FIEBRE DE SÁBADO: PACTOS AL ESCABECHE

La rebelión kamikaze del PSOE palmero, cuyo abrazo al oso PP en los pactos municipales de este sábado, atiza la hoguera del pacto autonómico con CC, es un episodio que desenmascara la verdadera realidad política canaria. El insularismo, denostado con razón cuando era marca exclusiva y excluyente del nacionalismo retrógrado de los años 80, penetra como por aluminosis en la hasta ahora monolítica estructura regional del PSOE, y pone de manifiesto que el método tiene éxito bajo cualquier sigla como expresión de un divisionismo inconfesable que caracteriza a la política -una vez quitadas las capas de la cebolla-, en la Canarias profunda. Esta, haberla hayla en la polícroma paleta política local.

No deja de ser una triste ironía que cuando el nacionalismo comienza a curarse su perverso insularismo ancestral, queriendo lábilmente homologarse entre los llamados partidos autonomistas, haya saltado la bacteria de una soja a otra contagiando a la fuerza históricamente vertebrada bajo una sola voz. Es un punto de inflexión en la acreditada vocación regionalista del socialismo canario, que guarda en su haber el espíritu Carballo Cotanda, el ‘Canarias es posible’ del saavedrismo que Manolo Padorno adverbializó con aquel ‘jerónimamente’, y todos los galones que han prestigiado a este partido de numantinamente disciplinado. Tampoco constituye la quiebra definitiva de una cultura de regionalismo y conmilitancia en el partido que ha sido hasta hoy referente de la unidad; es, eso sí, una prueba más de los tiempos que corren, bajo la losa de un estado ‘crítico’ generalizado, que descalabra la economía y los partidos y todos los proyectos de carácter colectivo. El ‘sálvese quien pueda’ y el individualismo más feroz encuentra así el terreno abonado, máxime en este período de interinidad que vive el PSOE en España y que en los militantes y cargos públicos, por lo que se ve, anima a transgredir una de las reglas de oro del partido: la disciplina.

El insularismo y el municipalismo, desde este sábado, entierran esos principios que vacunaban las viejas tentaciones, de los que hacían gala socialistas y nacionalistas (y ya se verá, llegado el caso, si también los populares), antes de cerrar un pretendido pacto para Canarias ‘en cascada’, la penúltima falacia en años de intentonas fallidas en tal sentido. No es un fracaso de la democracia, ni de la política canaria en particular, que están por encima de la disidencias puntuales (alimentadas, por último, en los casos municipales de Fuerteventura y la Gomera, de esta legislatura, en que la indisciplina no fue abortada y ahora sirve de inspiración al socialismo palmero); es un test de estrés a la madurez real del PSOE y CC, cuyos tribalismos locales e insulares más encendidos les han jugado una mala pasada en el trabalenguas de este archipiélago fracturado por definición, que pese a ello no duda en reclamarse como una auténtica autonomía. Los Llanos de Aridane y la Aldea (y otros ayuntamientos donde los concejales han hecho oídos sordos a las directrices regionales y federales de cada partido; ahí está el caso kafkiano de La Oliva, donde no sólo el PP contravino al aparato, sino que la propia Claudina Morales se vale del apoyo de los populares y de NC para asegurarse la alcaldía, mientras la fuerza nacionalista que ella misma preside aboga oficialmente por pactar con el PSOE) no emborronan la historia (de unidad interna) de ninguno de los partidos. Es reflejo de la lucha de poder y del oportunismo en corto, que relega a un segundo plano la gobernabilidad de Canarias. En el seno del PSOE reproduce, tras el mal resultado del 22-M, las heridas de la pugna por la secretaría general (de ahí los expedientes a la ejecutiva insular y la agrupación de la capital en La Palma, de dudoso recorrido al estar implicados diputados por esa circunscripción que son clave en el Parlamento). Y en CC, algunas picarescas de este sábado evidencian tiranteces similares y personalismos.

La escabechina de los ediles rebeldes del PSOE en Santa Cruz de La Palma y Los Llanos de Aridane, expulsados ipso facto por la dirección federal del partido, contribuyen a enmendar una anomalía que podría tener consecuencias en las próximas horas en el pacto autonómico CC-PSOE, contribuyendo a allanar “graves” deslealtades, según las calificó el portavoz nacionalista, José Miguel Barragán. El expediente de los dos concejales nacionalistas en La Aldea, otro tanto. Las espadas en alto en El Hierro, donde prevaleció la lista más votada en cada municipio a expensas de pactos por sellar, evita el colofón de esta ‘cascada’ de indisciplinas.

La compleja sociología política de estas islas explica mal los esfuerzos por hacer viable un gobierno de dos socios que se juran estabilidad saltando por encima de sus propias infidencias históricas. Si el PSOE peca de insularismo en las islas occidentales y se presta a un pacto a la vasca con el PP para desalojar a los nacionalistas en La Palma, El Hierro y varios municipios de Tenerife, sin menoscabo de esa alianza a que aspira con los nacionalistas en el Gobierno, ni que decir tiene que CC abunda en un doble lenguaje similar, cerrando filas con los populares en las islas orientales y, sin embargo, dando por sentado su objetivo de gobernar con el PSOE la comunidad autónoma durante los próximos cuatro años (lo que podemos denominar ‘Pacto de la Moncloa’, habida cuenta un precedente tan ostensible, como consagraron las vallas del PP durante la campaña). La doble vida (y vía) parece aclimatarse en todos los partidos, convertida en manual de pactos en el presente y futuro, donde todos jueguen con todos al doble juego sin ningún rubor.

La misma realidad que tozudamente ha vuelto a desbaratar la idea de acuerdos en cascada, exige, tras este sábado, los máximos esfuerzos de sensatez para no hacer añicos el concepto mismo de autonomía, con que despedimos el siglo XX,  en una tierra que acaba de retroceder ochenta años, hasta el mismísimo espíritu de la división provincial, de las dos Canarias, con dos modelos ideológicos distintos, dos tipos de sensibilidades políticas opuestas, y dos clases adversativas de puñalada entre políticos locales que reniegan de una recomendable rivalidad de dirigentes, para fundar el principio más visceral de la enemistad a muerte entre siglas y líderes (sin que se aprecie síntoma alguno del efecto 15M en la actual clase política de las islas por el momento).

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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