LA MUERTE DE LA IZQUIERDA

 

El ascenso de la ultraderecha en Finlandia confirma un síntoma que viene manifestándose, elecciones tras elecciones, en casi toda la geografía europea. Hemos pasado del escepticismo imprudente de los primeros brotes, más antiguos de lo que nos parece, y de aquella cierta incomodidad que finalmente produjeron Haider y Fortuyn, en Austria y Holanda –ambos ya fallecidos, por cierto, en circunstancias dispares: un accidente de tráfico y un atentado, respectivamente-, a una evidente zozobra estos días ante la sospecha contrastada en Helsinki de que el populismo fascista gana terreno en la libérrima Europa de los mercaderes cegados por la crisis.

Se da la circunstancia de que conceptualmente el populismo en América es de corte izquierdista y, con titubeos y dificultades, se sostiene en el poder en Venezuela, Bolivia, Ecuador o Nicaragua. Los recientes comicios en Perú revelaron un hartazgo del electorado, que, tras una década de los gobiernos democráticos tradicionales, con Alejandro Toledo y Alan García, ha girado hacia un doble populismo radical encarnado por el excomandante insurrecto Ollanta Humala (el lobo feroz de la izquierda peruana, que esta vez cambió arteramente de padrino abrazándose a Lula antes que a Hugo Chávez) e interclasista representado por la neófita Keiko Fujimori, la hija y discípula aventajada del exdictador condenado a 25 años de cárcel como autor intelectual de la matanza de opositores. A Mario Vargas Llosa, la mera hipótesis de que se diera este resultado en la primera vuelta, con la pareja de candidatos peor vista por el último Premio Nobel de Literatura copando las dos plazas, por ese orden, se le antojaba, ante la hora final de la segunda vuelta, una disyuntiva “entre elegir el cáncer o el Sida terminal”. La pesadilla del autor de ‘La fiesta del Chivo’ es la posible victoria en junio de Keiko, que indultaría a su padre bajo cualquier añagaza compasiva maquillada de legalidad, o sea, al político que defraudó a los peruanos dándose un autogolpe de Estado después de derrotar en las urnas al escritor de Arequipa.

En América, la izquierda, mal que bien, gobierna, desde la potente Brasil al ‘paisito’ Uruguay. Atrás quedaron los años de plomo de las célebres dictaduras de Pinochet (Chile), Videla (Argentina) o Stroessner (Paraguay). Incluso, en el norte del continente gestiona los destinos del imperio un demócrata negro, cuyo reto consiste en no traicionar el populismo progresista del que se revistió con éxito hasta llegar a la Casa Blanca.

Pero Europa es otra cosa. Europa viene alimentando el monstruo ultra sin errar el paso, legislatura tras legislatura. Invita a reflexión el soliloquio conservador y ultra de los dos primeros partidos de Finlandia, y el hecho de que el segundo país más feliz del mundo, según el Gallup World Poll, sea caldo de cultivo de una fuerza de extrema derecha, que, de llegar al Gobierno en coalición con el primer partido, pondría a la UE en aprietos para llevar a cabo los rescates pendientes en la eurozona (Portugal en lista de espera). Cuesta entender, a su vez, que otros estados igualmente tocados por ese índice ‘nirvana’ de la dicha colectiva pequen de lo mismo, de partidos fachas emergentes. Hablo de Holanda, por ejemplo.

La crisis está pulverizando a la izquierda en Europa, donde la mayoría de las naciones tienen gobiernos de signo conservador, a excepción del portugués en la cuerda floja, el griego con la credibilidad por los suelos, y el español de Zapatero de capa caída. Esa derecha rampante y sus extremidades ideológicas más infumables, como este partido sorpresa, ‘Verdaderos finlandeses’, liderado por el elocuente eurodiputado Tirno Soini, que ha multiplicado por 8 su representación parlamentaria, se adueña, por tanto, de un proyecto que se viene construyendo desde hace más de medio siglo bajo apremios de libertad y solidaridad irrenunciables: la Unión Europea (la que amenazó con sanciones a Austria por aceptar a ministros de Haider en el gobierno en el 2000). La culpa no se reduce a grupúsculos carcas, filonazis, xenófobos y demás hierbas que se reproducen de padres a hijos (los casos de Marine Le Pen y Keiko Fujimori), sino abarca, asimismo, a la errática izquierda de este siglo, que boquea como un boxeador noqueado, sin renovar ideas ni estéticas, hasta resultar burdas, incapaces y aprovechadas (mala imitación del estigma de enriquecimiento ilícito que persigue a la derecha, a esta España de finales de mandato me remito). La izquierda tendrá que pasar su purgatorio en las próximas décadas en una Europa que se proclama conservadora por la ineficacia o caducidad de las políticas engreídas de aquélla.

Si los partidos sobreviven como tales en los sobresaltos de la historia que nos aguardan a corto y medio plazo, la nueva izquierda será, en todo caso, otra cosa. La vieja ya ha muerto. Descanse en paz.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

Respuesta a LA MUERTE DE LA IZQUIERDA

  1. victorio

    Apreciado Carmelo: suscribo, íntegramente, este magnífico artículo tuyo. Te sugiero. aunque desconozco los aspectos legales, que lo publiques en tu antiguo periódico EL PAIS en la sección Editoriales dentro del apartado Tu Opinión. Estimo que sería muy interesante y, por supuesto, de una mayor difusión.

     

Añadir comentario