EL TREMOR

 

 

A expensas de lo que dispongan los caudales de fuego que recorren las entrañas de la isla más reciente y cubierta de volcanes, El Hierro es, en sentido literal, una isla amedrentada, aunque sus vecinos hagan gala de un estoicismo encomiable y remeden con su actitud obsecuente de estos días el nombre del escenario donde se libra la batalla natural entre los elementos: el Mar de las Calmas. Los sismógrafos registraron el tremor antes de que a alguien se le ocurriera medir el temor propiamente dicho con el aparato de turno –si hubiere tal instrumento más allá del mendaz polígrafo que nos estafa en la tele-. El Hierro, sumido, por tanto, en su tremor volcánico, aceptó, al principio, evacuar el pueblo pesquero deLa Restingacomo quien cambia de destino en un solo minuto, que diría Rudyard Kipling. Un pueblo fantasma, con sus calles rulfianas presintiendo las pisadas de almas en vilo. Pero ayer, en el pleno del Cabildo –tan caldeado como las galerías subterráneas de la isla que está al rojo vivo-, hubo un consenso desobediente en reclamar de las autoridades autonómicas la reapertura del túnel que acorta las distancias –un concepto relativo en este caso- entre Frontera y Valverde. Ser una isla en miniatura minimaliza todo y aleja, más que ninguna otra, los pueblos entre sí. El desalojo decretado por el Gobierno canario en sintonía con los planes de Protección Civil, que actúa según manual ajena a las presiones locales, ha terminado incomodando al herreño tranquilo deLa Restingaque dejó su pescado atrás y teme –he aquí el temor junto al tremor- que se le eche a perder. El volcán, si puede llamarse formalmente así a la erupción invisible, a falta de las imágenes que obtenga el batiscafo que viene la semana próxima, no avisa tan previsoramente como quisiera la gente. Los pequeños temblores del Golfo tras las fisuras subacuáticas de esta semana, aconsejan guardar una prudencia sin límites. He oído la expresión “miles de vidas están en juego” y me entran escalofríos, queriendo pensar que el cráter o cráteres que al final se contabilicen arrojen un balance exento de daños personales.

 

A Carracedo, que tiene la geología de las islas en la cabeza y presentará una obra sobre el particular  estos días en Las Palmas de Gran Canaria, le gusta citar la excepción conejera, la erupción del Timanfaya, que empezó tímidamente en el mar como El Hierro –en el siglo XVIII- y atravesó14 kilómetroshasta dentro de Lanzarote. Una paradoja del volcanismo canario más frecuente. Pero suficiente para prevenir antes que curar.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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