COGE UN LIBRO

 

La verdad de los libros es que su peripecia tiene menos que ver con el papel de lo que nos apresuramos a creer a menudo. El libro nace, el lector se hace. Y lo que rige el destino de una obra literaria, histórica o económica, que ahora es lo que está de moda (‘Esta vez es distinto’, de los polémicos Rogoff y Reinhart, donde erraron al postular la austeridad como la madre de todos los remedios de la crisis, va a convertirse en un superventas por la catástrofe europea inspirada en este libro) tiene más que ver con el contenido que con el continente. Pero estamos empeñados en buscarle al libro la fecha de caducidad, como se jugó antes a enterrar la radio, el cine, el teatro o el documental en sus orígenes modestos. Y todo, al final, coexiste con lo venidero, como si nada quedara, por último, rebasado por la novedad. El libro fue oral antes que de papel y seguramente después será digital, sin que desaparezca nunca del todo su entrañable formato de tapas duras o blandas con que tocarlo y leerlo a la vez, como me dijo Enzensberger en una ocasión. El libro nace, el lector se hace. El padre de Kerwin Pilgrim, un bibliotecario de Brrookling que ayuda a buscar empleo a los parados desde su puesto público de trabajo, recuerda en la ‘última’ de El País que su padre tenía la misma respuesta para todo: “Coge un libro”. Mi tío Paco Martínez del Rosario, librero de ‘La Prensa’ en la calle del Castillo de Santa Cruz que murió y con él su mítica librería de la esquina con Suárez Guerra, decía cosas por el estilo a modo de latiguillo: “Lean”, “vayan al teatro, aunque se duerman”, “escriban”… Y como Borges, él, que nunca escribió un libro, sino críticas de ópera en ‘La Tarde’, estaba orgulloso de lo mucho que había leído. El abogado devorador de libros José Arozena entró una vez en ‘La Prensa’ casi vociferando: “¡Acabo de leer la mejor novela del mundo!” Y se refería a ‘Cien años de soledad’, de García Márquez. Eran lectores que atraían adeptos a la causa. A mí, que era un niño, me captaron. De ahí que crea que el lector se hace y el libro nace en las manos del autor de turno. Galdós o Viera y Clavijo son de obligada lectura en Canarias, como Tomás Morales, Pedro García Cabrera o los Millares Sall. Pero ahora mismo es imperdonable no leer, además, a Juan Cruz y García Ramos, a Sánchez Robayna y Armas Marcelo, y todos los nuevos y anteriores, a Víctor Álamo y  Víctor Ramírez, a tantos… Leer, leer. Los que nunca lo han hecho, en el fondo se arrepienten, porque los libros siempre tientan. Ahora leo ‘El rey pálido’, la novela póstuma de David Foster Wallace, que era el ‘enfant terrible’ de la narrativa estadounidense. Y leo, como siempre, lo último de Muñoz Molina –el ensayo ‘Todo lo que era sólido’-, pero también la doble entrega de Juan Cruz, ‘Especies en extinción’ –segunda parte de las memorias literarias, tras la laureada ‘Egos revueltos’- y ‘Viaje a las islas Canarias’ –excursión sentimental tras la pista de ‘Cuaderno de godo’, de Ignacio Aldecoa-, que presentaremos en la Feria del Libro de Santa Cruz el domingo, 5 de mayo. Yo no me recuerdo sin leer. Empecé a escribir en periódicos a los 12 y ya hacía tiempo que leía arropado por los libros de mi tío. Cuando llega la fecha que tributa la memoria de Cervantes y Shakespeare y otros coetáneos celebro lo que me dijo una vez Carlos Fuentes: el placer ya no de leer, sino de releer el Quijote, el libro “con el que empieza la crítica de los absolutos y comienza la libertad”, según decía Octavio Paz y este martes recordaba certeramente Caballero Bonald al recibir el premio que lleva el nombre del autor de la novela de novelas que le consagra en vida.

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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