EL VIAJE DE JUAN CRUZ AL LABERINTO INSULAR

 

El ‘Viaje a las Islas Canarias’, que publica ahora Juan Cruz, aunque lleva el título de una conocida obra de Humboldt sobre su estancia de seis días en Tenerife, rinde, en realidad, tributo a otro libro de referencia, ‘Cuaderno de godo’, de Ignacio Aldecoa, que reclamaba para su carpeta de “notas someras” no la condición de guía, sino de “perdedero”. Juan Cruz se ha dejado perder en el laberinto de su archipiélago, queriendo, a la postre, reencontrarse con los sentimientos que le depararon visitarla como Cela volviendo a su Alcarria.

 

En LAS MAÑÁNAS DEL MENCEY, el escritor –recién galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Cultural- contó a los oyentes de ‘Canarias en la Onda’ (Teide Radio Onda Cero) su experiencia andariega por todas y cada una de las islas; explicó que eligió La Gomera como punto de partida, como Aldecoa, donde Juana, la dueña de un restaurante, le contó el menú de Merkel, que había estado haciendo senderismo en la isla, a la que acude cuando no se refugia en Ischia, otra isla, pero napolitana. El editor norteamericano que comisarió originalmente la obra, le reprendió por abrir con la canciller. “¿Cómo se te ocurre?”, le dijo, “si a esa señora no la conoce nadie?” Hace dos años, cuando el periodista y novelista nacido en el Puerto de la Cruz realizó este peregrinaje islas adentro, Merkel, en efecto, era una tímida política alemana desconocida más allá de Europa, pero en este corto período de tiempo, se ha multiplicado su popularidad por la fama de dama de hierro que ha impuesto una austeridad agónica a los socios europeos del sur bajo la bota de la crisis.

 

Este rastreo prosiguió en Tenerife –como hizo también Aldecoa y como a veces hace García Márquez en mitad de alguna novela imprevisible-, y continuó en Fuerteventura, “que es como la prolongación de El Médano y sabe a queso curado de cabra, sobre paisajes que parecen dibujados por un animal”.

 

El viaje –una introspección sentimental a las fuentes insulares de su condición de canario extrañado de no haber nacido en todas estas islas a la vez- tuvo un punto de inflexión, reconoce el autor. “Fue en mi pueblo, el Puerto de la Cruz, ante la Montaña de las Arenas, que era un símbolo en mi infancia y a la que, tras el tiempo, la codicia acabó demediando.”

 

Es un libro de recuerdos y vivencias, de miradas punzantes del alma ante el repertorio cromático y humano de la diversidad compleja de Canarias, una tierra difícil y contenida, que a veces asusta. Por el Mirador de Bascos subían Juan y Pilar, su esposa, también periodista, en busca de las sabinas de El Hierro, pero sólo se veía un cielo que metía miedo; tuvieron que dar media vuelta para acceder por otro lugar hasta los árboles acrobáticos doblados por el viento.

 

Cuando el autor, que se aficionó a escribir pensando en las palabras que oía en la radio escritas en el aire, menciona ese medio de comunicación se acuerda del ruido que hacía en la casa el receptor mal sintonizado cuando era niño. “Mi padre, que era muy mentiroso, me decía que eran los barcos que llegaban a Santa Cruz.”

 

Por estas páginas vuelven a visitar las islas viajeros que ya estuvieron en ella en otras épocas, como Bertrand Russell, Agatha Christie, Alberto Sartori o el padre de Oscar Wilde, y canarios que siempre vivieron a bordo de Canarias como unos navegantes sorprendidos: Domingo Pérez Minik, César Manrique…

 

El autor de ‘Egos revueltos’, que pronto sacará a la luz la segunda parte de estas memorias literarias –‘Especie en extinción’-, se queja de una cierta “pasión nuestrista’, que invita a reprocharle al paisano que vaya a vivir a otro país o a otra ciudad; a él mismo, antes, lo primero que le decían al saludarlo sus paisanos y familiares era, como un latiguillo, “Juan, ¿cuándo te vas?”

 

Este viaje interior a Canarias debería ser una asignatura escolar, sugiere tras preguntarle Marlene Meneses cómo se sintió siendo de aquí como si fuera un visitante extranjero. Una asignatura, añadió, para saber a qué sabe la tierra, qué dificultades entraña, cómo somos los canarios, y eso sólo se consigue averiguar yendo al encuentro de la gente, del campesino, que está en su sitio. Una asignatura moral de los ciudadanos.

 

El viaje siempre cambia al que lo practica. Se sale más informado y mejor persona, se desprende del testimonio de este viajero persuadido del terreno que pisaba. “Mi madre nunca estuvo en el Teide, pero lo amaba.”

 

José Antonio Pardellas llamaba a Juan Cruz a Londres, cuando éste era corresponsal de El País, para hablar de ‘Canarios en Europa’. Era un tiempo novelero de las primeras excursiones a la cuna de Los Beatles para alardear de discos, de ligues y de un precario inglés que pronto se impondría en todo el continente; también nos vinculaban las exportaciones de plátanos al embarcadero del célebre Canary Wharf. “Ahora nos hemos ‘engloriado’, como decía mi madre, dando la espalda a nuestra vieja presencia internacional, y debemos recuperarla por el bien de la marca canaria en el mundo”, dice un Juan Cruz entusiasmado y más culto canariamente –si parafraseamos a Manuel Padorno- a la vuelta de este viaje por las calles de todas las islas. “Canarias no puede seguir existiendo hablando bajito”, sentencia.

 

La portada es una foto de Carlos Schwartz, a propósito de las sabinas de El Hierro, “esas mujeres alocadas, como la mejor metáfora de una isla mística”. La Gomera es el Garajonay. Fuerteventura, las playas. Lanzarote, Famara. Gran Canaria, el Roque Nublo. Tenerife es “mi sitio: el Médano, el Puerto, el muelle, el chorro donde limpiaba mi madre el pescado…” La palma, la Caldera y Fuencaliente. Y La Graciosa es Ignacio Aldecoa escribiendo “Parte de una historia”.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Añadir comentario