Por qué no me callo. ROBERTO DE ARMAS

Cuenta Roberto de Armas que José Saramago, el hombre más serio del mundo, posó para él, pero el fotógrafo no se rindió hasta arrancarle una sonrisa. A veces, con un chiste aflora la colección de rostros que llevamos bajo la cara oficial. Los relatos de este Ansel Adams canario, de sus viajes a otras islas, son historias robinsonianas de un cazador de imágenes que habitan en el Pacífico. ¿Por qué, cada equis tiempo, Roberto de Armas, ganador del segundo premio internacional al mejor libro culinario de fotografía, zarpa de su Mirador de Vistabella, camino dela Polinesia, al encuentro de un enjambre de islas que le hacen feliz? Esa extraña seducción de los territorios lejanos tiene que ver con la naturaleza íntima del alma. El alma del fotógrafo. En una de las calles próximas al mirador hay una casa blanca, con un buzón en la pared. Tocas y entras en un sitio que es ese sitio y todos los sitios que ha recorrido el artista que trabaja allí. Las fotos que empapelan el recinto te transportan al océano que el fotógrafo conoce como la palma de la mano desde que voló con J.J. Bacallado, tras la estela de Darwin, a las Galápagos. Entonces nos conocimos. Sus fotos, publicadas en El País Semanal –aquel reportaje que fue portada de la revista- descubrían la mano, el ojo y, por tanto, el alma de este explorador de la isla del día de antes que parece salido de la novela de Umberto Eco. En el estudio de la casa blanca, cuelgan fotos mágicas, claro. Mientras él prepara el escenario de nuestra propia foto para Diario de Avisos, Leopoldo Fernández, José Antonio Pardellas, Óscar Herrera y yo mismo nos dejamos ir. Durante ese lapso de tiempo hemos saltado de una isla a otra, de la de Juan Fernández a la de Gauguin, dela Islade Pascua a las Marquesas, ese misterioso periplo nos lleva de los (monumentos) moais a los maoríes (indígenas) de un triángulo de islas del Pacífico que tiene en Roberto de Armas a su más fiel notario, como prueban los ‘tesoros’ de la mítica cultura que culminará este año. Antes de que nos inmortalice en blanco y negro, nos cuenta la historia de un beso. Es una imagen urbana localizada en París, los novios son los únicos que pasean y a solas se besan, la foto recoge justo ese instante, lo congela como para que dure todo el tiempo. El autor nos informa de que fue una foto casual con una cámara de bolsillo que estrenaba. Pasaba por allí, vio a la gente asomada al puente, le picó la curiosidad, miró hacia abajo y disparó. ¿Por qué la foto de un beso nos deja con la boca abierta? Todo está en las caras. Aquella sonrisa robada a Saramago. Y la foto que Roberto le hizo una vez a un pletórico y sonriente Adán Martín.

 

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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