EL PREGÓN RADIOFÓNICO DE JOSÉ ANTONIO PARDELLAS

 

Pregonar a los cuatro vientos las memorias personales de una ciudad que nos abraza para siempre, allá donde vayamos, o sea, Santa Cruz (de Tenerife), es una oportunidad que se presenta una vez en la vida. José Antonio Pardellas la aprovechó, sin dejar escapar la ocasión para saldar todas las deudas con el destino. “No soy de aquí, pero llevo en este sitio más de 60 años”, vino a decir el veterano periodista, con un emocionado homenaje a “aquella pareja de gallegos que hicieron las maletas y vinieron con sus hijos”. Sus padres. Pardellas padre (porque hay dos Pardellas hijos también entre la fauna de la profesión, y uno de ellos dirige este periódico) leyó, contó, cantó, recitó y compuso un exquisito monólogo interpretado al modo de los seriales radiofónicos del palmero Sautier Casaseca. Tiene oficio y voz consumada de locutor. Tacto para las palabras y complicidades de actor del medio instruido en los atajos del buen humor. Cuenta en su pregón chicharrero de las fiestas de mayo anécdotas de periodista y cicerone, como la vez que acompañó a López Vázquez a comprar gofio para la novia canaria que le esperaba en Madrid. Dio un salto atrás hasta la infancia a la piola para jugar al trompo con la memoria, como si el tiempo no hubiera volado desde aquellas películas del oeste del Cine Toscal al Salón de plenos del Ayuntamiento en cuya tribuna leía unas cuartillas del inventario del alma que le transportaban a la ermita de San Sebastián y el Cine Moderno, donde me crié en pantalones cortos y la estiladera en el bolsillo trasero. Desempolvó recuerdos de los barrios costumbristas del Santa Cruz de la niñez y de los personajes que dieron vida al centro y la periferia: don Tomás Déniz, el maestro del palo de María Jiménez; José Juan Gutiérrez, el futbolista que iba a triunfar, o Paco Poleo, de la Caseta de Madera. La vida de Pardellas, apellido arraigado en los cimientos de la radiodifusión de las islas, gira en torno a la magia del sonido en el aire; de ahí que traiga siempre a colación, junto al inventor oficial de la radio, Marconi, el nombre del ingeniero canario Agustín de Betancourt, pionero en las investigaciones de la comunicación inalámbrica a distancia. El pregonero regresó de este viaje a la memoria con nostalgia por un Santa Cruz “que era divertido y echo de menos”. Un tiempo radiofónicamente tierno y animado, que estimulaba una sana competencia entre vecinos a través de espacios como ‘Lo mejor está en mi barrio’. El orador, Premio Canarias de Comunicación, obtuvo un Ondas que certifica su dedicación a la radio como un hábito sin límites de edad, que, sin embargo, le obliga a cerrar Radio Isla, la emisora que ha dirigido tras jubilarse en Radio Nacional de España (que fue su casa), tras serle denegada la autorización en el concurso de licencias. Pardellas hace radio con las botas puestas; hace radio con tal de echarse a andar por la calle como si llevara un micrófono al estilo de Gómez de la Serna en la Puerta del Sol. Ese modo natural de hacer radio en la vida cotidiana se vuelve un acto involuntario como respirar y vivir. Me lo puedo imaginar como Orson Welles al frente del Mercury Theatre representado la adaptación de ‘La guerra de los mundos’ , de H. G. Wells, con los dos Pacos Padrón (esta vez el García y el Hernández) metiéndole el miedo en el cuerpo a la gente con la inocentada de una invasión alienígena una noche de Halloween. Miró el reloj y comprobó la ‘hora menos en Canarias’, el latiguillo que promociona por su ‘culpa’ el nombre de las islas en cada señal horaria en la radio pública.  La radio, el periodismo, la historia, recuerdos … idilios, amores. Escuchaba al compañero de tertulias en ‘Las mañanas del Mencey’ (Teide Radio Onda Cero, FM 94.0) como si estuviera sentado entre el público aquel virtuoso de la crónica sentimental de la ciudad que integraba nuestro trío de ases en el Tajaraste de Radio Club: Gilberto Alemán. Íbamos los tres en la misma barcaza de la memoria, queriendo tocar con la mano la isla inaccesible de todos los sueños. Pero ‘la puñetera’, que diría Gilberto, se escapaba cuando estábamos más cerca, lejos de nuestro alcance.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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