LA DIGNIDAD HUMANA

 

Gallardón quiere que su partido lleve en su programa electoral una ley para retirar de las calles a la fuerza a los mendigos e indigentes, que malogran la postal de la ciudad. Una iniciativa que, en su caso, debería estar precedida, sostiene, de la dotación de recursos pertinentes (albergues, camas, comedores) para acoger a quienes se resisten a abandonar la calle en flagrante “uso privativo de un bien público: aceras y plazas. Este es el debate de Rudolph Giuliani en Nueva York; el alcalde del 11-S limpió en los 90 la ciudad de sin techos, prostitutas y grafiteros (su razia llevaba por título ‘Estrategia policíaca número 5’) fue contestado, primero, y felicitado después. Cuando paseé por la Gran Manzana, antes y después del atentado de las Torres Gemelas, el típico ‘homless’ se cuidaba de no hacer ostentación de su bohemia y procuraba gallofear a escondidas.

 En las calles de Europa, los alcohólicos errantes están mal vistos. En nuestras ciudades de las islas, otro tanto, porque dan mala imagen turística y se apropian de espacios comunitarios como parques y ramblas provocando un evidente rechazo social. Los alcaldes se callan lo que piensan, salvo ahora Gallardón, que verbaliza con esta propuesta a lo Giuliani una idea políticamente incorrecta. Este es un debate con trampa que se viste de solidario aunque supure un grado de intolerancia ‘intolerable’. Convengo, si acaso, con el alcalde de Madrid en que si a estas alturas de la democracia existen los medios de asistencia necesarios, es una ignominia consentir que vagabundeen como perros abandonados personas de ambos sexos derrotadas por los traspiés de la vida. Nos compadecemos de la biografías elegidas de actores, cantantes y famosos cualesquiera que acabaron durmiendo al raso junto a un tetrabrik de vino estragados por una depresión, un divorcio que les abrió las venas, una deuda que los enloqueció o el veneno de la droga.

Pero ignoramos o hacemos caso omiso de las otras historias individuales o familiares que expulsaron a las sentinas de la sociedad a los parias habituales de la calle: matemáticos, sin embargo, o periodistas, abogados, poetas, junto a marginales de toda la vida. La crisis ha reventado a personajes selectos y cuando la acompaña la locura, el resultado es un insumiso que se niega a que Gallardón lo lleve a la fuerza al albergue a comer y dormir. Mendigos que cayeron del cielo se confunden con los que estaban abajo. El submundo de la calle se rige por reglas paralelas de subsistencia. Muchos prefieren pasar la noche sobre un cartón en su cajero dormitorio a entrar por el aro del albergue, por temor a que le roben, le sacudan, le quiten de en medio. Durante años vi sin salir de mi asombro, noche tras noche, a una familia de buen aspecto dormir a la intemperie a pie de calle cerca de la Plaza de Weyler. Padres e hijos ambulantes, imponiéndose esa especie de castigo, sin ninguna lógica aparente. Hasta que un día normalizaron su situación y desaparecieron. He vuelto a ver al matrimonio paseando por la calle del Castillo, con el mismo estilo impecable de entonces.

Cada persona es un mundo. La doctrina Gallardón peca de señoritismo al que le ofende el mendigo que le afea el paisaje. La ley que deberían votar todos los partidos es la que resuelva el problema de la indigencia en todas sus vertientes: económica, psicológica y sanitaria. Sólo una norma que instaure un cuerpo profesional de asistencia especializada en casos extremos de pobreza y exclusión social, en aras de integrar a las víctimas –nunca de modo coercitivo, o volvemos a la ley de vagos y maleantes-, integrarlas de verdad, resucitarlas para el vivir digno, acertaría de pleno. Porque no otra cosa está en juego, sino la dignidad humana.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

Respuesta a LA DIGNIDAD HUMANA

  1. Tinguaro

    La mendicidad, los vagabundos, la prostitución … forman parte de la historia de la Humanidad desde tiempos inmemoriales. Que se deba actuar para ayudar, sí. pero nunca de forma coercitiva. Gallardón quiere “arrayarse un millo” y queda en ridículo y en fuera de juego o, como decíamos de pequeños, en “or say”

     

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