LA CANCIÓN PROTESTA REGRESA AL LUGAR DEL ‘CRIMEN’

.Hoy, viernes (20:30), diálogo-concierto en el Guimerá con los cantautores canarios de los 70 y 80: Rubén Díaz y doce voces que no se extinguieron

.Víctor Jara, mutilado y asesinado en Chile en 1973, encarna al mártir de la canción

.’Gracias a la vida’, de Violeta Parra, la mejor canción en español del siglo XX, para la crítica

.Sabandeños, Taburiente, Caco Senante … fueron voces ‘disruptivas’ contra el ‘régimen’

.Benedetti nació poeta musical. García Cabrera, Millares, Casanova, Lezcano y Carlos Pinto se hicieron

.La Guardia Civil desmanteló, por orden del cacique, las 12 Horas de Canción Popular de Guía de Isora en la Transición

.Silvio y Pablo importaron la ‘Nueva Trova Cubana’

.Dos hitos: ‘A Cántaros’ y ‘Al Vent’

.Prohibieron a Lluis Llach en Tenerife y el rector Caldas dimitió

 

Al socaire de los cantautores de los años 60 y 70 de Francia, España, América Latina y Estados Unidos, afloró en las islas un movimiento de Nueva Canción Popular Canaria, que primero germinó tímidamente en el Paraninfo de la Universidad de La Laguna, para desplegarse, tras una tregua de silencio, como una marea en las calles y plazas, y tener una clara influencia en el cambio político que venía a inundarlo todo. La canción no era cualquier cosa. Era un ‘nuevo cauce’, como acuñaba Taburiente en su ‘disrupción’ discográfica, que dirían los modernos sociólogos de aquella formidable ‘revuelta’ del trío palmero.

 

Este viernes tenemos una cita con esa travesía de la Canción Protesta de hace cuarenta años (Espacio del Guimerá, a las 20:30 horas), en el ciclo ‘diálogos concierto’ (Partners Gestión Cultural) que la semana pasada tributó un homenaje a Los Beatles en el 50º aniversario del primer disco y las vacaciones insólitas en Tenerife (Jacky Ríos, Nicolás González Lemus y César Cordero desenterraron los recuerdos de medio siglo).

 

En este nuevo ‘diálogo concierto’, la retrospectiva musical corre de la mano de un maestro de ceremonias que vivió el fenómeno con la adolescencia salvaje de un activismo político al rojo vivo ya en las postrimerías de la dictadura: Rubén Díaz, que aglutina para esta ocasión a voces de entonces y de más tarde: Juvenal, Pepe Paco y Suso Junco, Inés Gutiérrez y Alberto Cañete, Luisa Machado, Dory Acosta, Ákeka Gutiérrez, Pedro Delgado Tremp, Ángeles García, Nacho Álvarez y Yaiza Alemán.

 

Diez años de ‘escopetarra’

 

La poesía era un arma cargada de futuro, como proclamó Gabriel Celaya antes de que César López inventara la ‘escopetarra’. Se cumplen diez años de la primera de estas guitarras creadas tras desmontar un arma de fuego: en 2003, el pacifista colombiano diseñó un instrumento con la fusión de un rifle Winchester y una guitarra eléctrica Stratocaster. A los músicos y cantantes, ansiosos de letras con mensaje social, les valían los poemas de autores que no habían compuesto versos a posta para ser cantados y que no tardaron en hacerlo a la vista del éxito popular que les regalaron estos intérpretes. Los poetas habían sido siempre escritores minoritarios y se encontraron con un público que coreaba sus metáforas de memoria.

 

Mario Benedetti me decía, por entonces, en su exilio cubano, y mucho después en Son Latinos, en Tenerife, que su poesía era musical antes de que los músicos la descubrieran. Él sí componía para que mucha gente le leyera, le oyera y le cantara; era un poeta popular muy carismático y comprensible, frágil como Proust por los ataques de apnea. Yo presencié una de esas crisis, y era sobrecogedora la imagen del poeta adujado en un rincón con sus aerosoles tratando de disuadir al asma. Su amigo Daniel Viglietti nos confirmó en la isla ese idilio natural de Benedetti y la música, con la profesión de fe de Violeta Parra, que parió ‘Gracias a la vida’, la mejor canción en español del siglo XX, según decretó la crítica en 2000.

 

Como Serrat rescataba a Machado y Paco Ibáñez a Miguel Hernández, aquí Caco Senante musicó a Agustín Millares (aquel definitivo ‘Yo poeta declaro’), y todos corrieron a leer a Pedro García Cabrera, Lezcano, Félix Casanova o Carlos Pinto. Unos tenían más voz que otros, pero diría a estas alturas que todos poseían una impronta que encajaba con un público predispuesto a que se le dijeran las cosas cantadas: eran cantantes que protestaban, se les pegaron las sábanas de la música  y la ofrecían como si la llevaran puesta y fuera lo más natural del mundo subir con ella al escenario. Ángel Cuenca era uno de aquellos agitadores que encontraron su lenguaje; un día se descubrían delante de un público con un don inesperado para ganarse la atención de muchos más que los de un mitin sin guitarra. Y los políticos, por ello, se dejaban querer con cantantes al lado en su labor de proselitismo.

 

Cuando Franco vivía y aun unos años después de su muerte, la canción popular era en Canarias la vía rápida para llegar a la gente. Montábamos los recitales sobre la marcha como en los teatros ambulantes, en las plazas de los barrios; las pancartas y banderas surgían de las bolsas como conejos de la chistera y llegaba la policía secreta, se mezclaba entre el auditorio, y nos hacía preguntas, jugábamos al despiste, pero a veces era la Guardia Civil la que irrumpía como elefante en cacharrería, y los ‘beneméritos’ tenían menos paciencia: descalabraban el chiringuito y detenían al que se dejaba aprehender, mientras el cura hacía sonar la campana golpeándola con el badajo como si empuñara una porra. Tal cosa nos pasó en las 12 Horas de Canción Popular de Guía de Isora, en la Transición. La orden de intervenir el festival la dio el cacique.

 

“Te recuerdo, Amanda…”

 

Antes de que, fruto de la generación que combatió el tardofranquismo, asomaran la cabeza el Taller Canario de Canción, Mestisay…, y finalmente en solitario Pedro Guerra, Andrés Molina, Rogelio Botanz y Rosana Arbelo, los cantautores canarios bebían en fuentes diversas, que convergían en una sola: la canción protesta. Les contagiaban los chilenos, represaliados hace ahora 40 años por Pinochet: el cantautor martirizado Víctor Jara (muerto a tiros con las manos amputadas en el Estadio Chile que ahora lleva su nombre) era el icono por excelencia, y todos cantaban “Te recuerdo, Amanda,/la calle mojada,/corriendo a la fábrica donde trabajaba Manuel…”. Los Sabandeños cruzaban todos aquellos mares: del folclore a la canción  popular, con temas propios, cantatas y una musicalidad agradecida que los hacía padres de una familia numerosa de canciones tarareadas.

 

La Nueva Trova Cubana era el modelo favorito; me vi peregrinando por La Habana de la casa de Leo Brouwer (el autor, guitarrista y director de orquesta que les enseñaba a componer y cantar) a la de Amaury Pérez. Éste y Sara González y Noel Nicola se integraban en la generación de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, los dos faros de la ‘nueva trova’. Un día, Caco invitó a Tenerife a la pareja mítica de cantautores cubanos. Recuerdo la cara de los jóvenes de San Honoroto (La Laguna) cuando entramos en su club con Silvio y Pablo y les cantaron una canción. Y Joan Baez, como Bob Dylan, inspiraba en España y en las islas, como Pete Seeger o Jacques Brel.

 

‘A Cántaros’ y ‘Al Vent’

 

Cantábamos ‘Al Vent’ con Raimon y ‘A cántaros’ con Pablo Guerrero, al que saludé, después de mucho tiempo, el otro día en el pub ‘Mala Vida’ de Santa Cruz, donde recitó versos propios la víspera del recital semidespoblado que ofreció en el Guimerá, casi entre lágrimas por mi parte, desbordado por la nostalgia. Cantábamos a Labordeta, a los vascos, a la nova cançó. Vino Lluis Llach con ‘Para vosotros, jóvenes’, el programa icónico de Carlos Tena en RNE, del que éramos corresponsales, y fue vetado en el Guimerá por las autoridades para disgusto de José Antonio Pardellas (‘nuestro hombre en RNE en Canarias’), que pisó la comisaría. Fue una oportunidad que testaba el pulso entre la sociedad civil y las fuerzas del orden: como quiera que éstas irrumpieron en el campus para que tampoco allí actuara el autor de ‘L’estaca’, el rector Fernández Caldas tuvo un gesto de dignidad: dimitió.

 

De ahí que aquí, el Movimiento de la Nueva Canción Canaria, que no tardaría en arropar el Centro de la Cultura Popular Canaria, contaba con buenos preceptores al norte y oeste, particularmente en América Latina, de donde llegaban los exiliados de las dictaduras de los 70, con sus repertorios poéticos y musicales. En Radio Club con el beneplácito de Juan Rolo y después en RNE (de nuevo con el padrinazgo de Pardellas), mi hermano y yo emitíamos programas de ‘música y pueblo’, y, primero en El Día y más tarde en Diario de Avisos, hacíamos páginas y dobles páginas de ‘Música Popular’.

 

Había una militancia sin fisuras llena de guiños en la canción popular de un país y un tiempo que se había ido quedando sin voz; bajo todas las canciones, letras, músicas y todos los escenarios latía una misma finalidad: la del propio fin de la dictadura. Por ello, cuando al cabo de los años regresaron los cantautores, su ola ya era otra, habían adquirido mayoría de edad, y la marea también difería: ya no había pancartas, ni banderas. La canción protesta, en su día, tuvo nombre y apellido. El cantautor del siglo XXI, a secas, era un artista.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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