EL TÚNEL SIN SALIDA SEGÚN STIGLITZ

 

Si Europa se ha vuelto un reino de ciegos donde el tuerto es rey, y el economista Joseph Stiglitz (Nobel en 2001) tiene razón (“España está peor que hace cinco años”, “Europa y Alemania están poniendo en peligro el futuro de España” y, de seguir con las mismas recetas, “no hay luz al final del túnel”), estamos metidos en un callejón sin salida.

 

A la perplejidad por la errática medicina que nos prescribe Berlín desde 2007, que, en efecto, lejos de mejorar los síntomas –paro y recesión-, los empeora hasta límites exasperantes de destrucción de empleo y de consumo, se suma la evidencia de que nuestros dirigentes han decidido no corregir el rumbo, así nos precipitemos por el abismo, como pronostican cada vez más voces dentro y fuera de España y Europa.

 

Que la austeridad por sí sola es una terapia suicida lo acaba de consagrar el último informe anual del FMI, en la asamblea de Tokio; lo vienen diciendo agoreros de la talla de Paul Krugman, al que los sénecas del ‘austeritarismo’ hacen caso omiso tachándolo de ‘keynesiano’, como si tal cosa fuera un estigma purulento. Ahora, otro economista estadounidense de su misma cuerda, autor de un libro de reciente aparición (‘El precio de la desigualdad. Cómo la división social pone en peligro nuestro futuro’, Editorial Taurus), lanza este ‘dramático’ S.O.S. al mundo: “En España y en Europa [si no hay cambios] no hay luz al final del túnel”. Sostiene Stiglitz, que fue economista jefe del Banco Mundial hasta hace algo más de una década, que los ajustes impuestos por Alemania están arruinando progresivamente a países con problemas como España y al conjunto de la UE.

 

En sus explosivas declaraciones a la revista ‘Capital’ apunta al corazón de Europa cuando afirma que, a pesar de que algunas decisiones ya adoptadas o previstas (reformas como la armonización fiscal, una eventual mutualización de la deuda que carece de consenso por ahora y la polémica unión bancaria que se retrasa por presiones de Merkel), podrán resultar positivas para el futuro del euro, pero ineficaces por “la escasa voluntad política” de los actuales líderes comunitarios. Si en España la clase política está considerada demoscópicamente el tercer problema, en Europa, visto desde EE.UU., debe de ser el primer problema, por cierto irresoluble, ya que sólo han de hablar las urnas, y da la sensación de que los ciudadanos carecen de conocimientos para elegir a sus mejores líderes y no a los menos capacitados para sacarnos de esta ‘tormenta perfecta’. El propio Obama, que ha tenido que lidiar con una tormenta real, decía días atrás que “no se puede permitir que España se derrumbe”.

 

Hemos fiado el milagro de la salida de esta crisis a una vieja creencia, que, según Stiglitz, resulta ser un falso dogma: los mercados son eficientes y estables.

 

Basta escuchar al reelegido Núñez Feijóo segándole la hierba bajo los pies a su compañera de partido y ministra de Empleo, Fátima Báñez, que eligió ‘columpiarse’ dando la falsa noticia de que “España está saliendo ya de la crisis”, para entender, con Stiglitz, que nosotros mismos nos hemos metido en un callejón sin salida, como el que había en mi barrio Duggi en la adolescencia.

 

Cierto que hoy dejó de ser una calle trampa, por la regeneración urbanística de la zona, y ya está comunicada con el exterior. No es consuelo suficiente. Manda más un alcalde en su ciudad respecto al resto de la Administración, que ahora mismo el propio Rajoy respecto a Bruselas y Alemania1. Y es esa dependencia acrítica de Berlín  lo que hace temer que cuando salgamos del túnel quizá ya sea demasiado tarde. Dicho esto desde unas islas que rebasan todos los límites razonables de tolerancia a la crisis, cuyo horizonte parece no ser otro que seguir sumando paro con cargo, sobre todo, a la función pública, si se cumplen los vaticinios sobre los presupuestos estatales. La actual espiral es peligrosa, dibuja un escenario que, extrapolando las sospechas de Stiglitz, hacen temer en Canarias, no ya un túnel clausurado, sino un volcán a punto de entrar en erupción.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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