MARTES 13 NEGRO EN SANTA CRUZ

 


La muerte de dos niños en un barrio de la capital, que retoma la crónica negra de la isla en su peor versión (¿cuánto hacía que la misma no registraba el final violento de menores?). Y el mismo día, como si las noticias de impacto se hubieran encadenado en una misma jornada cargada de superstición en el almanaque, se cayó de madrugada el falso techo del Intercambiador. Martes 13, en estado puro.

Los dos hermanos, de 11 y 5 años y distinto padre, aparecieron este martes en la cama, tapados con una manta, pero fueron presuntamente asfixiados días atrás. La detención de la madre como principal sospechosa y las heridas de consideración del padre de una de las víctimas, supuestamente al arrojarse de un balcón, describen una tragedia que no tardará en ser devorada por la prensa amarilla nacional ansiosa de crímenes familiares en tiempos de crisis. Hemos podido recabar, apresuradamente, unos pocos detalles de este suceso espeluznante: la depresión en que había caído la pareja de progenitores resume las condiciones emocionales y psicológicas en que estuvieron obligados a convivir las dos víctimas infantiles hasta que –tras faltar al colegio y desaparecer de la vista de los vecinos- la visita de un familiar a la escena del horror destapó un drama de tales dimensiones. Martes y 13.

Un techo ‘falso’

Los cascotes del falso techo –un techo falso, desde luego- del Intercambiador, una vez desplomadas las láminas de aluminio dejando el armazón desguarnecido como una cabeza bocabajo a la que se le desprendió el bisoñé, descubren las vergüenzas de una obra mal acabada, o concluida temerariamente en su día, un montaje y ensamblaje defectuosos de piezas de un material que entraña riesgos para la seguridad de los usuarios del Intercambiador y el estado de ruina calamitoso de una instalación relativamente moderna.

Estuve sentado, bajo ese techo que era una amenaza de tal calibre, en la cafetería, con mi familia, hace algunas semanas, como decenas de miles de personas a lo largo del último lustro. Quién podía imaginar que estábamos corriendo un grave peligro mientras consumíamos refrescos y tomábamos café jugando con mi hijo aún bebé en brazos. Ahora sé que aquel rato distendido y agradable podía haber terminado de manera dramática y que una auténtica catástrofe se urdía sobre nuestras cabezas. Así ha sido para numerosas familias y pasajeros, ajenos todo este tiempo a la escalofriante negligencia que rodea este caso digno de una profunda, seria y rigurosa investigación.

¿Habrá que revisar todos y cada uno de los techos instalados por la misma empresa, revisar la calidad de los materiales y la seguridad con la que permanecemos bajo ellos, a partir de ahora, como si lo hiciéramos bajo auténticas espadas de Damocles? Bombas de relojería, techos asesinos. No es un guión de cine de terror. Si estamos ante un despropósito colosal en el país de las chapuzas, que rueden las cabezas de los responsables, ya que por suerte –al desatarse el siniestro a las 4 de la madrugada y no a las 4 de la tarde- esta vez no hubo víctimas de milagro.¡Uf!

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión Comentarios desactivados

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