comentario