Por qué no me callo. LA VIDA SIN VIDELA

La muerte de Videla, un preso inexpresivo postrado en la cárcel, entierra un capítulo negro de la historia de Argentina, y conviene contextualizar la figura del finado, porque ahora resulta un muerto intrascendente. Videla ya no nos dice nada. Pero promovió vuelos de la muerte, sustrajo hijos a embarazadas cautivas y sembró de pánico el subcontinente aherrojando a los místicos demócratas de fe indómita. Parecían eviternos aquellos famosos dictadores de América Latina, y en Tenerife recibíamos a los poetas argentinos que huían con lo puesto como si fueran jirones de su país. Recuerdo a Armando Tejada Gómez y Hamlet Lima Quintana, que vinieron a un Santa Cruz que descendía a los subsuelos del O’Clock a escuchar canciones de la otra orilla y versos clandestinos. Lima escribió ‘Te cuento cómo vivo en Tenerife’, que cantaron Los Sabandeños y recitó Valdano, “subiendo por el Teide me quedé pensando que habitaba Dios allí.” Los náufragos de esta crisis, nosotros, remamos como si aún hubiera barca. Los exiliados tienen la sensación  de que no están lejos (de que no es tan lejos) y su país es la isla de Beckett que va con ellos a todas partes. Aquellos argentinos de los años 70 y 80 seguían remando en el Mar del Plata como si no se hubieran movido del sitio. Mercedes Sosa venía a cantar ‘Gracias a la vida’ como si lo hiciera al aire de Buenos Aires, mi ciudad favorita cuando no hace frío. Uno allá imagina pisar las huellas de Borges o Cortázar. Las calles hablan. Carlos Carnicero escribía en su ordenador en una tasca de la capital y al despedirnos me dijo: “Cuando estoy aquí no se me ha perdido nada en España”, feliz y agasajado. Bergoglio, antes que papa, era un jesuita tímido al que una foto viral atribuye dando la comunión a Videla y la falsa prueba le prejuzga, contra la defensa del Nobel Esquivel. También ‘wagnerizaron’ a Borges y a Menotti. Los Videla, Pinochet, Stroessner, Hugo Banzer, Somoza o Ríos Mont sojuzgaban a América. Y ahora, sin ellos, parece que le hubieran salido alas.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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