AVA GARDNER, BELLÍSIMA Y NOCTURNA

 

Este año se va a hablar mucho de Ava Gardner con sus tórridas revelaciones recién publicadas, obra del periodista inglés Peter Evans –cuando ambos ya están muertos-, que a finales de los 80 se prestó a ser el ‘ghostwriter’ (el ‘negro’) de la volcánica actriz, enferma y arruinada, dispuesta a vender su alma, pero no sus joyas.

 

Tenía 66 años y tan sólo dos más de vida en la recámara, y sufría por culpa de un ictus una parálisis parcial de su cuerpo sagrado, que había sido objeto del deseo de Hollywood, cuando decidió ‘desnudarse’ biográficamente y dar rienda suelta al ovillo de sus recuerdos más íntimos con los hombres. “Claro que me duele perder la belleza, maldita sea, me duele jodidamente”, admitió la protagonista de ‘Mogambo’ a su confesor literario, autor de estas memorias póstumas, ‘Ava Gardner. The secret conversations’, editada en julio en EE.UU., a falta de ser traducida al castellano, una obra que ha tenido que esperar dos décadas en una gaveta porque, a última hora, ella la vetó.

 

La historia del ‘animal más bello del mundo’ me resulta lejana y próxima al mismo tiempo. Seducido por el rastro de su mitología amorosa, he ido preguntando por ella, cada vez que he tenido oportunidad, a quienes la conocieron en ‘carne y hueso’, algunos, incluso, es posible que literalmente en tales circunstancias (si bien, más de uno, hasta el propio Marlon Brando, se ha apuntado el tanto de un ‘polvo’ con Ava Gardner, aprovechando su fama de mujer fácil).

 

En Caracas, el veterano periodista Héctor Mujica me relató una noche, en los años 80, en su despacho de paredes llenas de fotos, entre ellas las de Ava y el Che, la ocasión imborrable en que el director del periódico le encargó entrevistarla. Se citaron en el bar del hotel y a él le temblaban las piernas. Cuando terminó la entrevista, la actriz, que, según lo previsto, bebió todo el rato, le soltó a bocajarro: “¿Y por qué hemos estado todo el tiempo tú y yo aquí abajo y no en mi habitación?” Mujica, que por momentos me recordaba en su aspecto rudo de boxeador pequeño a Norman Mailer, me confesó: “No me atreví, me seguían temblando las piernas, y disimulé no haber recibido el mensaje.”

 

El elegante Pablo Hurtado, que tenía maneras de donjuán, aseguraba haberla conocido durante la prolongada estancia de Ava Gardner en la España de Franco después de rodar ‘Pandora y el holandés errante’ y acostarse con el torero Mario Cabré.

 

Paralelamente, he perseguido, con las fuentes modestas a mi alcance, la travesía personal de otro ejemplar único de la fauna humana, el ‘monstruo’ de la canción Frank Sinatra. Lo que me atrapa del mito de ‘La Voz’ no es ésta únicamente, sino su leyenda. Las mil y una noches de ambos, juntos o por separado, son una formidable cadena de acontecimientos. No se sabe todo acerca de sus seis años de tormentoso matrimonio, ni la larga prórroga de sus relaciones confidenciales hasta que fueron humanamente posibles (él sobrevivió ocho años a ella). Sí nos cabe conceder a ese idilio, viéndolos pasear de espaldas por una playa de Miami como dos chicuelos cogidos de la mano en las vísperas de casarse en 1951, la categoría de verdadero amor de sus vidas. Dos vidas que no se habrían encontrado nunca, de no ser por una foto: la que hizo a Ava su cuñado de Nueva York cuando era una chica de 19 años de imponentes ojos verdes, la menor de seis hermanos de una familia pobre de Carolina del Norte, por la que preguntó al verla en el expositor del estudio fotográfico alguien de la Metro-Goldwyn-Mayer.

 

El productor musical Pino Sagliocco me contó que Sinatra, en una de sus últimas giras, lo convocaba de noche a la habitación del hotel y, cargado de años y recuerdos, se desahogaba deshojándolos mientras tocaba el piano y hacía recuento de nostalgias de una vida vivida al galope. Era un hombre solo echando de menos a amigos y amores que habían quedado atrás.

 

Ava Gardner y Frank Sinatra estuvieron casados en un permanente naufragio, y en Madrid había testigos de hasta qué punto fue una convivencia tumultuosa.

 

En la capital de España, el joven estudiante Alfonso Soriano y otro compañero recibieron el encargo de organizar la fiesta de fin de curso en el colegio mayor. Y se propusieron llevar a grandes artistas que convirtieran la velada en inolvidable. Un contacto bien relacionado, de apellido Abisanda,  les ofreció a una chiquilla debutante de Valladolid muy desenfadada y de buen ver, de nombre Conchita Velasco. Era una completa desconocida, pero tenía encanto y mucha gracia. Debieron, sin embargo, de poner dos caras desconsoladas, porque el mismo ‘conseguidor’ les dijo que también estaba por Madrid una artista de renombre que asistía a todas las fiestas, pero esa gesta no estaba al alcance de sus manos. Ava Gardner era una estrella de Hollywood y parecía inaccesible; no obstante, Soriano y su colega, con la arrogancia de la edad, averiguaron la dirección de la ‘devoradora’ de hombres: vivía en ‘La Bruja’, en el único chalet que había entonces en La Moraleja. Eran los días en que Ava vivía en las astas del alcohol, en brazos de Luis Miguel Dominguín, ‘el hombre más valiente del mundo’, según sostiene en las memorias que ahora salen a la luz.

 

No podían creérselo: dijo que sí. Acudió a la fiesta de los estudiantes y “se lo pasó bomba”, recuerda Soriano, que entonces era veinteañero, tenía ‘novias’ y dejaba que la vida le pudiera sonreír. Tan bien lo pasó la mujer que estuvo a punto de matar a Howard Hughes con un cenicero de ónice harta de sus maltratos, que invitó a los dos organizadores –Soriano y su amigo- a una fiesta posterior en su casa. Y aquí entra en escena el segundo protagonista de la historia.

 

A las dos de la mañana, cuando los invitados de la concurrida velada mejor lo estaban pasando, irrumpió dando voces el mismísimo Frank Sinatra, ciego de celos y borracho, que había viajado de Estados Unidos a verificar las infidelidades ‘taurinas’ de su hermoso tótem conyugal. La fiesta acabó a la trompada, con más de uno volando sobre la piscina. Pero ella lo echó siempre de menos, incluidos sus arranques de cólera, y revocó su acuerdo con el periodista Evans cuando supo que éste había acusado a Sinatra de connivencia con la mafia.

 

Soriano ha contado varias veces cómo conoció a Ava Gardner y Frank Sinatra. Este martes, en LAS MAÑANAS DEL MENCEY, en presencia de Marlene Meneses y su buen amigo Leopoldo Fernández, le pedí que lo volviera a contar, y así sumo su testimonio a mi particular encuesta sobre la diva. Cuando terminó su anécdota, le pregunté cómo era, cómo la recordaba: “Bellísima y nocturna”, dijo.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

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