SUÁREZ, CON 80 AÑOS, AVANZA POR EL TIEMPO COMO AUSENTE

 

Pese al halo legendario que acompaña a Adolfo Suárez, que acaba de cumplir 80 años sumido en las tinieblas del Alzheimer, a su paso por la presidencia sufrió el acoso implacable de Felipe González, que entonces esperaba y desesperaba por llegar a la Moncloa. Los debates parlamentarios eran tan desquiciados como los de ahora, y ni todas las apuestas del ‘duque’ por la palabra consenso (toda aquella gigantesca proeza de democratización tras la dictadura) le salvaron de caer víctima de las balas enemigas y de las peores, las de su propio partido, la Unión de Centro Democrático (UCD).

 

Suárez no sabe que Carrillo ha muerto. Tampoco sabe que él ya tiene ocho décadas de vida. La enfermedad del olvido le aísla en su burbuja familiar y se ahorra muchas decepciones sobre el curso de su obra maestra, la Transición a la Democracia. Y los avatares que rodean al Congreso en este nuevo contexto de la historia, la batalla campal en Neptuno este martes contra los recortes del Gobierno, el órdago independentista catalán, el proceso de rescate de España por parte de Europa, los millones de parados, la desafección de los ciudadanos hacia los políticos en las encuestas del CIS…

 

Enrique Fuentes Quintana (el ministro de Economía de aquel gobierno) me contó una vez en Tenerife que el Pacto de la Moncloa fue una idea genial de Suárez, que prosperó contra todo pronóstico, como casi todas aquellas valientes quimeras suyas: de la legalización del PCE a la amnistía.

 

Y cuando le tocó colgar las botas, porque su partido era un infierno y ETA no paraba de matar, apechugó con un golpe de Estado, el 23 de febrero de 1981, mostrando su lado más indómito: encaró a Tejero y se mantuvo en su escaño poniendo a salvo la dignidad institucional de su cargo frente al réprobo y sus cómplices que invadieron abruptamente el Congreso interrumpiendo la votación del sucesor. Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo no se tiraron al suelo porque alguien tenía que mantener la democracia en pie y fueron ellos tres, que eran tres de sus pilares.

 

Conocí a Suárez en esos años y lo seguí tratando cuando pasó a liderar un partido centrista residual, tras las exequias de UCD, y cuando ya, avanzado el tiempo, le pedimos Martín y yo un texto testimonial sobre la figura de Iñaki Gabilondo para el libro biográfico ‘Ciudadano en Gran Vía’, y no dudó en hacerlo de inmediato.

 

Era afectuoso y visionario. El Rey lo eligió de entre la famosa terna porque aunaba juventud, inteligencia y mano izquierda, Carrillo decía que Suárez era de izquierdas, quizá con esa doble intención.

 

En una ocasión, me colé en un avión que lo traía y me permitió hacerle la entrevista para Radio Club bajando la escalerilla, como muestra una foto que la emisora publicaba en los anales de los hitos de sus comienzos una vez conseguida la pluralidad informativa. Lo entrevisté muchas veces. En un dúplex con Luis Herrera Campíns, el presidente de Venezuela, de visita a la isla. En un alto en el Reina Sofía, con su acólito Fernando Fernández al frente del Gobierno canario y su amigo Lorenzo Olarte de número dos…

 

Paco Sánchez, director del IAC, recuerda cuando tuvo la osadía de romper el protocolo y contradecir a Suárez, que viajaba a las islas con el equívoco de que era mejor destinar la inversión del Astrofísico en infraestructiras. El presidente escuchó al joven astrónomo defender con pasión las bondades del cielo insular y dio marcha atrás. El dinero fue para hacer telescopios y no carreteras.

 

A María Dolores Pelayo le he preguntado muchas veces por los momentos difíciles que Suárez vivió al borde del precipicio, porque ella era entonces una diputada muy influyente en las filas de la UCD nacional. Pelayo lo recuerda frugal de apetito y siempre entusiasta. Carrillo me transmitió esa misma impresión del presidente carismático con el que vivió la transformación de España.

 

Cuando la descolonización fallida del Sáhara tuvo secuelas económicas y políticas en las islas, su Gobierno, asesorado por Olarte, destinó fuertes inversiones y la ley pesquera a Canarias.

 

Cubillo se cruzó en el camino con Suárez desde Argel. Lo mandaron matar y él señaló con el dedo a Martín Villa, ministro de Gobernación, sin descartar que el propio presidente estuviera al corriente del atentado. Pero ese extremo no ha podido ser documentado históricamente hasta la fecha. Y ni el propio Suárez, a estas alturas, podría siquiera recordar la respuesta.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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