LA HUELGA, “LA CERILLA Y EL BIDÓN DE GASOLINA”

 

Se la había ganado a pulso el Gobierno, o confiaba merecerla para obtener el pedigrí que necesitaba exhibir en Bruselas. Y como pronosticara Rajoy en un Consejo Europeo al primer ministro de Finlandia, delante de un micrófono indiscreto, la reforma laboral “le ha costado” una huelga general. No, no ha sido una jornada de ‘paro trámite’, a juzgar por la incidencia que ha tenido en la industria y el transporte, sobre todo, y por el volumen de las manifestaciones de Madrid y Barcelona. Si convenimos en que, diez años después, ésta puede tutear en impacto y proporciones a la de 2002 y, por supuesto, a la más desapasionada de 2010, sólo cabe añadir que ahora toca decir algo al gobernante, más allá del beneficio –por contradictorio que parezca- que esta huelga reporta a Rajoy ante los mercados y Europa, por ser el mejor aval de las quejas ciudadanas a la severa reforma, tal como pide –o exige- Bruselas en la sádica ortodoxia impuesta por los jerarcas francoalemanes. Decía la ministra de Empleo, Fátima Báñez, que no habrá tal reconsideración desde el campanudo Gobierno en sus primeros cien días, porque la reforma laboral fue aprobada por cuatro fuerzas con 197 diputados en el Congreso, y añadió, aún más ampulosa, sobre esta cámara definiéndola poéticamente como “la casa de la palabra donde reside la soberanía”. Eran casi versos más propios de Luis García Montero, que estuvo al lado de Toxo desde la madrugada anterior. La ministra es debutante y saca pecho, como Montoro, De Guindos y, en fin, el gobierno al completo, sumido en la barbarie de repartir mandobles cada viernes con regusto indiscriminado por la alta misión a la que se enfrenta. Pero Rajoy, de modo particular, es otra cosa, estamos hablando de un veterano de guerra sin paliativos, que ha templado gaitas ante el españolito medio cuando el Prestige y ante su partido mismo tras quedarse en la estacada cuando el 11-M, y ha sabido madurar en la espera. Rajoy tiene que decir esta boca es mía y tomar nota. Y escuchar. Y dar alguna satisfacción a los centenares de miles de cabreados que se manifestaron en Madrid, Barcelona y la práctica totalidad de las capitales del país. No están reñidas la contundencia de las reformas y la firmeza del Gobierno obligado a aplicarlas, en medio de una innegable recesión y bajo el fantasma del rescate a la vuelta de la esquina, con los gestos del buen gobernante (que hay que empezar a rescatar de entre los hábitos olvidados aunque sea ahora, en los malos momentos de la guerra económica, como aquellos líderes inolvidables que conversaban y pactaban en el mundo en mitad de una guerra mundial). La primera responsabilidad de un presidente que se precie de serlo es escuchar y su deber es sentarse a hablar con quienes le han paralizado medio país en señal de protesta por abaratar el despido mediante un decreto ley. De hacer oídos sordos, como si este jueves no hubiera existido, es fácil imaginar un Primero de Mayo a cara de perro y una peligrosa escalada social, alimentada por las malas noticias de los Presupuestos de horror que conoceremos hoy mismo. No se trata de acallar la calle, pero sí de no darle la espalda. O se encendería “una cerilla” delante de “un bidón de gasolina”, que diría Stieg Larsson.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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