TÀPIES ERA TÀPIES


Tàpies era un hombre asequible, o al menos de tal modo alcanzo a recordarlo, cierto que vagamente, respecto de la ocasión en que pudimos –Martín y yo-  entrevistarlo, cuando siendo jóvenes y ubicuos no dejábamos escapar ninguna oportunidad de conocer a un genio. Nos dividíamos y escribíamos juntos como si nos desdobláramos. Entonces, Antoni Tàpies ya era un artista –pintor y escultor- renombrado en el país, pero guardo la sensación de que, acaso porque era pronto, se le respetaba y hasta veneraba como una autoridad del arte por contestatario, antes aun que por una autodidacta audacia sin límites. El famoso calcetín que enarboló mucho más tarde como síntesis de sus preocupaciones sociales y plásticas lo define hoy; en cambio, hace más de 30 años –cuando las paredes del Colegio de Arquitectos eran un templo subterráneo de artistas de primer orden y nosotros no nos despegábamos de allí tarde y noche- sus telas diagramadas eran objeto de adoración mística por parte de una izquierda volitiva, que no ansiaba poder alguno como en nuestro días de congresos por y para el gobierno de las gentes, cuya admiración por el artista catalán que acaba de fallecer a los 88 años de edad era, en sí misma, una declaración de fe. Tàpies ha tenido siempre un pie en el budismo zen  y otro en la realidad política de su país. Era antifranquista y pisó la cárcel por serlo y ejercerlo. Los cuadros con cruces y equis, los brochazos de tinta negra, sus secretismos y sincretismos, como su amistad con Picasso y Miró, tensaban una biografía plástica inclasificable y personal, con la que conseguía eso que un día me dijo Pedro González como el canon ideal de todo pintor relevante: que hagas lo que hagas, lleve tu sello y seas genuinamente tú. Tàpies era Tàpies.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión Comentarios desactivados

Añadir comentario