EL BANCO BUENO Y EL BANCO MALO

 

La reforma financiera abunda en las recetas promulgadas desde Bruselas (que es como decir Berlín). Nadie discute su imperiosa necesidad, sí acaso una opaca diligencia de 48 horas para quitar a los amigos, convenientemente indemnizables, sin encontrar problemas para taponar con dinero público la hemorragia de pérdidas del ladrillo, mientras se recortan hasta la exasperación los gastos y se desmantela el estado del bienestar.

Y ha de cuestionarse el silencio oficial sobre los responsables del desgobierno de la banca todos estos años. A su vez, se teme lo peor, ante los efectos limitados de las reformas financiera y laboral y demás ajustes: Europa exigirá nuevos y más drásticos recortes, una vez comprobado que la recesión española es más profunda y duradera de lo que se pensaba y que rebasará con creces los objetivos de déficit. “Malas noticias para España”, se dicen al oído los dirigentes de la UE.

Este panorama exige una solemne explicación, formal y resolutiva, del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, que acierte a transmitir del grado de confianza que se echa en falta. O irá cobrando cuerpo la idea de que España no tiene solución y, como sucede con Grecia, se le pondrá en la lista negra: la de los candidatos a salir de la zona euro, una hipótesis suficientemente dañina como para revertir este el desencuentro político español e ir generando con premura las condiciones de diálogo y consenso que exige el momento entre las dos principales fuerzas políticas y entre el Gobierno central y las autonomías (especialmente clamorosa la pereza de Rajoy en recibir al titular de la comunidad canaria), estas últimas ahora mismo en el ojo del huracán de Bruselas.

Si la realidad es tozuda, y como decía ayer la Comisión Europea en su diagnóstico de primavera, España no cumplirá sus objetivos de déficit, ni por asomo, tanto este año como el próximo (en alguna parte he leído que no lo haría hasta 2018, que es como decir nunca a este paso, si no se le amplía el margen), habrá que empezar a llamar a las cosas por su nombre. Depresión. Depresión social y económica. Crisis generacional a la japonesa. Década perdida y todo lo que se le quiera añadir a un país podrido por dentro, cuya cáscara se hace añicos y deja al descubierto su aspecto nauseabundo.

El Titanic económico

La varita mágica que obre el milagro de rescatarnos del naufragio del Titanic no está la vista. Y aquí no cabe apelar al efecto Hollande por una buena temporada, o perderemos el tiempo embelesados en un espejismo, como sucedió con Obama. A Hollande hay que esperar a verlo en su justa dimensión, una vez en el Eliseo, cuando los hechos hablen por él. España es de una de las economías de mayor tamaño de la eurozona, a la que, por cierto, a veces se le trata al trancazo en la propia Europa como si un tic argentino-boliviano se hubiera instalado en Bruselas respecto a la periferia, y me parece una deriva miope.

Esa fórmula prodigiosa no existe de momento. No lo es, desde luego todavía, pese a los cantos de sirena, la agria reforma laboral, ni lo fue la de Zapatero, ni por lo que se ve, lo será la de Rajoy. Este nuevo marco (que, en efecto, facilita el despido y, en todo caso, consagra salarios más bajos y un empleo precario), al parecer, tendrá efectos positivos en términos de generación de puestos de trabajo, cuando fluya de verdad el crédito y la economía entre en la senda del crecimiento, como quiere el nuevo presidente francés (o, mejor dicho, como quería el candidato socialista durante la campaña presidencial, a falta de comprobar si mantiene sus tesis tras la toma de posesión, o desiste de algunas de ellas como hemos visto en el caso español y británico, al menos). Pero es que eso de crear empleo, ya lo hacía el viejo Estatuto de los Trabajadores. Es el crédito y el crecimiento económico los que sacan a la gente de las listas del paro, y no las reformas laborales; otra cosa es que éstas impulsen o desanimen a los empresarios, aun en tiempos de bonanza, dependiendo de loa mayor o menos rigidez de las condiciones laborales.

Los responsables remunerados  

La otra reforma taumatúrgica, la financiera, aprobada mediante decreto este viernes en Consejo de Ministros, dista mucho de garantizar reactivación alguna del estancado proceso productivo español. A lo sumo, es una catarsis (traumática, por otra parte, y desconcertante), a que estaban abocados bancos y cajas desde el inicio de esta crisis, hace ya cinco años, cuando desde el Gobierno, entonces socialista, se nos trató de entusiasmar con el falso cliché de la mejor banca del mundo. Esta segunda reforma superpuesta a la de febrero, ambas de la factoría De Guindos, ejerce mayor presión sobre la banca en cuanto a provisiones para hacer frente a eventuales riesgos procedentes de su exposición al ladrillo y lleva a la práctica la idea de sucesivos ‘bancos malos’ (sociedades en forma de sumideros de todo el paquete tóxico), con lo cual cabe decir que el sector entra, al fin, en vías de saneamiento, una vez que hemos comprobado que los merkados (con k de Merkel) no se acababan de creer los esfuerzos de austeridad y ajuste de España, por la sencilla razón de que su sistema financiero era un queso gruyere completamente agujereado.

El caso de Bankia (nacionalizada en parte esta misma semana ante las proporciones de su pozo de créditos fallidos) es paradigmático del escenario que tan artificialmente se había disfrazado para exhibir a una banca española –enferma hasta la médula- como modélica y saludable.

Ahora toca hablar claro. De una parte, para depurar nominalmente responsabilidades (no hacerlo revelaría una complacencia peligrosa del Gobierno, obligado a manejar un asunto tan delicado sin la menor sombra de duda de cara a los ciudadanos y a los mercados avizores). Y, de otra, para decir que esta reforma tardará aún unos meses –todo lo que resta de año, prácticamente- en poder ser efectiva y que, por tanto, nadie espere una vuelta inmediata al crédito como por efecto reflejo; entre otras cosas, porque la reforma por sí misma no lo garantiza, sino, en todo caso, una inyección en toda regla de dinero externo, que pasa por el Banco Central Europeo. Y todavía no ha dicho esta boca es mía.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión Comentarios desactivados

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