LA LECTURA ENLOQUECEDORA

 

Los libros siempre me trajeron por la calle de la amargura. Este mes de lecturas mil, despierta en la calle una curiosidad guardada celosamente por muchos lectores de puertas adentro. Recuerdo la escena de una amiga juvenil que me llevó a su casa, después de una tarde tonteando, y al entrar me condujo a la cocina donde, sobre un atril, tenía abierta una edición de tapas duras del Quijote, y el resto de la velada la dedicó a leerme en voz alta, en un ritual conmovedor, las peripecias imaginarias escritas por Cervantes. Tenemos un ‘sexo’ sentido al leer un libro que nos maravilla. Leo a todas horas siempre que puedo; de ahí lo de la calle de la amargura: a menudo faltan horas para leer, porque vivimos haciendo cosas, y la lectura no figura formalmente dentro de las obligaciones de esa labor. Cuando hice la mili, recalé –a sugerencia del comandante Pallero- en la biblioteca militar de la Rambla de Pulido. O sea, pasé dos tercios del servicio militar leyendo. Un día se cayó el techo de la biblioteca y ayudé a repararlo, de ahí que el teniente me llamó, al cabo de varios meses, para anunciarme que mi servicio a la patria concluía el día equis, cinco semanas antes de lo previsto, como compensación por las tareas de desescombro y techado del recinto. Me dio un disgusto y le pedí que olvidara la incidencia y pasara por alto la dispensa. Quería terminar de leer unos cuantos libros que tenía pendientes. Me fue concedida la prórroga. Por leer he robado horas al sueño. Si cuento que no ha sido por leer novela negra –a la que me aplico, por cierto, ahora con apetito-, sino por despacharme la poesía completa de Whitman o Juan Ramón Jiménez y a Borges o a Joyce, me darán por loco como ese lector yacente de periódicos de la Avenida de Anaga, que de noche y sin apenas luz de la farola, lee en voz alta las noticias y las comenta antes de dormir en la calle. Como si leer lo trajera, también a él, por la calle de la amargura.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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