LA ÚLTIMA CANCABURRADA DE VÉLEZ

 

El mismo portavoz empresarial que criticó en su día de modo estrafalario a las “viejas de carnes flácidas” que se desnudan en nuestras playas, ha vuelto a la carga cuestionando la emprendeduría femenina, toda vez que, a su juicio, en “una gran mayoría” de los casos, “su esposo ha fracasado” y “le pone el negocio a su señora”. Vélez (¿qué Vélez?) estaba al corriente de la barbaridad mediática de su cancaburrada cuando hizo estas afirmaciones durante una entrevista en 7.7 radio. No pecó de pardillo, pues en su caso llueve sobre mojado.

 

El incorregible Antonio Vélez, secretario de la Federación Canaria de Ocio y Restauración (FECAO), ha conseguido que en toda España se sepa quién ocupa su irrelevante cargo frente al anonimato que, en la práctica, soportan casi todos los líderes patronales de las islas, ansiosos de asomar la cabeza más allá de estas orillas.

 

De tal modo que habría que ir pensando que Vélez se pasa de listo lanzando bengalas cada equis meses para llamar la atención, no haciéndolo por una causa noble como el insuperable papa Francisco, que debe su fama a los dogmas indecentes que desmonta y las cosas razonables que dice, sino por la vía de la estulticia más rancia, propia de los mediocres que se desgañitan escupiendo babiecadas. Salvando las distancias, en la Italia de Umberto Bossi, el xenófobo líder de la Liga Norte, los ‘Vélez’ de turno compiten por insultar con mayor bajeza y ruindad a la ministra de Integración, Cécile Kyengue, de raza negra, una oculista de origen congoleño, considerándola más apta para “criada que ministra” (cuando no comparándola con un “orangután” o deseando, directamente, que la “violen”).

 

Esta clase de recursos dialéctica, en aras de la libertad de expresión, que chapotea en el barro de los comentarios discriminatorios, ofensivos, machistas o racistas prolifera, es cierto, en la jungla política de Europa, y le damos cierta repercusión –tal es el ejemplo que nos ocupa-, dejándonos arrastrar por una ola peligrosa de lenguas desatadas que convienen al momento ultra que se respira.

 

La destemplada desmitificación de la mujer emprendedora como simple tapadera de un empresario arruinado que trata de eludir el embargo de la Seguridad Social, desata la lógica reacción airada en cadena desde múltiples trincheras. Vélez hace el ‘sirio’ exponiéndose con provocación a un ataque de escarmiento en tromba que se ha ganado a pulso con su sarta de declaraciones “machistas y misóginas”, como le censura sin exagerar Elena Máñez, la directora del Instituto Canario de Igualdad.

 

No sólo el ínclito se salta la más elemental cortesía en sus groseras opiniones públicas, sino que falta palmariamente a la verdad. Bástele con preguntar en Las Palmas quién lidera a los constructores de la provincia, oficio de masculina raigambre donde los haya, y comprobará que la combativa Salud Gil no es un hombre, precisamente.

 

Vélez es reincidente en acotaciones machistas que atentan no sólo contra las mujeres, sino contra el sentido común. En febrero emitió un comunicado astringente en el que penaba por la decisión del Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana (Gran Canaria) de revocar la ordenanza que prohibía bañarse en ‘pelotas’ en las playas de Maspalomas, San Agustín o el Inglés. Vélez se creyó en el deber de alzar la voz (no confundir con el cantante teldense José Vélez) y alertar sobre la “lástima, burla o repugnancia” que despiertan las gordas viejas cuando se quitan los trapos y lucen sus volúmenes caedizos en la arena.  Es “inmoral”, llegó a decir, incluso “grosero y repulsivo”, sostuvo, creyendo aducir una argumentación irrebatible contra las playas para nudistas, salvo –no dudó en hacer esta matización- que, en lugar de “viejas de carnes flácidas” la cosa cambie y “un chico o una mujer joven, de bellos rostros y bien proporcionadas formas se presenten desnudos completamente en escena, ya inmóvil o con movimientos lentos y artísticos, sin actitudes ni gestos provocativos, lo que jamás podrá ser calificada de inmoral”.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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