FIDEL Y LA JOVEN PERIODISTA MALOGRADA


La malograda periodista de Radio Club Natalia Cesteros se agachó entre las mesas y se dirigió al Comandante segura de sí misma. La vi poner en marcha el magnetofón sin perder el tiempo y enlazó preguntas y respuestas a modo de test para trazar la personalidad psicológica del personaje. Una pieza periodística envidiable. Cuando se iba en su avión, tras fotografiarse con un grupo de guardias civiles –de verde olivo los guardias y Fidel-, el Comandante le dijo guiñándole un ojo si quería irse con él a Cuba. La joven, bella y eficiente reportera, que un tiempo después fallecería de una enfermedad fulminante, vio cumplido su sueño en la sintonía nacional dela SERcuando se emitió su test al Comandante. Siempre la recuerdo entrevistando a nuestro huésped, siguiendo sus pasos hasta la escalerilla del avión, galanteada por Fidel y feliz portando su entrevista en el magnetofón.

Hermoso, acompañado de su consejero de Economía y Hacienda, José Carlos Francisco, los viceconsejeros Juan Carlos Becerra y Francisco Aznar, y un grupo de empresarios, había recorrido la manzana canaria en el Malecón, dentro de las obras de restauración deLa Habanaantigua, junto al cronista oficial de la ciudad, Eusebio Leal, e inaugurado una tarja en homenaje a los generales mambises de origen canario que ayudaron a la emancipación de la isla. Era una amplia delegación, con empresarios, políticos y artistas del festival ‘Eurotropical’ que coincidían en la isla.

Llegado aquel lunes, 20 de abril, la comitiva isleña fue a ver a Fidel, como quien va a ver a un paisano, el hijo de Lina Ruz, descendiente de canarios, y del gallego Ángel Castro. El Comandante, en persona, es solemne y espigado. A un amigo periodista le temblaban las piernas cuando asistió a la rueda informativa del hotel en Tenerife. Personalidades de la alta política suelen destacar, tras conocerle, su capacidad de seducción. Fidel puede llegar a ser simpático, porque le gusta que le quieran, dice el escritor chileno Jorge Edwards, autor de ‘Persona non grata’. Yo lo había comprobado en varias ocasiones antes de ésta. Aquella de la cumbre de países no alineados, en su momento de mayor vitalidad y liderazgo, cuando Raúl me sorprendió infiltrado en el salón del plenario y me confundió con un guerrillero canario independentista (“¿Tú eres del MPAIC de Cubillo?. “No”, le respondí”, y me dejó permanecer en la zona vedada a los periodistas, mezclado entre Arafat, Robert Mugabe y el anciano Tito, que iba a morir al año siguiente. Raúl era entonces ministro de Defensa y le acompañaba Carlos Rafael Rodríguez, el influyente político marxista antes de que los dos hermanos lo fueran); la otra en que Fidel nos sorprendió visitándonos de noche para hablar de plátanos, de isleños y de la “sangre canaria” que corría por sus venas; una tercera con motivo de la inauguración de un hotel junto al empresario canario Enrique Martinón; otra a causa de otro hotel; en Tenerife, durante la polémica escala, y ahora, aquí, en su propio campo, él jugando en casa, yo queriendo meterle un gol: reintentar mi aplazada entrevista. En el mismísimo Palacio dela Revolución.

Acababan de visitarle Ted Turner y Jane Fonda. “Hacen buena pareja”, me dice Fidel. Le comento la mala salud de Turner. Me lo discute. “No creo que tenga ninguna enfermedad”. Insisto –olvido que es alguien acostumbrado a que no le lleven la contraria-, y reitera con vehemencia que “no, no, no creo que esté enfermo”. Lo dejamos ahí. Pasamos a elogiar la figura del magnate, su coraje al impulsar la cadena CNN y el papel planetario que esta desempeñó durantela Guerradel Golfo. El Comandante parece intrigado sobre el porvenir de los medios de comunicación en la nueva era digital. Me constaba que sentía una gran pasión por los nuevos derroteros de la comunicación y que seguramente la historia dirá de él que fue un estadista con sombras y luces, pero un indiscutible comunicador de masas. García Márquez sostiene que Fidel es, además, un notable escritor. Y dentro y fuera de Cuba se contaron siempre leyendas de un Fidel lector que devoraba libros. Ahora acababa de hacer otro tanto con el original de una biografía de su familia, próxima a ser editada, de la que me hizo más adelante una larga reseña. Uno de sus sellos característicos es el de tomar la palabra y no soltarla durante horas; lo hace en los mítines y algo menos en las entrevistas periodísticas, pero si se le interrumpe para que abrevie, estás perdido, no le gustará y no permitirá que lo cortes; por otro lado, es ingenioso y entretiene al interlocutor, acabas dejándote arrullar por su palabra. Saltamos de un tema a otro durante la conversación. El Comandante estaba predispuesto a hacer continuos ‘apartes’ para responder a mis preguntas, y de cuando en cuando hablaba en voz alta para que todos le escucharan el relato de algún episodio que juzgaba divertido. Me sorprendió que me revelara que se consideraba “amigo” de Clinton, que mantenían un asiduo contacto telefónico y restó gravedad al incidente con la becaria Mónica Lewinsky. Pero, incluso, me sorprendió más la opinión que le merecía John F. Kennedy como presidente del país que promovió el desembarco de Bahía Cochinos, el suceso que desató la ‘crisis de los misiles’, que estuvo a punto de provocarla IIIGuerraMundial. Poco antes de nuestra visita había estado en Cuba el editor de la revista ‘George’, John-John Kennedy (que falleció al año siguiente en un accidente aéreo), hijo del expresidente, para entrevistarse con Fidel. “Le dije que yo tengo un buen concepto de su padre, que me consta que no era un entusiasta de la idea de invadir Cuba, que era un asunto que heredó dela AdministraciónEisenhower, y que, aun cuando pudo infligirnos mucho daño por aire, rehusó hacerlo”. La historia –mejor la leyenda- especuló siempre hasta la actualidad con la idea de que Fidel estaba detrás del magnicidio del presidente Kennedy como venganza por el asedio que sufría la revolución, pero no ha podido probarse un nexo de esa naturaleza.

En los prolegómenos de la conversación se deslizó el nombre dela RepúblicaDominicana, donde él estuvo de joven en una visita tormentosa, y citó la figura del político y escritor Juan Bosch, a quien yo conocí y entrevisté en su día, un intelectual muy respetable y un político que no vio consumado el deseo de ser presidente de su país, pese a haber ganado las elecciones, bajo la sombra del incombustible Balaguer.

La conversación con Fidel

Mencionó a Bill Gates, para hablar de su fortuna.

-Pregunta. ¿Qué tiene usted contra la fortuna de Bill Gates?

-Fidel. Es una gran metáfora de ese país (EE.UU.), donde un solo hombre acumula tanto dinero, mientras otro pasa hambre bajo un puente.

-P. ¿Y qué le parece el hombre que gobierna ese país (hablamos de 1998), Bill Clinton?

-F. (Fidel borra la sonrisa de la respuesta anterior y se pone serio, pero no incómodo: lo que va a decir no deja de ser sorprendente.) Ese es un gran tipo. Me cae bien. Ojalá pudiera seguir gobernando en el futuro los EE.UU., de no haber trabas constitucionales, que no acabo de entender. De Al Gore no me fío. Lo conozco poco. Una vez lo saludé y lo noté distante, incluso diría que quiso evitar cruzarse conmigo en el mismo pasillo. No me gustó su actitud. Fui yo el que tomó la iniciativa de saludarlo en la cumbre iberoamericana. He leído sus libros sobre ecología y no conozco más de él. Clinton es una persona muy inteligente

-P. ¿Usted cómo era de niño?

-R. Rebelde. (Cita el libro en ese momento aún inédito sobre su familia). La autora se ha quedado al cargo de dos sobrinas mellizas, porque la hermana falleció. Ojalá gane dinero con esta obra que le ayude a criarlos. Yo soy un descuidado con los derechos de autor. Sacan libros sobre mí y no veo un peso.

-P. ¿De verdad de ninguno de esos libros escritos sobre usted ha visto un duro (sic)?

-R. Ni un duro, ni un blando.

-P. Entonces, era rebelde…

-R. Sí, lo era. Pero también era un niño justo, que defendía su dignidad. Hubo un conflicto una vez en el colegio muy serio. Con un inspector dela SalleenLa Habana.Yohabía tenido algunos problemas, alguna pelea con otro compañero, por cuestiones de honor. El inspector me abofeteó por ese incidente escolar. Yo había sido rápido y le había golpeado en el rostro al otro chico. El inspector volvió a darme con la mano por segunda vez. A la tercera, reaccioné y la cosa empeoró. Yo tenía 10 años, cursaba el quinto  grado. Me refugié (no había embajadas, bromea) en la iglesia y me escondí durante la misa hasta que entraron y me sacaron de allí. Esa vez no me dieron las notas. Había blancas, negras y rojas, las peores eran las blancas.

-P. ¿Qué le dijo su padre? (Don Ángel era un rico hacendado)

-R. Nos fue a recoger a los tres hermanos, a Ramón, el mayor, a Raúl, que era el más chico, y a mí. No volvimos a aquel colegio. Ramón estaba encantado, porque a él ya le entusiasmaban las máquinas de la ganadería. Mi padre nos contó que el inspector le dijo que los tres éramos lo peor, los más “bandidos” del centro. Pero todo había sido una cuestión de honor. Yo había empleado la fuerza en un atropello contra mí. Y quería seguir estudiando. Aquellos días hubo tensión en casa, hasta que, harto por la situación, le dije a mi madre que le dijera a mi padre que o volvía a clase o quemaba la casa. Mi padre había enviado a Ramón a otro colegio y a Raúl a uno cívico-militar, donde, por cierto –a Raúl no le gusta que lo diga- una vez lo cogió en brazos Batista, yo vi esa foto. Pero a mí mi padre no me mandó a ningún colegio. Mis padres eran casi semianalfabetos. Mi madre sí quería que estudiáramos. Quemaría la casa, le dije. Yo estaba dispuesto a abandonar el hogar, por muchas comodidades que allí tuviéramos. La casa se quemó.

-P. ¿Lo hizo usted?

-R. No. Fue mi padre -me quedé mirándolo, creyendo que lo decía con ironía-. Mi padre era fumador y un día se quedó dormido. El fuego provocó un drama familiar.

-P. ¿Qué hicieron con usted?

-R. Me enviaron, por fin, a un colegio jesuita.

-P. Entonces, Raúl quedó fotografiado de niño para la posteridad en brazos del dictador Batista, al que ustedes echaron desde Sierra Maestra.

-R. Sí, a él no le gusta que se lo recuerde. Pero esa foto existe: general con general.

-P. ¿Cómo se ha sentido leyendo su propia historia familiar?

-R. Me he enterado de muchas cosas que desconocía. Ahora sé lo que sufrieron mis padres con lo que hacíamos los hijos. Ellos procuraron que no saliéramos engreídos por una vida demasiado confortable y nos enviaban a zonas menos cómodas para que sintiéramos algunas estreches. Particularmente, me vino bien esa escuela de la vida.  Mi padre era un potentado con sensibilidad social, le gustaba dar trabajo a la gente. Yo estaba confiado en que ellos, como trabajaban mucho, no estaban al tanto de mis aventuras políticas. Siempre he sido un aventurero. Al principio, no fue por motivos políticos, sino por el mero placer de la aventura. Me iba de excursión a subir montañas. Soy un buen tirador de fusil con mirilla telescópica. He llegado a dispararle a un plato de perfil a600 metros. Y no es cuento. Sí, he sido toda la vida un aventurero. A mí me nombraron general explorador antes que general del ejército, porque una vez, durante una de aquellas excursiones, el río creció repentinamente, y yo lo crucé a nado y tendí una cuerda y pudimos pasar todos. Me distinguieron porque decían que había hecho una proeza. Y pienso que lo que hice fue temerario. Porque lo prudente era esperar a que bajara el río y no poner en riesgo todas nuestras vidas.

-P. Se cuenta –interviene Martín Rivero- que una vez se tiró a unas aguas plagadas de tiburones y que usted dijo “caimán no come a caimán”. ¿Es cierto el episodio?

-R. La frase no es mía. Pero sí es cierto que una vez me arrojé a la mar llena de tiburones y dije esa sentencia, en realidad dije “tiburón no come a tiburón”. Después se ha descubierto que caimán sí come a caimán y que el tiburón es un animal muy inocente, al que el hombre le puede causar mucho daño.

-P. De manera que ha sido conciente al cabo de todos estos años de que sus padres sufrían por usted?

-R. Sí, sufrían por mis andanzas. Sufrieron lo del Moncada, lo de México, lo de Panamá… Lo del Granma. Pero nunca se metieron. Mi madre no se metió. Sufría…


Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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