MANUEL VICENT, CON LICENCIA PARA NOVELAR

 

la foto (9)

 

El novelista, que habló en ‘LAS MAÑANAS DEL MENCEY’, lo hizo por la tarde en CajaCanarias con Juan Cruz

 

Manuel Vicent visita la isla con Juan Cruz. Y por la mañana le dimos la bienvenida en el aire, en las ondas de Teide Radio, delante de un cielo otoñal sobre el jardín del Mencey. Camino de la entrevista, recordé una extraña velada de boxeo en prisión, de la que luego hablaré, y un almuerzo en El Sauzal con nuestro huésped, aquella vez en compañía del periodista Ángel Sánchez Harguindey, de Juan, otros amigos y el genial escritor y guionista  Rafael Azcona, que me cuesta creer que ya no está. Ahora, después –o aún durante- de esta crisis de caballo, Vicent tiene un país del que hablar como si hubiera vuelto de la luna, aquí todo parece incierto y veraz al mismo tiempo. Lo repitió continuamente en la radio, hablaba con licencia de novelista. Y fue jugoso este reencuentro, porque pocas veces se cruzan en una misma conversación las piedras de la vida y de la muerte atravesándose en el camino. Hablamos de la doctrina Parot, de los amores secretos, del poder y del arte sin norte.  

 

Juan Cruz paseaba por Santa Cruz entre esculturas, como si fuera la primera vez que venía a la ciudad. Aún no están en pie las nuevas moles elegantes de bronce de Henry Moore que trae la Caixa a la isla a partir del jueves para emprender una exposición itinerante, pero sí están el `’Guerrero de Goslar’ y las obras coetáneas de la I Exposición Internacional de Esculturas en la Calle, que ahora cumple 40 años de una supervivencia inasequible al desaliento. “Me alegro de que Santa Cruz se haya reconciliado con sus esculturas y las trate, al fin, como se merecen”, diría más tarde ante los micrófonos de Teide Radio. Pero, puntual a la cita, Manuel Vicent ya lo esperaba en el hotel leyendo en El País la noticia de Estrasburgo.

 

‘LAS MAÑANAS DEL MENCEY’, el espacio en el que ambos iban a participar, arrancó  a la hora acostumbrada, antes del mediodía. Marlene Meneses, directora y conductora de ‘Canarias en la Onda’, anunció a los oyentes que este martes tendría en antena al autor de ‘El azar de la mujer rubia’ y a Juan Cruz, su anfitrión, que por la tarde hablarían en el Espacio Cultural de CajaCanarias sobre ‘la condición humana’ en el otoño cultural de la fundación. Leopoldo Fernández, José Antonio Pardellas y quien suscribe preguntamos durante la tertulia por lo actual y lo imaginario.

 

Yo aún conservo el sabor en la boca de la lectura de ‘Tranvía a Malvarrosa’ y ‘Jardín de Villa Valeria’, aunque la obra del columnista de la última de El País no sólo ha merecido trascendencia por su estilo barroco y musical, sino, a veces también, por una irónica inmersión en las vidas ajenas contemporáneas que agitan la alta sociedad, como fue el caso de ‘Aguirre, el magnífico’, sobre Jesús Aguirre, el duque de Alba que despertaba a la duquesa para recitarle sextetos de Dante y todo eso. O sea que Vicent nos miraba con ese sabio sosiego que dicen los adagios de Confucio que empapelan estos días la ciudad ‘escultural’.

 

La herida del crimen

 

El escritor, ciertamente, vino a hablar de la condición humana el día que todo el mundo en este país hablaba de la doctrina Parot, la sentencia que pone en libertad a la terrorista Inés del Río, tras 26 años en prisión, y supone la eventual libertad, a su vez, de varias decenas de presos que están en su mismo caso. Manuel Vicent no se escandaliza, aunque admite que “se parece a un escándalo”. Pero el Estado no puede, a su juicio, saltarse la ley a la torera “por un calentón”, y los magistrados del Tribunal Europeo de Derechos Humanos –incluido el vituperado magistrado español López Guerra- le recuerdan que no debió aplicar la norma restrictiva con carácter retroactivo. Eran los tiempos ominosos de la Eta que mataba con ostentación.

 

“Ahora olvidamos que Eta ha sido derrotada”, observó Vicent contra la desmemoria. “Y también conviene decir otra cosa: que esto o se explica con mucha pedagogía, o se explica con mucha demagogia”. A Vicent le preocupaba en la terraza del Mencey cómo conseguir digerir democráticamente una sentencia de índole casi visceral poniéndose en la piel de las víctimas, a sabiendas de que Europa lo que hace es enmendar la plana a España porque, de lo contrario, sería como “volver a la barbarie”, y, más aun, sin perder de vista lo más importante: que el tiempo no borra a su paso la “herida del crimen”.

 

El azar de la mujer rubia

 

En ‘El azar de la mujer rubia’, el autor recrea un período de la historia de España que acaso sólo la ficción ayude a descifrar. El triángulo que teje entre el rey, Suárez y Carmen Díez de Rivera, amiga de ambos y secretaria en RTVE del futuro presidente, designa acontecimientos que marcaron la Transición de la dictadura a la democracia. El novelista sospecha en su trama que la ‘mujer rubia’ de ojos azules, hija de la relación clandestina de Serrano Súñer y la marquesa de Llanzol, influyó en el rey para que nombrara presidente a Suárez.

 

“Esto es una novela, aunque pudo suceder así. De una novela no se espera que sea real, sino verosímil”, explicó esta mañana ante nuestra intriga por la naturaleza verídica de esa exégesis en los hechos de la narración. “El efecto mariposa de la mujer rubia que bascula entre los dos hombres que se conocen cuando aún no son nada de lo que históricamente están llamados a ser es perfectamente plausible, pues la historia universal depende de pequeños sucesos: el desembarco de Normandía se paró por un parte meteorológico, y a lo mejor, de no haber sido así, estaría todavía instalado el nazismo en Europa.”

 

Vicent, que ha compuesto a lo largo de su obra un retablo entre mágico y documental de la transición habitado de héroes reales e imaginarios, afirma que Adolfo Suárez –estos días en boga tanto por su novela como el libro de Fernando Ónega, ‘Puedo prometer y prometo’- “reunía todas las condiciones del héroe clásico”. Y enumeró hasta cinco: “Era alguien que destellaba un afán aventurero, que se dejaba impulsar hasta adonde el viento lo llevara; alguien que dio la talla en un momento dado en un acto de valor, el 23 F, pero que, además, si no se tiró al suelo fue por querer salvar a un amigo; alguien que, además, fue traicionado finalmente por los suyos, y que, por último, como en el Alejandro Magno de Robert Graves, pierde la memoria y se adentra en un bosque…”

 

Un ajuste de cuentas familiar

 

Los amores prohibidos de Serrano Súñer –un asunto de historia de alcoba de la España franquista que se extiende hasta la España del rey- trajeron al mundo a la ‘musa de la Transición’, Carmen Díez de Rivera, la ‘mujer rubia’ que no pudo contraer matrimonio al descubrir que su amado era su hermanastro. De aquel seísmo sentimental en la aristocracia del ‘régimen’ da cuenta, en este caso, la verdad histórica que desmiente la versión oficial que enmascaró el ocaso político del cuñado de Franco. Su todopoderosa vitola de ministro de Asuntos Exteriores amigo de los alemanes llegó a sembrar la idea de que mandaba más que el dictador (“mamá, quién manda más, papá o el tío Ramón”, preguntó Carmencita a su madre, Carmen Polo, según se cuenta).

 

“Toda esa historia de que Franco, al ver que palidecía la estela de Hitler, se quitó de encima a un ministro filonazi, es falsa; lo cesó cuando se enteró de los cuernos que había puesto a su cuñada, fruto de los cuales había nacido una niña, o sea, fue por motivos familiares.”

 

¿Y el arte?, preguntó Marlene Meneses, al galerista Manuel Vicent, ¿en qué momento se encuentra? Entonces una expresión de escepticismo se adueñó de la mirada del entrevistado: “Es un período confuso, el arte deambula en un continuo manierismo y no se sabe que va a salir de aquí. Después de Rafael pasaron dos siglos de incertidumbre. Vivimos una etapa de burbujas y ocurrencias, y hoy se valoran más los edificios de los museos.”

 

Extraje, al final, el recuerdo de la cárcel de la isla al autor de ‘Balada de Caín’, para citar el reportaje que hizo de los reclusos de Pérez Armas en 1983 y aquella velada de boxeo, en que le acompañé, el día que Toyi Castro peleó por el régimen abierto venciendo sobre el ring al campeón de España aficionado de los pesos pesados José Ortega en un combate celebrado entre las cuatro paredes de la prisión que dirigía Eugenio Ibáñez. Vicent no sólo lo había olvidado, sino que retenía los detalles: “Uno de los celadores me dijo, “esta cárcel, comparada con las de Valencia, Barcelona o Madrid, es un  balneario”, y había, en efecto, palmeras y sicomoros.”    

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

Respuesta a MANUEL VICENT, CON LICENCIA PARA NOVELAR

  1. Pingback: MANUEL VICENT, CON LICENCIA PARA NOVELAR (de la web de Diario de Avisos) | Carmelo Rivero

Añadir comentario