EL MONÓLOGO POLÍTICO

 

No es de recibo el mandonismo de los partidos en esta campaña electoral recién inaugurada. La proliferación de ruedas de prensa ‘sin preguntas’, al estilo Mourinho víspera del clásico del Bernabéu, abochorna en una democracia que se dice consolidada. En los círculos periodísticos de Madrid –con González Urbaneja, presidente de la asociación de prensa de la capital de España, a la cabeza- se digiere mal esta cacicada política oscurantista, y determinados comunicadores –en un número que crece por momentos- alientan desde las redes sociales una suerte de periodismo pasivo, inédito en España –reflejo de lo excepcional del caso en campañas electorales-, consistente en levantarse y dar media vuelta si el candidato de turno osa convocar a los medios y se niega a someterse a la ronda de preguntas pertinente.

Dejar al político plantado es una medida extrema en una profesión que vive de la palabra, la declaración y el titular, pero la insolencia –diría también que la insolvencia democrática- de un dirigente público reacio a dar respuestas a las preguntas que el profesional considere oportunas, revela que el sistema de libertades que nos hemos dado está bajo mínimos. Cómo, si no, dar lecciones de libertad de expresión a regímenes de otras latitudes que con tanta facilidad reprendemos cada vez que trasciende alguna restricción periodística –caso de Hugo Chávez en Venezuela y similares-.

Tanto la APM como la FAPE (Federación de Asociaciones de Prensa de España), a través de un manifiesto específico, repelen este sistemático atropello con las ‘armas’ del oficio. La presidenta de la FAPE, Elsa González, demandó la unidad del gremio ante el dirigismo partidista, mediante la firme determinación de los medios de comunicación de no enviar periodistas a las ruedas de prensa sin preguntas, en lo que ya constituye una ‘revuelta’ de la prensa contra el monopolio de la palabra en el ámbito de los partidos.

El debate de fondo, que coincide con el Día Mundial de la Libertad de Prensa (3 de mayo), es la pluralidad informativa, de una parte –esencia misma de la democracia, vaya papelón el de los partidos en vísperas de las novenas elecciones locales-, y de otra, nada menos que el carácter informativo y no propagandístico de las opiniones electorales. Cierto que la propia ley –en particular, el artículo 66 de la norma vigente, una versión reformada de la regulación en materia de Régimen Electoral General- favorece el uso abusivo de la televisión por parte de los partidos, al autorizarlos a difundir en los canales tanto públicos como privados sus infumables bloques electorales, de acuerdo con la proporción de votos obtenida en las últimas elecciones. La ‘mercancía’ publicitaria sustituye así al antiguo contenido de la información electoral, que se regía por criterios periodísticos y no políticos. En esta escalada se arbitra un calendario incalificable de conexiones de los medios con los canales oficiales de los partidos.

La espiral del control partidario de la distribución de los mensajes políticos en España venía ganando terreno en sucesivas convocatorias electorales, mediante un empecinamiento infantiloide de los jefes de campaña en marcar los tiempos y epígrafes de los debates hasta rayar en el paroxismo y en el mayor de los ridículos. Las relaciones políticos-periodistas no han sido buenas nunca en campañas electorales, pues aquéllos han recelado siempre de éstos y ambicionaban someterlos a su égida obsesiva en los períodos de examen popular, cada cuatro años; ahora, al fin, consiguen, con ayuda de una ley diseñada a su medida, ‘vender’ toda la casquería contra el adversario y las loas al propio candidato como si de burda publicidad se tratara, a la vez que, animados por esa deriva, reducir al periodista a la condición de ‘chico de los recados’. Olvidan que de ese modo resucitan el viejo espíritu del Ministerio de Información y Propaganda, de los años 60, en mitad de la dictadura.

 Esta campaña al ‘dictado’ no hace sino abundar en el desencanto político, ya no sólo del ciudadano, sino, además, del periodista, llamado a ser el aliado natural de todo buen dirigente. Las ruedas de prensa sin preguntas -el monólogo político- son una aberración: dejan al ‘mensajero’ con la miel en los labios. El partido usurpa su papel y ejerce de juez y parte, no ya sólo en la justicia (como va quedando demostrado), sino, por último, en el periodismo, defenestrado como ‘cuarto poder’, que se le resistía con la daga de la libertad de expresión.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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