FRAGA DEJA A LOS CONSERVADORES ESPAÑOLES SIN PAPA


Fraga ha muerto con una edad de siglo cojo (89 años camino de 100), el que le tocó vivir balanceándose en la política que era su modo característico de caminar. Mi generación lo conoció siendo franquista aperturista, ministro del Turismo (y la información, la propaganda siempre obediente al régimen, la ley de prensa, la ‘ley Fraga’, el fin engañoso de la censura previa, aquel baldón de la dictadura).

Visitaba las islas y hacía paradores. Fue el padre del milagro turístico de los 60 –único motor dela Españapolíticamente aislada de entonces, como lo es ahora en medio de la crisis que nos aísla económicamente- y, sin querer, sembró la semilla de una sensibilidad democrática que iba a prender en la ciudadanía, a través del roce con los extranjeros y su pluralidad ideológica.

Su muerte deja a los populares y a los votantes conservadores que acaban de dar el gobierno al PP sin papa y sin papá. Era, sin duda, el padre y el líder intelectual de la derecha –y, de paso, el centro- de la política española.

Se dijo que se había bañado en Palomares con el embajador yanqui para demostrar que las bombas de la aviación americana no causaron radiactividad (y esa foto le acompaña hasta la tumba y le sobrevivirá), pero fue uno de los primeros montajes mediáticos del país –Fraga entendió a la primera la importancia en política de los golpes de efecto-: en realidad, se dio un chapuzón en otra playa almeriense ajena al suceso.

Lo conocí en las distintas facetas públicas; eran célebres sus frases y disfraces. Tenía habilidad para cambiar de chaqueta –como se decía entonces- de facha español a ‘gentleman’: embajador en Londres con bastón y bombín, pregonando las virtudes de su fingido reformismo. Lo conocí también en privado, hablando de sus afectos y desafectos. Tenía fama de gruñón y agrio con los periodistas, pero una vez nos dedicó a mi hermano Martín y a mí dos horas de entrevista a calzón quitado, como se diría en su lenguaje descarado, como el de Cela –tan parecidos en eso los dos, en el uso de expresiones gruesas y directas, sin el menor pudor por ser políticamente correcto, eso jamás-. Y nos habló de su trayectoria, de su amistad con Sagaseta, que era comunista y nacionalista, pero hablaba del diputado canario con cariño y una media sonrisa. “Las cosas de Sagaseta”, comentó sin aspereza.

¿Eran sinceras las pulsaciones democráticas del presidente fundador del PP o la suya es una de esas biografías a lo Balaguer, de perseverante ambición de poder sin escrúpulos ideológicos? El poeta canario Agustín Millares Sall compuso un poema que decía “La calle que tú me das,/calle ausente todavía,/ no será tuya, ni mía./Calle de todos será”. Con el título de ‘Canción de la calle”, creo recordar que daba respuesta al famoso apotegma represor atribuido a Fraga, cuya paternidad éste nunca quiso reconocer del todo: “La calle es mía”.

Había sido ministro dela Gobernacióncon Arias Navarro, tras la muerte de Franco, y no olvido las tragedias de ese período, entre otras, los muertos de Montejurra (las víctimas eran carlistas de izquierda). Hay sombras en la vida política de Fraga (su defensa como portavoz franquista a pies juntillas del fusilamiento del comunista Julián Grimau; “Fraga fue uno de los ministros que fusilaron a Grimau”, decía Semprún) y evidentes luces y méritos, como haber metido a la ralea ultra en un partido democrático de derechas, Alianza Popular (antes ‘partido reformista’) y finalmente PP.

Amigo de Fidel, sin importarle que fuera comunista, fue presidente de Galicia como si lo fuera de un miniestado sin ser tampoco nacionalista, aunque abrazara el gallego como si tal cosa. Fraga era Fraga, un contrasentido, una contradicción, una cabeza privilegiada (Felipe González decía que el Estado le cabía en ella), un memorión que era catedrático precoz de varias carreras a la vez, se doctoró en Derecho Político, Teoría del Estado, no paraba de estudiar, hizo también Ciencias Políticas y Económicas, escribió casi cien libros y no perdonó nunca al Rey ni a los españoles que no lo nombraran, ni eligieran presidente de España, su sueño truncado. El único suspenso de su vida de empollón.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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