LOS NIÑOS DE SIRIA

La guerra de Siria –la guerra civil y la que se perfila en el horizonte de tan sólo dentro de unas pocas horas- se ha cobrado muchas víctimas, más de cien mil, desde que estallaron los incidentes hace 27 meses hasta desembocar en las calles de la mismísima Damasco. Pero fue el 21 de este mes, en los suburbios de Ghouta, al este de la capital, cuando el conflicto adquirió tintes más dramáticos, si cabe, a causa del primer ataque con armas químicas (restringidas desde finales de los 90). Las bombas de gases mortales fueron lanzadas sin duda, según norteamericanos, británicos y franceses, por el ejército del régimen de Bachar el Asad, pese a que éste –remiso hasta este lunes a la presencia de los inspectores de la ONU- acusa a los rebeldes tratando de evitar las represalias de Occidente.

 

Un bombardeo de escarmiento con misiles parece ya inevitable, pese a los titubeos del Parlamento británico. De todos los muertos de esta guerra, la escena de dos niños abrazados desoladamente por su padre tras morir asfixiados en la genocida lluvia neurotóxica del 21, estremece y clama ante la barbarie. Los niños (han muerto ya en el conflicto más de 5.000) están sufriendo en sus carnes una guerra sin sentimientos, pensé mientras escuchaba lo que nos decía a las once y media desde Jordania Najwa Mekki (portavoz de Unicef en ese país) en LAS MAÑANAS DEL MENCEY. Marlene Meneses le pidió que describiera el mundo de estos niños refugiados en el campamento jordano. “Es espantoso”, reseñó Mekki, una periodista tunecina que solía viajar a Nueva York, África del Norte y Medio Oriente, hasta recalar en la embajada de su país en Amman y enrolarse finalmente en Unicef ante el panorama conmovedor de los niños que perdieron el país, los padres, las aulas y las vacunas, y viven hacinados en un campamento por toda familia. “Es espantoso”, repitió.

 

Contó que las historias de estos niños sirios trasterrados menores de 18 años (su campamento, que acoge a 120.000 refugiados, es el segundo más grande del mundo) parten el alma. La mayoría lleva más de un año en esta segunda casa, lejos de todos los suyos, tratando de recuperarse mientras dibujan la memoria de la infancia perdida: garabatos de sangre, tanques de guerra, cuerpos tirados en la calle…, calles y casas derruidas. “Trabajamos con ellos para reconciliarlos con su experiencia”, afirmó la cooperante desde Jordania en Teide Radio Onda Cero, mientras la mañana en Santa Cruz –en la terraza del Mencey- avisaba de un verano cada vez menos canicular bajo una capa gris de cielo.

 

¿Cómo será el cielo sirio, del que cayeron las bombas tóxicas el pasado 21, y el que pronto cruzarán desde los buques fantasma y los submarinos del Mediterráneo oriental los célebres Tomahawk? ¿Y de qué color será el cielo jordano bajo el que duermen estos niños sirios sin el regazo materno ni el calor de su propia casa? No es fácil ponerse en la piel de los niños; siempre que viajo miro al cielo, porque es la única verdad que nos queda cuando nos falta el techo familiar, y es el mismo para todos.

 

Corazones y flores de color

 

“Ahora dibujan menos violencia y ponen corazones y flores de color”, continuó diciendo la joven portavoz de Unicef. ¿Podemos hacer algo por ustedes?, preguntó Leopoldo Fernández. Y claro que se puede, faltan fondos para vacunas, para dotar las escuelas, para lo más esencial… La interlocutora hizo un llamamiento: quienes deseen ayudarles pueden enviar un mensaje con la palabra ‘UNICEF’ al 28080, o entrar en la web de la ong, donde está descrita la manera de colaborar. “Estamos en una situación terrible, a vida o muerte”, decía sin adornos a los oyentes de esta orilla espectadora la voz desesperada de una mujer ‘espantada’ (por usar su mismo término) del horror de Siria.

 

Siria es aquel Irak de Sadam. Y la sucederá Irán mañana, y pasado cualquier otro estado de Oriente Medio jugará el mismo papel en la ‘ensalada’ de intereses estratégicos y en la de los pretextos. Siempre hay un caballo desbocado, un país que se erige en la excusa perfecta para los señores de la guerra: la muy rentable y desalmada industria armamentística: cada ‘tomahawk’ cuesta más de un millón de euros. Y en tiempos de crisis, ya se sabe (¿o no fue Krugman el que lo dijo entre bromas y veras?): no hay mejor medicina que una guerra para curar la enfermedad económica del mundo. Más espantoso aún.

 

Y estos niños pagan los platos rotos, ¡y a qué precio! El precio de la inocencia. Muchos quedaron huérfanos y bastantes otros tienen a sus padres en medio de la refriega hasta Dios sabe cuándo: los enviaron al campamento para protegerlos y quizá no volver a verlos nunca más. Son niños arrancados de sus hogares, niños que huyen. No saben si tienen futuro, ni padres vivos todavía.

 

“Saben que están en peligro. Somos su única familia”, nos decía esta mañana desde Jordania Najwa Mekki. “Esta es la mayor crisis que hemos tenido en los últimos 20 años. Trabajamos de día y de noche. Les hemos creado un hábitat, con agua, saneamiento, salud, escuela…, pero sólo tenemos recursos hasta fin de año, y hemos movilizado a gobiernos y particulares para salvar a estos niños de Siria.” Hay dos millones de ellos desplazados dentro de su país y un millón fuera. ¿Serán más tras el ataque inminente?, pregunté. “El ataque, sin duda, provocará más refugiados.” Pero en seguida pensé: esa es la lógica loca de las guerras. No hay nada más irracional e irremediable que ver por televisión (supongo que lo darán esta vez también) esas ráfagas luminosas de misiles galácticos cayendo violentamente sobre el enemigo de noche como respuesta a su propia violencia. Ningún país ha sabido salir de esa espiral en el infierno de cada nueva guerra. Y EE.UU. ahora dirá Siria queriendo decir, por ejemplo, Irán.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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