COMO NIÑOS



 


A la semana que empieza le sale la política por los poros. Es ‘la semana’. Los políticos se infantilizan en campaña, se enfadan si no se les hace el gusto, y se les coge lástima, porque uno suele saber la verdad que les ocultan –qué disfraza la cocina de las benévolas encuestas de partido-, y uno les miente, a su vez, porque el 20-N es el día de los Reyes Magos y ellos son como niños. Uno debería contarle al ganador unánime que el mundo que le espera es un infierno (si nos pasamos la vida como si no nos fuéramos a morir, como recuerda Iñaki Gabilondo, cuánto más si el que se está muriendo es otro, el país), y al perdedor indiscutible que no llore su derrota, porque no se va a arrepentir de ella, por mucha o poca que sea. Y, acto seguido, debería darle ánimos al ‘afortunado’ de esta especie de sorteo sin premio de la ‘Once’ el 11-11-11, qué menos. Berlusconi sonreía ayer en el coche tras dimitir. Cansa hablar de política y apetece hacerlo de fútbol, como Rubalcaba y Rajoy antes de jugar al gato y al ratón delante de Campo Vidal (dos palabras futboleras que aluden a un estadio y un entrenador). Modero debates sin la lección aprendida: me gusta como un párvulo conversa con los adultos. Uno es toda la vida ese niño. Rosana canta sus temas al niño más próximo antes de hacer los discos, como este ‘Buenos días, Mundo’. Le prometo ponérselo a mi hijo Ángel, que cumple un año. Año I de ese Nuevo Mundo que nace de las cenizas del Viejo Mundo de Merkozy: ¿Europa tendrá una boca y no 27 cráteres herreños? Por suerte, llevamos siempre ese niño dentro. Al biólogo marino Alberto Brito se le cayeron las gafas al mar cuando navegaba en el Ramón Margalef justo al cruzar la mancha del Mar de las Calmas sobre el volcán submarino. Y me lo contó divertido como una ruindad de mi hijo que lo tira todo al suelo. Juan Cruz acaba de escribir un libro ‘Contra el insulto’, y le digo que es obra de un abuelo que teme que su primer nieto, Oliver, memorice las malas palabras cuando aprenda a hablar. Gabriela Cañas, que acaba de descifrar las sombras que vimos en la ventana de la torre Windsor en llamas (la novela se titula ‘Torres de fuego’), asiente con la cabeza. Yo estaba como un niño esperando que reabrieran el Mencey – recinto de gratos recuerdos como la librería de mi tío Paco en la infancia-. Juanma Palerm, que es un niño arquitecto, dice que hay que mantener vivos los proyectos culturales aunque sea con un euro de presupuesto. Benito Cabrera, niño compositor, retira su villancico como gesto, y no hay que dramatizar, merece el respeto de todos.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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