HA MUERTO ORLANDO COVA EN BRAZOS DE BUKOWSKI

 


Orlando Cova era poeta. Era novelista. Era estilísticamente un escritor enrabietado que militaba en las entrañas de la palabra. Daba la medida del escritor maldito, pero nadie debería reprocharle su marginalidad buscada en las galerías secretas del mundo literario local. En los últimos brochazos que le dio a la vida consumía a propósito Bukowski y Pessoa a destajo. Y ya se sabe, ambos conducen al precipicio que devuelve al hombre a la lúcida resaca de cada mañana. Orlando, la última vez que nos vimos, Orlando, poeta de San Andrés, en la esquina de Anaga conLa Marina, o fue en la terracita del bar Capricho –remozado y desasistido de ‘Arroz’ y los borrachitos exfoliados-, me hablaste de los libros que pensabas publicar y de los libros que pensabas escribir y de los libros que no pensabas escribir ni publicar, como si me repitieras el mismo mantra de otros encuentros inesperados en mitad de la calle de los que está llena la vida: tus libros raigales y auténticos como tus vidas vividas al límite, ajenos unos y otras al establishment editorial de los agasajos, promociones y tournés de pacotilla de la jet literaria rutilante. Cova, como Ezequiel Pérez Plasencia, o Jesús Rivero y Víctor Ramírez, y como su desolado amigo Anghel Morales, era un poeta, un escritor clandestino. Un mismo clan. Un mismo destino resistente en las periferias iluminadas de la literatura insular. Orlando perseguía últimamente la sombra del personaje Orlando que le suplantaba como un heterónimo de Pessoa. Y sus correligionarios de esa generación rota en mil pedazos le lloran ahora que ha fallecido como si les hubiera caído una maldición encima, una racha de poetas muertos en el laberinto donde se sentían a salvo, alejados de los focos, a solas con el Minotauro. Antes, Ernesto Delgado, Ezequiel Pérez Plasencia y ahora Orlando, esa estela de pisadas torcidas que se llevó por delante también al periodista taciturno de la crónica negra urbana Antonio Bernal. El mismo viento sequero que tumbó a Luis Feria en la soledad de su domicilio infranqueable. Y el que mucho antes nos privó de Félix Francisco Casanova, un poeta coetáneo que me deslumbró con aquel presentimiento de que nunca nos habríamos de conocer, aunque estuviéramos vivos en la misma ciudad, porque uno de los dos habría de morir primero. Nos despedimos en la esquina, Orlando, y fue la última vez como el día que vi pasar de largo a Rimbaud por una calle de Santa Cruz y lo sigo viendo de espalda con la melena cayéndole sobre los hombros. Ahora, me detuve en el escaparate dela Libreríadel Cabildo, en el antiguo Cine Baudet, a recomponer el rastro telúrico de tus libros descarnados, las ‘Cosas del lago rojo’, ‘Los bares de Isabel’, ‘En las afueras del balayo’, ‘Hospital principal del norte’, ‘De sábanas sangrantes’… Se nos mueren los poetas, dije. Se fue sin avisar Mariano Vega, fue diciéndonos adiós Rafael Arozarena hasta que un día se despidió de verdad. Y Víctor Álamo me recuerda las muertes anteriores de Manolo Padorno y José María Millares Sall. ¿Estaremos quedándonos solos sin darnos cuenta? Si dimiten los poetas del mundo, porque el mundo no está para poesías, entonces nos iremos enfermando sin ellos hasta cae de bruces. El viejo Stéphane Hessel acaba de decir en sus memorias, ‘Mi baile con el siglo’, que ha sobrevivido gracias al amor que le ha acompañado toda la vida. El amor por la poesía. Sin embargo, decir que morir no es la mejor elección es llevarle todavía la contraria a los poetas. Bukowski se salió con la suya.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 2 comentarios

2 Respuestas a HA MUERTO ORLANDO COVA EN BRAZOS DE BUKOWSKI

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  2. Manuel Dóniz García

    Se nos murió Orlando, no supo superar la dureza de la vida y fue muriendo un poquito cada día hasta que su presencia, que no su recuerdo, nos abandonó. Me esforcé hasta lo indecible en tratar de poner remedio a su vida, cuando ese remedio era factible, pero poco se puede hacer cuando una persona decide tomar el atajo que lleva a la destrucción. Traté de convencerlo de que lo dificil es luchar y vivir y lo fácil es el abandono, la desidía y la desaparición, pero perdí la partida con dolor, porque se me iba de las manos una valiosa vida, en la flor de la creatividad. Ahora sólo nos resta emocionarnos con su recuerdo e imaginarnos los poemas que se quedó en el tintero de su memoria y que jamás vieron la luz porque a su autor se le fueron las ganas de vivir. Orlando Coba, murió la materia, pero tu recuerdo en los versos de tus poemas, siempre vivirán.

     

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