CUANDO HITLER Y CHURCHILL CORTEJABAN A CANARIAS (de la web de RTVC)

Hoy, nuevo aniversario de la entrevista de Hendaya (23 de octubre de 1940), recuerda que las islas eran deseadas por los nazis
. Londres y Berlín planeaban invadir el archipiélago para usarlo como base en la II Guerra Mundial 
. Ramón Serrano Súñer, del que ahora se novelan sus amores prohibidos, fue una figura clave en aquellos acontecimientos
. El papel de Wilhelm Canaris, el jefe de la inteligencia nazi, un extraño amigo de España, que conocía bien las islas
 
 
El interés estratégico de alemanes e ingleses (y no sólo de ellos) por Canarias no es ninguna novedad. Hoy se cumple un nuevo aniversario de la entrevista Franco-Hitler en Hendaya, el 23 de octubre de 1940, donde la Alemania nazi puso sobre la mesa su preocupación prioritaria por el papel de las islas y su vulnerabilidad.
En reiteradas incursiones políticas, incluso de carácter secreto, o científicas se ha puesto de manifiesto ese grado de seducción por las islas de parte de las potencias. El citado 23 de octubre (este miércoles se cumple un nuevo aniversario) de 1940, Hitler habló de ello con Franco abiertamente en la célebre cumbre que mantuvieron en el vagón del Erika, el tren del führer, en la estación fronteriza francesa de Hendaya. Estaba en su apogeo la II Guerra Mundial, y al alemán le preocupaba que los ingleses se adueñaran de las islas.
En aquella cita de jefes de Estado, a la que habían precedido algunos viajes a Berlín del ministro español de Asuntos Exteriores, el influyente Ramón Serrano Súñer, cuñado de Franco, se pusieron las cartas boca arriba. Hitler mostró su trío de ases: Gibraltar, Marruecos y Canarias. Las tres cosas que más le interesaban, y las tres en relación con los ingleses, que, aunque atravesaban por serias dificultades, podían, a su juicio, apoderarse del Estrecho y de las islas para controlar la navegación en ese punto neurálgico del Mediterráneo y del Atlántico en cuanto a África. Hitler trató de halagar a Franco espoleando sus demandas sobre Gibraltar y Marruecos, sin abandonar el plano teórico de su apoyo a tales reivindicaciones.
Franco trató de escabullirse con una larga perorata sobre la maltrecha economía española tras la onerosa guerra civil (antes había pedido ayuda alemana en forma de trigo y combustible). La pretensión de Hitler era modificar la posición española de “no beligerancia” por otra de activa participación con el Eje en la guerra a partir de enero de 1941. El gallego daba vueltas y rodeos, con largas digresiones sobre los bolsillos vacíos de los españoles y las alicaídas fuerzas tras el conflicto desgarrador del 36 al 39, y consiguió, probablemente, desesperar al dictador alemán con sus circunloquios, pues Hitler comentó después a Mussolini que prefería sacarse “tres o cuatro muelas” antes que aguantar aquel sermón de reclamaciones territoriales, a su juicio, desmedidas (Serrano Súñer había requerido rectificaciones de fronteras en los Pirineos, reclamado el Rosellón o Cataluña francesa, Orán y todo Marruecos hasta el paralelo veinte, lo cual llevó a la elaboración de un protocolo secreto calificado de inviable). Hitler tenía un pobre concepto de Franco, “un corazón valeroso, pero un hombre que sólo por carambola se ha convertido en jefe. No tiene la talla de político, ni de organizador”.
Con todo, si bien a Franco lo que le interesaba era dar largas a Alemania convenciéndole de que sumar a España a la contienda le saldría muy costoso en subvenciones, ayudas y pertrechos, el español intentó, es cierto, por todos los medios arrancar un compromiso a Hitler de que le cedería, al menos, el Marruecos francés una vez finalizada la guerra. Pero el führer no quería incomodar con semejante hipoteca al régimen acólito de Vichy. Y fue ésa –por encima, seguramente, de la soberanía en juego de Canarias-  la razón por la que se cerró en banda y se dedicó a marear la perdiz.
Wilhelm Canaris y Franco: la amistad inconfesable
Bien es cierto que un destacado miembro del aparato nazi, el jefe de inteligencia (de la Abwehr, del Estado Mayor de las fuerzas alemanas entre 1921 y 1944) Wilhelm Canaris (descendiente de los Canarisi italianos, al que habría que seguir la pista por las connotaciones históricas de este apelativo), del que constan, varias visitas a las islas, pudo influir en Franco confesándole la impresión personal de que Hitler no iba a ganar la guerra, algo que casi nadie habría suscrito por aquellas fechas de su expansión. Canaris le aconsejó no asociarse al Eje. El agente secreto hizo un doble juego durante la Guerra, propio de una vida de cine, pues Hitler lo enviaba a España para convencer a Franco y, en realidad, lo que hacía era desmotivarlo con informaciones reservadas que ponían en tela de juicio un desenlace favorable a los nazis.
Canaris siguió de cerca, desde los orígenes del golpe de Estado del 18 de julio, los pasos de Franco, su alojamiento en el Hotel Madrid de Las Palmas, su viaje en el Dragon Rapide a Marruecos y demás movimientos, y llegó a tener una relación de amistad con el dictador. En cierta ocasión, el famoso espía inglés Kim Philby (acusado más tarde de doble agente al servicio de Stalin y por éste, a su vez, de triple agente fiel a los británicos, dentro de una paranoica lectura de lealtades en aquel escenario bélico) se lo tropezó de frente en la calle Triana, y en sus memorias dejó escrito que “no le pegué un tiro allí mismo porque tenía órdenes expresas de Sir Winston (Churchill) de no hacerlo”. Como debía de sospechar el primer ministro británico, Canaris, en realidad, no simpatizaba con Hitler y podía convertirse en un útil ‘enemigo en casa’. Cuando fracasó la Operación Valkiria y el führer sobrevivió al atentado, fueron ejecutados sus responsables, entre ellos Canaris.
Hitler habla de Canarias
En el vagón de Hendaya, Franco, que, por cierto, casi se mata cuando su tren arranca ya de regreso y la sacudida por poco lo arroja a la vía, dejó las espadas en alto, pero si repasamos el contenido de la entrevista, según el testimonio de Serrano Súñer, que no perdió detalle y pareció grabar en su memoria las palabras de Hitler para reproducirlas en libros posteriores de extraordinario interés histórico, Canarias fue uno de los temas clave de conversación.
Hitler dijo que descartaba un posible interés estratégico de los EE.UU., por ocupar el archipiélago (y, llevado de la misma confianza, daba por sentado que no entraría en la propia guerra), pero desconfiaba de los ingleses, “que aunque sufren de una situación precaria actualmente, en cualquier golpe de mano podrían hacerse con ellas (las islas) y sería, desde luego, un golpe muy fuerte contra la campaña submarina que con toda eficacia se está llevando a cabo”.
Alberto Vázquez Figueroa noveló en ‘Fuerteventura’ la presencia de los submarinos nazis en dicha isla, haciéndose eco de una ‘leyenda’ muy extendida y finalmente desmentida por algunos estudiosos, como Juan José Díaz, de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, para quien no hay constancia documental de una base majorera de abastecimiento de sumergibles alemanes durante la II Guerra Mundial. Este mito, a su juicio, se originó con motivo del proyecto del ingeniero alemán Gustav Winter, creador de varias centrales eléctricas en España, de construir una gran mansión en la playa de Cofete. Winter, según su investigación, no era un espía alemán, pese a que entre 1938 y 1944 alemanes y británicos desplegaron un indudable flujo de inteligencia en las dos islas mayores.
Serrano Súñer escribiría años después que “en lo que se refiere a las Islas Canarias y del posible peligro de un ataque por parte de los aliados, Franco (en su contestación a Hitler en Hendaya) dijo que no creía en eso, pero, desde luego, reconoció que aun cuando existían en las islas elementos para su defensa, no estaban a la altura de las circunstancias, porque el armamento que allí había no era eficiente. Hitler le interrumpió diciendo que Alemania enviaría las baterías de costa de gran calibre que fueran necesarias y los técnicos encargados de montarlas y enseñar su manejo.”
Serrano Súñer, leal e infiel
Después se ha podido saber que el entonces todopoderoso ministro de Asuntos Exteriores español se abocaba al irremediable final de su carrera política, materializada poco menos de dos años después, a causa de sus amores clandestinos (novelados ahora por la periodista Nieves Herrero), ya desde esos instantes de Hendaya, con la marquesa de Llanzol, fruto de los cuales nacería Carmen Díez de Rivera, que iba a ser la ‘musa de la Transición’. Franco no le perdonó la infidelidad a su cuñada y el escándalo en la alta sociedad del régimen y lo cesó en el Gobierno de manera irrevocable.
Súñer relata aquel período de estrecha colaboración con Franco durante el emergente nazismo, con el que se le suponía al ministro una gran afinidad (cliché que él siempre matizaría con revelaciones sobre sus diferencias internas con Berlín, de las que Franco estaba al corriente) como una etapa de encuentros y desencuentros, algunos acalorados, pero, según dijo, convergentes en el diseño de las estrategias políticas, como habría sido el caso de la entrevista de Hendaya, donde los dos pactaron marear al führer con una cascada de argumentos sobre las carencias de todo tipo de España hasta disuadir al alemán de pagar la enorme factura que le habría supuesto meterla en la guerra (excepción hecha más tarde con la expedición a la URSS de la División Azul).
“No se habló en la entrevista”, escribe Serrano Súñer, “de la utilización del territorio español como tierra de mero pasaje, ni de la cesión de bases en Canarias, pues tales hipótesis habían sido enérgicamente descartadas por mí en las anteriores conversaciones de Berlín, donde, al escuchar yo estas peticiones, me puse en pie –como ya es sabido- para regresar a España cortando las conversaciones, que solo continuaron al retirar expresamente aquella petición que un español, por amigo que fuera, no podía oír; con lo que la cuestión había quedado tácitamente resuelta.”
¿Canarias, un land alemán?
Paralelamente, a los contactos hispano-alemanes de finales de 1940, y en concreto de la mitificada entrevista de Hendaya, Hitler estaba decidido a invadir Gibraltar y ocupar (acaso coyunturalmente) las Islas Canarias y demás posesiones españolas del norte de África (Marruecos español y Río de Oro), para su utilización como bases en la II Guerra Mundial y “expulsar a los ingleses del Mediterráneo Occidental”(no se descartaba en los documentos internos de Alemania la ocupación asimismo de Portugal, aliado de los británicos, así como de Azores y Madeira). Esta ‘invasión’, presumiblemente, habría sido realizada, en su caso, con la conformidad de Franco, salvo un grave distanciamiento de ambos gobiernos que los hubiera enfrentado durante la guerra.
La operación se denominó ‘Félix’ y contaba en un principio con la anuencia española; llegó a tener fecha asignada (el 10 de enero de 1941, de ahí las presiones de Hitler ante Franco), pero nunca se llevó a cabo por las reticencias de Madrid. Franco adujo a la petición de complicidad de Hitler, que, además de los diezmados efectivos y la ruina española para hacer frente a una empresa de tal envergadura, temía la represalia británica con la posible ocupación de las Islas Canarias y las otras posesiones de ultramar. “Me temo que Franco está cometiendo el mayor error de su vida”, escribió un decepcionado Hitler a Mussolini tras verse empujado a suspender la operación que había acariciado hasta el último momento. Quedó cancelada en febrero ante la evidencia del ‘no’ reiterativo de Franco, y Alemania centró sus esfuerzos en otra operación, la ‘Barbarroja’, que consistía en atacar Rusia.
Las especulaciones no han eludido la hipótesis de que Hitler intentó disponer (incluso, comprar) de una o dos islas (Fuerteventura y Lanzarote), con el pretexto de poder dar respuesta a un posible ataque británico, de fracasar el asalto a Gibraltar. Sobre este extremo, habida cuenta la negativa oficial de España, se ha urdido toda una leyenda, de complejo esclarecimiento. Lo cierto es que, en medio de un ‘guerra’ de espionaje soterrado en las dos capitales canarias, por parte de Alemania y Gran Bretaña, los nazis reforzaron la defensa local mediante piezas de artillería como prometió Hitler en Hendaya. Y fue un hecho la presencia de submarinos alemanes en aguas próximas al archipiélago y en el puerto de La Luz, unidades que entraron en combate con frecuencia hundiendo barcos aliados.
¿O seríamos ingleses?
La invasión de Canarias no era una idea exclusiva de los alemanes, como sospechaba Franco. Simultáneamente, a mediados del mismo año (1940), los ingleses planeaban apoderarse de, al menos, las islas de Gran Canaria y Tenerife según la denominada ‘Operación Pilgrim’ (antes bautizada como ‘Puma’). El puerto de La Luz y Gando serían atacados por los ingleses hasta conseguir su control. Cuando Alemania dio prioridad a la citada operación ‘Barbarroja’ en detrimento de ‘Felix’, decayó la de ‘Pilgrim’ momentáneamente. Pero en seguida se reavivó el interés británico por Canarias ante las declaraciones de adhesión de Franco a Hitler a comienzos de la misma década de los 40, hasta su cancelación en el 43, ante la definitiva neutralidad española.
El plan se concebía como respuesta a la posible caída de Gibraltar en manos alemanas; Gran Canaria sería la base de reemplazo, y en Tenerife se establecería la guarnición militar. También comprendía la toma de Cabo Verde “y una de las Azores”.
Entre los 25.000 soldados concentrados en Escocia para este fin, figuraba un portuense (natural del Puerto de la Cruz) de origen británico, Austin Baillon, capitan del Special Operation Executive (SOE) del ejército inglés y formado como paracaidista para esa misión, como uno de los 16 comandos voluntarios entrenados para cerrar el paso al avance alemán mediante el sabotaje de instalaciones vitales. “Nuestra misión fue bautizada ‘Ojo Dorado’ (‘Goldeneye’) y partiría de Gibraltar a territorio español, donde tomaríamos posiciones estratégicas en Andalucía, con el fin de interrumpir las vías de comunicación y demorar el avance de las tropas alemanas hacia Gibraltar”, relató después el propio Baillon. Al trascender que Alemania abortaba su operación ‘Félix’, los ingleses abandonaron, a su vez, los planes sobre Canarias.
Gran Canaria y Tenerife fueron protegidas militarmente de manera especial ante la evidencia de que eran objetivo británico. La amenaza duró dos años durante la contienda mundial. Churchill informó de sus planes a EE.UU. en septiembre de 1941. Franco creó el Mando Económico y Militar del Archipiélago, al mando, primero de Ricardo Serrano Santés (general jefe de todas las fuerzas de Tierra, Mar y Aire e inspector de las tropas del África Occidental Español) y después del general García Escámez.
Más de setenta años después, aquellos acontecimientos cobran un interés meramente histórico, como prueba el que este miércoles, 23 de octubre, miremos hacia Hendaya y comprendamos que en aquel vagón de la historia se estuvo hablando de Canarias como una de las piezas clave en la ‘batalla del Atlántico’ durante la II Guerra Mundial, de lo que pudo haber sido y no fue…
Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

Respuesta a CUANDO HITLER Y CHURCHILL CORTEJABAN A CANARIAS (de la web de RTVC)

  1. Manuel Dóniz

    En Hendaya se hablaron de muchas cosas, la mayoría han quedado en la incógnita ya que el profesor de alemán Tovar que fue con Franco como interprete, se llevó a la tumba la mayoría de las palabras que allí se dijeron entre ambas partes. La realidad es que el mandatario alemán vino a cobrarle a Franco su vital ayuda en forma de “La Legión Condor” para que se pudiera aplastar a la II República, con la entrada de España en la Guerra Europea al lado de Alemania. Pero Franco no era amigo de pagar deudas (tampoco pagó las de la ayuda argentina del presidente Perón que salvó a España de una gran hambruna)y contestó a Hitler con evasivas. Al final el presidente del II Reich salió cabreado de la entrevista y llegó a manifestar que prefería que le sacasen una muela antes de hablar otra vez con Franco. Pero los ingleses sospecharon que habían acordado la conquista de Gibraltar y, para contrarrestarla idearon el plan Pilgrim de invasión de las Isolas Canarias, que sólo sirvió para movilizar en el acto a los soldados canarios que venían cansados de hacer una guerra de tres años, teniéndolos sobre las armas otros tres años más de miserias y penalidades sin cuento, tirados en las playas. Al final no pasó nada, pero un tío mio (q.e.p.d), una de aquellas víctimas, me dijo en una ocasión que si los ingleses hubieran venido, hubieran podido invadir las islas sin disparar un tiro, porgue hubiera bastado con bombardear la costa con bocadillos y chocolatinas y hubieran conseguido la rendición inmediata de aquellas famélicas tropas.

     

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