Por qué no me callo. BICIVISMO


Las bicicletas han vuelto a tomar la calle, pero no siempre para bien. Por malas prácticas, generan más de un quebradero de cabeza. Reparo en la embestida a un transeúnte por un adolescente ciclista que se dio a la fuga y dejó tirada a su víctima en las vías del tranvía en la Plaza Weyler con la cabeza abierta. El bicicletismo urbano, en pleno auge expansivo, está muy bien, pero rayan en asesinas silenciosas las bicis pilotadas temerariamente, cuando no las utilizadas como medio de evasión por tironeros que abandonan el método pedestre por el pedal. El civismo (en este caso el ‘bicivismo’) ya sabemos que no está de moda (los radicales que invaden el Rectorado trampean con la herencia universitaria de la agitación social de los 70 y 80, cuando cantábamos ‘Al Vent’), pero se empieza pisoteando normas de conducta elementales en la calle, como hojarasca, hasta convertirse en libérrimos ciudadanos malcriados, con los principios que trajeron esta crisis pendiente ahora del mesías francés. El García Sanabria se llena de chiquillos que aún están a tiempo, vociferan con los gorgoritos, a esa edad se suben al tren del parque y más tarde terminan subiéndose a la bicicleta; esa efusiva marea humana pequeño formato (“locos bajitos”, los llamaba Serrat) que explota de alegría como si hubieran expropiado una empresa extranjera, me regresa a la infancia, lo cual no es ninguna originalidad por mi parte, pero sucede. Huelga decir que tenemos depositadas muchas esperanzas en este público ‘titiritero’ del reloj de flores. De momento, juega (Evo Morales pensaba también jugar al fútbol con Brufau el día que nacionalizó Red Eléctrica, como quiera que esta columna va de atropellos). Mi amigo Fred Mauro, con más de 40 años en cada rueda, se cayó un día de la bicicleta en el Teide, en una disputa con un conductor, y acabó con la cabeza rota en una fosa. Su padre alquilaba bicicletas a peseta la hora y él sigue subido a su BH de fabricación vasca; es un ejemplo de ciclista amable (atención el CIT) que cruza la ciudad con un callejero en la mochila, junto a la cantimplora, para orientar a los turistas. El pintor Emilio Machado, discípulo de Dalí (trabajó en su estudio de Barcelona y aprendió secretos del genio de Cadaqués, como la manera eterna del color blanco), me resulta, en su bohemia y en su bonhomía, un canario perfectamente extranjero. Vive y pinta en su casa, que es Santa Cruz y Nueva York indistintamente, y hace más de medio siglo, en un Chicharro poco rodado (apenas unos miles de coches) se desplazaba en la bicicleta CIL azul que le regaló el padre por las calles transitadas a pie, y ya soñaba con ver mundo como enseguida hizo. En esta nueva fiebre ‘bici’, el que no se apea a socorrer no ha sentado la cabeza.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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