GILBERTO ALEMÁN, QUE ESTÁS EN SAN BORONDÓN

 

Si Gilberto Alemán hubiera sabido que se iba a morir el Día de Canarias, habría sonreído de satisfacción. Le gustaban las fechas redondas, el 14 de abril por la República, y supongo que el 30 de mayo le habría parecido una estupenda ironía de la historia, tratándose de un nacionalista que no tenía pleito en el pico. En su última escala en el hospital, le quedaba apenas un hilo de voz`. “¿Sabes?, estoy a punto de cumplir los 80”. Y los celebró poco después como un drago con vocación centenaria. Ahora sospecho que le hacía ilusión llevarse esa edad consigo, como siempre quiso pasar del centenar de libros publicados. El último, sobre sus elfos de Anaga, lo presentamos juntos en CajaCanarias como cuando hacíamos periodismo los tres, Martín, él y yo, en la revista ‘Archipiélago canario’, o en su agencia de prensa independiente SID, o en las postrimerías de ‘La Tarde’, cuando se propuso reflotar el viejo catamarán donde yo había empezado a colaborar a los 12 años a las órdenes de don Víctor Zurita.

Claro que éramos, somos, seremos una panda de nostálgicos sin remedio. Con decir que Gilberto me brindó durante años las mejores horas confidenciales que he pasado con un amigo. Me sentaba a su mesa del Montecarlo al mediodía, tras la tertulia en ‘Tajaraste’, en Radio Club, y me hablaba de lo humano y lo divino: recordaba mucho a su padre Ventura, detenido y torturado con aceite de ricino, del día que lo vio tomando café con uno de sus delatores y aprendió una lección casi imposible de tolerancia. De su madre Luisa arrullándolo con un pie en la cuna y leyendo a “un tal Unamuno”. Del callejón de Briones, en La Laguna, donde Manolo y Pisaflores, dos barrenderos “moros”, le limpiaban las boñigas al ganado. De su amigo Manuel Hermoso, que le dio la alternativa en la política municipal, siendo él independentista, y el alcalde, de UCD. Me hablaba de Iris, su mujer, la concertista, hija de Álvaro Fariña y sobrina de Óscar Domínguez, familia artística y versada como su saga de los ‘Alemanes’. De sus hijas y de sus nietos, no saben ellos cómo los quería. De cuando fundó ATAN con Wolfredo Wildpret hace cuarenta años, y de cuando puso nombre a un volcán, el Teneguía, porque nadie sabía cómo llamarlo.

Era maestro y lo mandaron a enseñar a la escuela de El Tablado. Siete horas de camino pedregoso, un arriero y los libros a lomos del mulo. La Palma era un mundo. Cuando llegó, fue a la venta de Marcelino. Estaba llena y se sentó en el chaplón. De pronto, un hombre se abalanzó sobre otro con un cuchillo. “¡Te voy a matar!”. Gilberto se quedó blanco como la pared y todos se echaron a reír en su cara. Habían conseguido asustar al maestrito recién llegado.

Durante años mirábamos al mar desde allí, con sus ojos de Morgan Freeman, en su escaño del café Montecarlo, en la Avenida de Anaga, delante de un güisqui, que él llamaba ‘manzanilla’, y con el cigarrillo en la mano que por poco lo mata antes de tiempo. Hubo una época en que frecuentábamos de noche la casa que tenía en la calle Sabino Berthelot, y luego supimos que estaba vigilada por la policía. Corrían los años más turbulentos de la política canaria, cuando la transición daba paso a la democracia y Cubillo desde Árgel inflamaba las islas con su guerra orsonwelliana de las ondas. A Gilberto lo acorralaron hasta el punto que se exilió. Cuando regresó, partió de cero, y yo le vi las orejas al lobo de este oficio desagradecido, le daban la espalda, era un ‘apestado’ oficial, lo habían expulsado del paraíso. Porque Gilberto fue el enfant terrible por excelencia del periodismo canario en los 60 y 70, un Gay Talese que iba por libre, un raro, un gallo de pelea, cuya fatuidad lo traicionaba al filo de una timidez ególatra que imitaba a la soberbia. Se ganó la vida, entonces, reproduciendo en carpetas fotos antiguas en blanco y negro. Y algunas puertas se le abrían: Paco Padrón lo acogió en Radio Club (donde se despidió con el Teide de Oro en la era de Xuáncar) y volvió a ser Gilberto Alemán, un periodista de mucho cuidado, aquel que yo había conocido en El Día escribiendo como una metralleta las crónicas de la muerte y las revueltas por Javier Fernández Quesada y Bartolomé García Lorenzo, y el que fue llamado a dirigir este periódico, Diario de Avisos, que pasaría a manos de su amigo Leopoldo Fernández. Recuerdo nítidamente esos días. Cuando le dieron el Premio Canarias se le saltaron las lágrimas de la punta de los dedos cansados de aporrear la Olivetti entre mesas con olor a orín, que es a lo que huelen las buenas redacciones de periódicos, como decía Elfidio Alonso Rodríguez. Tenía premios para parar un tren, pero nunca tuvo dinero suficiente.

La FAPE le rindió el homenaje al periodista insurrecto que fue testigo de su tiempo a solas como un D.J.Salinger entre el centeno. Yo lo quise fraternalmente, filialmente, o éramos un par de conmilitones coetáneos por casualidad a los que la vida, siendo de generaciones diferentes, nos había puesto en el mismo camino, contra los mismos molinos. Me consta que tuvo lealtades y desafectos. Paco Pomares le dio alas cuando le concedió una columna diaria y editó sus obras de bolsillo. Miguel Zerolo lo nombró cronista oficial de Santa Cruz. Se ha ido uno de los últimos polemistas (que le pregunten a José Antonio Pardellas, dos discutidores bienavenidos). Se ha ido un poeta, un actor con tablas, que habría podido quedarse en Madrid, donde fregó vasos y platos para estudiar periodismo; se ha ido con viento fresco a ese sitio que los dos buscábamos con la mirada puesta en el muelle desde la cafetería, ese destino soñado para el que redactó, incluso, una Constitución, por si sonaba la flauta y salía a flote. Y, donde ustedes lo ven, resulta que el ‘puñetero’ islote salió y allí es donde él está como un cónsul.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

Respuesta a GILBERTO ALEMÁN, QUE ESTÁS EN SAN BORONDÓN

  1. Juan

    enhorabuena,he leído con mucho agrado su brillante articulo

     

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