Por qué no me callo. HOMO CRUENTUM

 

¿Mutó la especie? El monstruo interpela a la ciencia, que ha de medirlo. La violencia está experimentando un cambio estremecedor. Remite públicamente, pero se privatiza. Es la intuición de un taquígrafo social: consigno lo que veo, escucho, presiento. Otros deberán diagnosticarlo con rigor. Cuesta trabajo decir con certeza a qué punto hemos llegado, ahora ya qué somos y pensamos: cómo se ejercen las personas. El retrato robot de la naturaleza humana espanta en las noticias de la noche desde distintos ángulos habitados del planeta. Y con ellas claudican ciertas convenciones, debidas al progreso, sobre la moral, los sentimientos y la racionalidad de nuestros semejantes. Una sinrazón bárbara se extiende con la manada de los lobos solitarios, y lo que nos asalta es cierta duda penetrante sobre el estado actual de la mente humana. En Toledo (escenario del perro con rabia), donde escribo, se ‘amurallaron’ los hombres contra el odio tribal de la Edad Media y urdieron la paz de las tres culturas, pero después rodaron de nuevo las cabezas con las cimitarras de unos y las relucientes espadas de los otros en los fosos de la ciudad. En una exposición de los inventos de Leonardo da Vinci, leo la carta en que ofrece sus máquinas sofisticadas de aniquilación humana a Ludovico Sforza. La llevamos en la sangre y en el cerebro: la violencia, según los innatistas, y creíamos haberla domesticado tras 68 años sin grandes virulencias entre países. Pero me temo que la sangría repunta a título individual: conmociona la insultante crueldad doméstica del crimen de Ingrid Visser (exvecina de Tenerife) y Lodewijk Severein, en Murcia, con certeros golpes en la base del cráneo antes de ser descuartizados con una sierra radial, o el ‘caso Bretón’, que ahora se juzga. Hay todo un espeluznante repertorio de horror privado. Con los demonios y ‘los ángeles que llevamos dentro” dice Steven Pinker que debemos contar. Si cito al psicólogo de Harvard es para rebatirme: él cree que la violencia declina. Yo quisiera pensar lo mismo, pero es un mundo de gente que transita por la calle, pasea con niños, habla, se reúne, sonríe y mata o hiere de oficio. Gente normal.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

Respuesta a Por qué no me callo. HOMO CRUENTUM

  1. Facundo Fierro

    Lo que más me aterra es constatar que la violencia vende. Los productores, guionistas y promotores de productos y artes audiovisuales han descubierto ese filón y lo están explotando al máximo. La famosa serie del malvado “JR” de hace años, palidece hoy ante las versiones que aparecen en la tele. Series populares como “Águila Roja” nos muestran personajes de una maldad extrema, innecesaria, que presenta como normal y consecuente con la sociedad de la época y esos personajes históricos. Lo que hace un flaco favor a la consideración del concepto de una ética o un comportamiento que se expone generalizado como normal.
    No digamos ya los videojuegos. Matar, matar, matar… El que más mata, gana.
    Hace poco me sorprendió una pelea callejera que surgió entre dos chiquillos de unos doce o trece años a la salida del cole. Una vez en el suelo uno de ellos, fue pateado por el otro de un modo tan brutal que parecía que pretendía matarlo. Intervino una madre gritando y apenas hizo caso el niñato. Y lo peor era la sensación de que los que le rodeaban disfrutaban y lo hubieran dejado morir… alejándose decepcionados cuando todo acabó. Fue una sensación terrible para mi.
    Así no eran las peleas entre chicos, que yo recuerde.
    Estamos generando una cultura que exalta la violencia.
    Los valores se minimizan, la solidaridad, la confianza y el respeto no cuentan…
    Sí el ganar. Competir, sí, pero para ganar, aún a costa de lo que sea.
    ¡Qué gran responsabilidad tienen los comunicadores!
    Porque esto es un proceso iniciado hace años, y ahora con los medios informáticos accesibles indiscriminadamente es muy difícil pararlo.
    Así y todo, confío en la humanidad y en su capacidad de hartura. Llegará un momento en el que el rechazo a tanta fealdad despierte el ansia de ver el lado bello -bueno- de las cosas.
    Y que no se demore demasiado.

    Saludos, Carmelo.
    Facundo Fierro

     

Añadir comentario