PATARROYO LLENARÁ EL MUNDO DE VACUNAS BARATAS

 

 

Acabo de hablar con un hombre feliz. Manuel Elkin Patarroyo. Venía de sufrir uno de los frecuentes atascos de tráfico de Bogotá estos meses y me atendió amablemente por teléfono, no sin antes querer explicarme tales motivos del retraso. “Es que tenemos un alcalde”, dijo sin perder el humor que le caracteriza, “que se ha empeñado en levantar todas las calles a las vez y no ha terminado aún ninguna de las obras. Perdón por la demora”.

Tuve el atrevimiento de pretender que el científico más solicitado del mundo desde el lunes me concediera sobre la marcha una entrevista en Radio Club y, como siempre, hizo un hueco en el fenomenal ‘colapso’ de su agenda. “¡Marta!”, llamó a su secretaria sin tapar el auricular del teléfono en la Fundación del Instituto de Inmunología que dirige en la capital de Colombia, “¡qué tal tengo el día!” Puso la hora, y cuando el embotellamiento se lo permitió, empezamos a hablar. Le puse, en dúplex, a su buen amigo Basilio Valladares, de visita en Madrid, y a Enrique Martínez, en los estudios de la emisora en la Avenida de Anaga. A los tres los conocí juntos hace unos doce años, cuando hice la primera de una decena de entrevistas a lo largo de estos años al padre de la vacuna contra la malaria.

Este ha sido un lapso de tiempo tumultuoso en la vida de Patarroyo. Le han pasado muchas cosas, suficientes para acabar con la capacidad de aguante de un común mortal y hacerle desistir. Hoy estaba feliz, como digo, porque treintaitantos años después de sus primeros escarceos en la ciencia de las enfermedades infecciosas, había revelado, por fin, en la revista norteamericana de química más importante del mundo, ‘Chemical Reviews’, el resultado de sus deslumbrantes descubrimientos: nada menos que el método para obtener vacunas sintéticas contra más de medio millar de enfermedades infecciosas (malaria, desde luego, y un listado interminable: tuberculosis, papiloma humano, hepatitis C, neumonías, meningitis producidas por bacterias, sífilis, dengue, cólera, herpes…., hasta llegar al terrible Sida), que afectan a dos terceras partes de la humanidad y ocasionan 17 millones de muertes al año. Un trabajo “fuera de serie”, según la prestigiosa publicación que sale a la luz esta misma semana.

Patarroyo –lo saben muy bien sus amigos y colaboradores más cercanos, lo sabía su sabio padre cuando le decía, “no temas, hijo, se dispara al que está arriba”- viene de sufrir un infierno que ha durado un cuarto de siglo, desde el momento en que alumbró su primera vacuna sintética contra la malaria y la donó a la humanidad entregándola ingenuamente a la OMS (la todopoderosa Organización Mundial de la Salud), que la metió en una gaveta, la comprobó de mala gana en África para desecharla de antemano y dar tiempo a los laboratorios farmacéuticos a conseguir otra vacuna alternativa, que fuera puesta a la venta y opacara a la gratuita del ‘samaritano’ investigador colombiano. Desconocían sus enemigos los pilares humanísticos de este hombre de sonrisa fácil, las promesas teologales al padre desde el primer brindis a la salud de los pobres, y la indomable voluntad de hierro con que le dotó la naturaleza desde que de niño se sentía un pequeño Sansón. Esta es la culminación de sus indagaciones sobre los múltiples paraderos de los parásitos, de las que hizo, años atrás, un avance en el Salón de Actos de Caja 7 en Santa Cruz de Tenerife. Aquella tarde no la puedo olvidar, porque el científico se excedió en consideraciones hacia mi persona. Me dijo, al término de una entrevista previa: “Te espero para que oigas la conferencia. No te la puedes perder”.  Cuando llegué con cierto retraso, no podía imaginarme que el propio Patarroyo me esperaba –literalmente, como dijo- en la puerta para dar comienzo, con la sala llena de público, que no entendía el porqué de la demora estando el conferenciante presente.

No quiero extenderme en este artículo sobre Patarroyo, que acaba de ser algo así como rehabilitado dentro de la comunidad científica internacional con esta sorprendente difusión de un número casi monográfico dedicado a él y su equipo (lo acompañan en la coautoría Adriana Bermúdez y su hijo, Manuel Alfonso Patarroyo), porque del hombre que nos ocupa estaría hablando por escrito todo el día sin agotar las peripecias de su vida y obra. Cuando casi se ahoga en el Amazonas ebrio de felicidad tras descubrir su vacuna primigenia. Cuando estuvo a punto de perecer en las arenas movedizas de la selva. Cuando un banco español le embargó el laboratorio por las deudas ajenas de la institución que lo había acogido, y cómo consiguió salvar sus moléculas sagradas y guardarlas a buen recaudo hasta recuperar el aliento y la financiación. Años de parálisis e indigencia científica, mientras los grandes lobbies farmacéuticos (y algún que otro ‘magnate’ como Bill Gates) tiraban el dinero patrocinando experimentos abocados al fracaso. El apoyo de la Reina Sofía en España en medio de aquella travesía del desierto. Las noches en vela y las pesadillas en que soñaba con la muerte, que combatió con el ‘vodka a vodka’  como Poe con absenta, o su admirado Hölderlin con cerveza para escribir poemas de la locura. Patarroyo ha sobrevivido, por ùltimo, nuevamente a la muerte, víctima de una enfermedad real que parecería una paradoja: el detective que persigue los virus para exterminarlos casi la palma a causa de una feroz infección hospitalaria.

Esta vez se va a salir con la suya, va a llenar el mundo de vacunas baratas; aprendió la lección de las burlas de la OMS, y mediante consorcios estatales pondrá su hallazgo a salvo de la codicia de la industria farmacéutica de un modo inteligente y tajante. Cuando parió en el 86 la vacuna sintética contra la malaria, le ofrecieron más de 70 millones de dólares por la patente y los rechazó en un acto irrepetible de generosidad desmedida que Cervantes habría atribuido al personaje de su famosa novela: donó la vacuna a la humanidad, como queda dicho. Ganó el Premio Príncipe de Asturias y ahora va camino del Nobel, su destino irrevocable.

El catedrático de Parasitología de la Universidad de La Laguna, Basilio Valladares –cuyo corazón parece gemelo del de su amigo Patarroyo- anunció en este diálogo entre los tres que el científico colombiano dará una conferencia el 6 de junio en Tenerife, en la universidad de la que es doctor honoris-causa, dentro de un homenaje por el décimo aniversario del Instituto de Enfermedades Tropicales, que él inspiró en los días que los conocí tramando algo grande (en Navarra, paralelamente, le concederán el Premio Príncipe de Viana de la Solidaridad 2011). Ambos, en esta ocasión, pusieron por las nubes a Ana Oramas. Cuando era alcaldesa de la ciudad Patrimonio de la Humanidad, lo invitó a dar una conferencia dialogada, y me cupo el honor de ser el periodista encargado de encauzar aquella disertación. Ahora, Patarroyo le agradece cierta intermediación ante las autoridades españolas en defensa de su labor. Enrique Martínez, el decano de Farmacia de La Laguna, añadió que en este reencuentro con la isla podrá sentirse orgulloso de sus fans canarios, porque han levantado, en efecto, el centro que apadrinó hace diez años y porque acaban de fundar una plataforma de investigación  de enfermedades tropicales, el Campus Atlántico Tricontinental, que es ‘patarroyo cien por cien”.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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