LOS HIJOS DE LA FUNDACIÓN

 

Salvador y Aurora son dos casos excepcionales de maestros jubilados, de una vocación incansable, que han rizado el rizo de otra vocación hoy en boga, la solidaridad, hasta llevarla a una militancia extrema que les ha descubierto nuevos horizontes. El nuevo magisterio del que hacen gala tiene, en efecto, las ventanas muy abiertas; es una suerte de filantropía que recuerda al empeño de vidas que se dieron a los otros desde oficios que, como en el periodista Dominique Lapierre, decantaron su entrega a los más necesitados.

 

Salvador y Aurora –él también periodista e impulsor en su día de periódicos escolares muy notables- perdieron dos hijos en un accidente de tráfico y han prohijado, en su memoria, a muchos niños de América que cuando abren un libro de texto, cogen un lápiz y un cuaderno o entran en una de las escuelas que promueve la fundación del matrimonio desde su origen, oirán esta respuesta si preguntan a quién deben dar las gracias: a Salvador y Aurora. Y estos, a su vez, hacen otro tanto desde Canarias, de orilla a orilla, como si fuera verdad la canción sabandeña: “amor con amor se paga”.

 

La solidaridad no tiene territorios definidos, y este par de maestros que no cuelgan  los hábitos se han convertido en padres adoptivos de una ingente comunidad escolar allende los mares. Venían buscando sin desmayo pueblos deprimidos en la otra América que aún no percibe el nuevo auge del continente. No es de extrañar que hayan puesto estas luces largas desde el principio. El canario siempre puso el ojo en América.

El don de la educación

En esta ocasión, han concentrado todos sus esfuerzos en los jóvenes de las islas castigados por la crisis. La Fundación Canaria Carlos Salvador y Beatriz, en memoria de sus dos hijos, acaba de repartir becas a estudiantes insulares de bachillerato, ciclos medios y superiores, y a universitarios, por valor global de unos 20.000 euros, fruto de las cuotas de sus socios.

 

Hemos visto nacer y crecer esta iniciativa de emprendedores altruistas, a sabiendas de que no se rendirían por el camino. La fama resolutiva de Salvador la conozco de primera mano, cuando interrumpió su labor docente para enrolarse en el diario ‘La Gaceta de Canarias’ y participar de una aventura con pronóstico incierto. Ahora cuentan las proezas de esta fundación, el inventario de milagros que han llevado a cabo. Sus promotores llevan y traen el don de la educación como parte del equipaje por donde quiera que viajan, y son unos pasajeros de mucho cuidado desde los tiempos en que se movilizaba la familia al completo. Es esta solidaridad impulsiva como el Salvador hiperactivo que la inspira una gesta de altos vuelos con recursos muy limitados, y eso es lo que hace inmensa esta clase de voluntariado, que no compite con Bill Gates, pues no necesita de atajos ni millones para cosechar enormes éxitos sociales, tanto lejos como cerca, con pequeños puñados de generosidad.

Miles de kilómetros de sueños

Ahora, en Canarias, mañana nuevamente en América haciendo miles de metros o kilómetros de sueños, y multiplicando, desde el primer día, los panes y los peces, lo sueños y los libros, la vida y las vivencias que nacieron  en la misma trágica carretera, porque les iba en ello la propia supervivencia a unos padres que se quedaron en mitad del desierto.

 

Con esta filosofía de modestia adentro, propia de un tipo de canario transversal que no mide las distancias y ha sido capaz de cruzar mares y fundar escuelas o ciudades, Salvador Pérez, su esposa Aurora Estévez y un grupo de gente decente, todos cortados por el mismo patrón, como Luis Balbuena (ese otro agitador tranquilo que ha hecho una revolución por su cuenta), han levantado ya colegios y fomentando la enseñanza en América Latina.

 

Hasta ahora han creado, en efecto, escuelas en Paraguay y enviado material escolar a ese y otros países de la región, como Perú, Bolivia y Argentina. La fundación cuenta en Bolivia con la colaboración de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Este año, la fundación no se olvida de América, donde se dispone a inaugurar nuevas obras (en marzo, otro colegio, esta vez en Perú, sigue pareciendo mentira, esa clase de mentiras verdaderas), pero ha hecho su viaje más corto en honor a la verdad.

‘Comando solidaridad’

La verdad es la crisis que padecen Europa, España y Canarias, en particular, que nos tienta a miramos en el mismo espejo que muchas localidades frustradas de la América profunda, sin recursos para una educación digna. Es cierto que en las islas la situación aún no es tan severa, pero si reparamos en la bolsa de jóvenes en paro (más del 50%), de jóvenes que ni estudian ni trabajan (somos el rubor de algunos rankings nacionales: líderes en generación ni-ni) y de jóvenes que han perdido su beca y emigran, entendemos por qué este ‘comando solidaridad’ ha decidido dedicar sus fondos a los estudiantes de su propia tierra, que son los nuevos hijos de la fundación.

 

Decencia, decía, desde la docencia. Ambas las practican con un sentido exquisito del honor mi buen amigo el periodista y maestro y maestro de periodistas Salvador Pérez y Aurora Estévez, que el día que perdieron a sus dos hijos (el filólogo y escritor Carlos Salvador, de 27 años, y la psicóloga Beatriz, de 25, víctimas de un mismo accidente de tráfico) sacaron fuerzas de flaqueza y pusieron en marcha esta fundación mágica. Ya se ha hecho merecedora al reconocimiento de mucha gente que habla poco y espero que algún día también al reconocimiento oficial, que no es determinante, pero levanta el ánimo y da a conocer, cosa esta última imprescindible para quienes se dotan en exclusiva de la contribución de sus socios. Tal como afirma su lema, a veces ‘con poco se puede hacer mucho’. Tanto tantas veces ignorado. Esta es la noticia.

 

 

 

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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