Por qué no me callo. LUIS ALEMANY, O EL PREMIO CANARIAS AL LABERINTO DE UN ESCRITOR RACIAL

 

Escribir es un sentimiento. No hay escritor que haga su oficio por prescripción médica, se hace, o se nace, o como se quiera decir, escritor, y eso es estar enfermo. Nadie se lo explica, pero está ahí, ensartado en algún gen humano el zarcillo azul de la inspiración que produce seres divinos, como nubes que van a su aire. Estamos ante Luis Alemany, que sobrevive como puede al desgaste de esta condición, el escritor más pronunciado ahora mismo en esta tierra de soliloquios. El Premio Canarias de Literatura que ha desautorizado este viernes la falta fatal de una buena noticia.

No voy a decir ni una palabra de la transgresora vida incitante de este escritor racial, una de las voces que más aprecio me merece en la jungla de autores insulares, este perfecto donalguien. Ta era alguien desde que yo era niño y en la librería enloquecida de mi tío Paco, ‘La Prensa’, veía entrar y salir a personajes adultos de la intelectualidad local dando voces, como el letrado José Arozena (un abogado de letras tomar), actores que acotaban la realidad con frases de Shakespeare o Jardiel Poncela, como Francis del Rosario, y más abogados de toga insobornable como García Padrón; pasaba por allí Rafael Arozarena, se esperaba que en cualquier momento lo hiciera  Zamorano con su maleta fichero de citas y vocablos rebuscados, toda una faunística literaria que desbordaba a un infante testigo que se quedaba con la boca abierta.

Y en esas, entraba el enfant terrible de Luis Alemany con su facundia exquisita, era fugaz como un rayo y dejaba una estela de comentarios. Le querían, le ensalzaban y algunos le motejaban de vanidoso. Pero la de Luis ha sido una vanidad no endiosada, la espuela con la que escribió ‘Los puercos de circe’ y la guía secreta de esa ciudad a oscuras que es Canarias con Armas Marcelo, la misma rebeldía solipsista de intelectual bajo tierra o sobre el escenario, que, empeñado en no rendirse, nos permitió entrevistar a coro a Martín y a mí, a su lado, a una Nuria Espert que no salía de su asombro enfrentada a los reparos irrebatibles del dramaturgo y crítico con horas de vuelo.  Fue una entrevista tensa de tres periodistas reacios frente a la diosa que estrenaba en Tenerife.

Después se ha ido conceptualizando nuestra amistad en una admirativa tertulia interminable en el café del Hotel Mencey, donde éramos casi vecinos; en el café de Ramón y Cajal, domingos inopinados, o en el de la Plaza Militar, delante del miedo, con Luis perdiendo peso a pasos agigantados. La última vez hablamos en caliente, en un aparte en Cajasiete, de los recortes a la cultura. Y aquí tenemos, en DIARIO DE AVISOS, al columnista en estado puro. No sé qué le dará más alegría a este escritor al límite, si el honor de recibir el Premio Canarias de Literatura, o el hecho de saber que está dotado económicamente, teniendo en cuenta que Luis es un cuentista desperrado, un novelista al que se debía este reconocimiento para premiarle la obra pero también el bolsillo y que, en su condición acreditada de ‘harold bloom’ canario indomable, debía haber ganado más dinero en toda su vida que Cristiano Ronaldo.

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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