EL PODER

Pactar es lo convenido y lo conveniente en Canarias. No es nuevo, ni será prescindible a lo largo de mucho tiempo en el horizonte, toda vez que las mayorías absolutas en el Parlamento (31 de 60 diputados) no parecen estar, ni de lejos, al alcance de los actuales partidos. Se ha demonizado con mucha ligereza el sistema electoral canario, que, siendo perfectible, ha respondido a lo que querían de él los grandes partidos garantes de la autonomía: que consolidara fuerzas archipielágicas consistentes y evitara la atomización de la cámara, algo que en los albores del autogobierno generó no pocos sobresaltos rayanos en la ingobernabilidad (el socorrido voto 31, amén de las agrupaciones insularistas predispuestas a bloquear los presupuestos bajo la añagaza de que lesionaban los intereses de un solo territorio, etc.). Hoy tenemos una autonomía reglamentada, cuyas barreras electorales, con ser altas, no han impedido la entrada en el hemiciclo de Nueva Canarias (3 escaños), un chorro de aire fresco y pluralidad al debate. Y una autonomía que ha de mejorar sensiblemente (en su mecánica legislativa, en su apertura a la sociedad, en su trato a las iniciativas populares, en su eficacia y rendimiento y en su austeridad y recorte de privilegios). Vengo deslizando la idea de que se han hecho necesarias escuelas de democracia. No es ninguna tontería. Los cachorros del 15-M piden rápidos retoques al sistema para que sea más participativo, transparente y útil. Añado que para que la democracia funcione ha de estar pilotada por políticos con la debida cualificación; cada día chirrían más los dirigentes indocumentados, que se rodean de un excesivo aparato de asesores para cubrir sus deficiencias personales. A quienes restan mérito al resultado del domingo exfoliando las culpas del PSOE en virtud de la crisis e ignorando la apisonadora del PP, cabe recomendarles una relectura de episodios similares en otros países de Europa. Rajoy está, desde este 22 de mayo, revestido de toda la autoridad moral para requerir (como hizo este lunes ante su comité ejcutivo) un adelanto electoral, que, debidamente convocado sin estridencias, debe enmarcarse en lo que llamamos normalidad y que los mercados esperan de un estado inestable ‘per se’como el español. No hacerlo, acaso alimente sospechas e incertidumbres, que desestabilicen la economía aún más (como sucede con las restantes economías de los países ‘pigs’). Respecto a Canarias, los diques nacionalistas han resistido el tsunami popular, y ese empate a 21 escaños (pese a la diferencia de votos a favor del PP) avala los dos estilos antagónicos dentro de la política canaria que encarnan Paulino Rivero (CC) y José Manuel Soria (PP). Un pacto virtual entre CC y PSOE para cogobernar la comunidad autónoma y numerosas instituciones sin mayoría absoluta, formaría parte también de la normalidad. Al PSOE de José Miguel Pérez, herido de muerte por los estragos de sus familias escindidas y la pérdida de marca por la crisis, ese pacto le viene bien para maquillar la severa derrota, y a los nacionalistas les resuelve por el camino más asequible tanto el gobierno como las corporaciones con mayoría simple (algunas tan sensibles como su feudo Santa Cruz de Tenerife, La Laguna y el Cabildo de la misma isla). Nada impide, sin embargo, que se imponga cierta incoherencia en los pactos en uno y otro nivel y asistamos a mayorías PP-PSOE en algunas instituciones, si bien parece inevitable el reencuentro de nacionalistas y socialistas, que gobernaron juntos por última vez en los primeros años de la década de los 90. De ese modo, el PSOE volvería a tocar poder 18 años después, como si su estadía en la oposición acabara de cumplir exactamente la mayoría de edad.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

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