RAFAEL A.


No cuesta pensar en Rafael Arozarena, con tubos, piquetas y frascos en la mochila, paseando a estas alturas entre nubes con una piedra de ópalo en el bolsillo esperando a que se acabe el queroseno. Todo lo que sentía, presentía y disentía lo dejó escrito en versos paladinos o indescifrables. Le bastaba la isla para hacerse viejo, como trozo de mar petrificada. Si hoy vivieran, se turnarían él y Telesforo Bravo para hacer guardia hasta que asomara una isla en el Mar de las Calmas, o evacuar a tiempo a las mariposas si El Hierro pariera un volcán. Era uno de los iconos de la librería de mi tío Paco. Yo era un niño y ya él era un mito en las estanterías (finalista del Nadal, 1971, Editorial Noguer, 1973). En la antología elaborada por Juan José Delgado parala AcademiaCanariadela Lenguafluyen las coladas del poeta que guardaba el paisaje como un ‘bicho’ raro, amigo de himenópteros y tropos, creador naturalista de su propio universo literario: ‘Fetasa’ le deparó, como los cronopios a Cortázar, un territorio imaginario hecho, sin embargo, a su medida. Fetasianos como él, Isaac de Vega (la misma extraña ósmosis que Borges y Bioy Casares), J. A. Padrón, Pimentel y Antonio Bermejo (reivindicado con fe ciega por Roberto Cabrera y Kolia: aquel cuentista maldito, inédito y sepultado; su novela ‘La lluvia no dice nada’, premio Pérez Armas, desapareció de la faz de la tierra) certifica la condición grupal. Y ganó adeptos, como el malogrado escritor Manuel Villalba Perera. Arozarena no repudiaba su novela juvenil ‘Mararía’, ni completamente la película, lo que le agotaba era verse reducido a esa novela, prefería ‘Cerveza de grano rojo’, y clamaba por su obra poética y hasta por su obra de entomólogo, que acarició imantado ala HistoriaNaturalde Webb y Berthelot. ‘Mararía’ fue el debut, me dijo. Reposaba junto a una osamenta animal en la estepa de Femés y se le apareció aquel cadáver vivo de ejemplar de mujer de figura adolescente avanzando hacia él, hasta descubrir las piernas sarmentosas de la anciana embrujada. Me cruzo, por cierto, a menudo con una mujer barbuda y alta, cargada de años, que se cubre el pelo con un pañuelo y se descubre las piernas delgadas para subir la acera del Mencey sin tensarse la falda. Camino de Bajamar aLa Orotavapara un encuentro con escolares, me habló de la vesanía en Femés, cuando lo envióla Telefónicay puso pies en Polvorosa para no tirarse por una ladera de aquellas montañas. Sus diálisis literarias eran célebres y sus tertulias fetasianas en ‘el Arkaba’ dela Avenidade Anaga. “Nos quitaron las alas y nos dejaron las uñas”. Quería volar, como Leonardo da Vinci.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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